Durante décadas, dos esqueletos enterrados “abrazados” en una cueva del sur de Italia han sido una de esas historias que te dejan con una pregunta sencilla. ¿Quiénes eran y por qué acabaron juntos bajo tierra, en silencio, durante milenios?
Hoy ya tenemos una respuesta con nombre y apellidos genéticos. Un equipo internacional ha analizado ADN antiguo de los restos conocidos como Romito 1 y Romito 2 y ha confirmado algo que cambia el relato. Eran dos mujeres, parientes de primer grado (muy probablemente madre e hija), y la adolescente sufría una displasia ósea muy poco frecuente ligada al gen NPR2.
Una tumba que llevaba medio siglo sin encajar
La escena se encontró en la Grotta del Romito, dentro de lo que hoy es el Parque Nacional del Pollino, en Calabria. Allí aparecieron dos individuos enterrados juntos y en una posición de abrazo, con una de las figuras mostrando un acortamiento muy marcado de las extremidades. No es una imagen habitual en arqueología y por eso ha generado tantas preguntas.
Durante años se discutió casi todo, desde su sexo hasta su parentesco. En parte de la literatura se llegó a describir a Romito 2 como varón, porque los huesos por sí solos no siempre lo dejan claro. El nuevo análisis genético ha cerrado esa puerta y ha puesto orden en el caso.
La investigación actual aporta cifras que ayudan a hacerse una idea. Romito 2 medía alrededor de 110 cm y Romito 1 rondaba los 145 cm, una estatura baja incluso para su época. También se indica que no se observaron signos de traumatismos en los restos.
El ADN estaba donde mejor se conserva
La clave ha sido trabajar con una parte del hueso temporal llamada porción petrosa, situada en la zona del oído interno. Es un “cofre” natural que suele preservar material genético mejor que otros huesos cuando han pasado miles de años.
Con técnicas de ADN antiguo (paleogenómica), el equipo extrajo y leyó fragmentos de genoma de ambas personas. Después revisó genes relacionados con el crecimiento óseo y comparó lo encontrado con información clínica moderna, uniendo arqueología, genética médica y antropología en el mismo estudio.
NPR2 y una displasia que explica las piernas cortas
El resultado más importante es que Romito 2 tenía dos copias alteradas de una variante en el gen NPR2. Esa combinación confirmó el diagnóstico de displasia acromesomélica tipo Maroteaux, un trastorno hereditario raro que provoca una talla muy baja y un acortamiento desproporcionado de brazos y piernas, sobre todo en sus partes medias y finales.
Orphanet, una de las bases de referencia europeas sobre enfermedades raras, describe esta displasia como una condición de herencia autosómica recesiva. Dicho de forma simple, suele aparecer cuando una persona hereda dos copias alteradas del gen y puede llevar a una talla adulta por debajo de 120 cm.
En Romito 1, en cambio, apareció una sola copia alterada (heterocigosis). Eso encaja con lo que se ha observado en estudios modernos sobre NPR2. Tener dos copias defectuosas suele producir la forma grave, mientras que ser portador puede asociarse a una estatura más baja, pero sin las limitaciones extremas de la displasia.
Vivir con una discapacidad hace 12.000 años
Aquí viene la parte que más interpela. Que Romito 2 alcanzara la adolescencia (o incluso algo más) pese a una limitación física severa sugiere que no fue abandonada. En grupos de cazadores-recolectores, donde moverse y cargar era parte de la rutina, sobrevivir con movilidad reducida no era nada fácil.
Alfredo Coppa, de la Universidad Sapienza de Roma y codirector del estudio, lo plantea de forma directa. Según explica, “her survival would have required sustained support from her group, including help with food and mobility in a challenging environment”. Eso apunta a cuidados continuos, desde la alimentación hasta el desplazamiento, en un entorno duro.
Por qué esta historia también habla de naturaleza y conservación
La cueva del Romito no solo es un yacimiento arqueológico. Está en un parque nacional que protege paisajes, fauna, flora y también un patrimonio humano que literalmente está bajo nuestros pies. Cuando se cuida un espacio así, se conserva un archivo enorme, desde herramientas y grabados hasta información biológica que hoy podemos leer con ADN.
¿Y qué significa esto en la práctica para quien visita un lugar así? Respetar los senderos, no tocar zonas sensibles y entender que una cueva no es solo roca y humedad, también es memoria.
El estudio ha sido publicado en The New England Journal of Medicine.







