La lista de “los últimos supervivientes” suele empezar con dos sospechosos habituales (cucarachas y ratas) y acaba, casi siempre, en un organismo microscópico que vive en musgos, líquenes o películas de agua. Si la pregunta se formula en términos estrictos (qué ser vivo aguantaría mejor un colapso global de la vida compleja), el candidato que más respaldo encuentra en la literatura divulgativa y en algunos trabajos académicos es el tardígrado, conocido también como “oso de agua”.
La razón no es que sea invulnerable, sino que su biología juega con una ventaja que los vertebrados no tienen. Cuando el entorno se vuelve hostil, el tardígrado puede entrar en criptobiosis, un estado de latencia extrema en el que reduce su actividad metabólica y soporta condiciones que resultarían letales para la mayoría de animales. Esa capacidad le permite resistir episodios que desarticularían ecosistemas completos, desde largos periodos de congelación hasta desecación prolongada.
El argumento “tardígrado” se popularizó especialmente a partir de un estudio publicado en Scientific Reports en 2017, firmado por investigadores vinculados a la Universidad de Oxford y Harvard, que evaluó qué tipo de catástrofes astronómicas podrían esterilizar el planeta por completo. Su conclusión era, en esencia, que impactos de asteroides, supernovas relativamente cercanas o estallidos de rayos gamma pueden ser devastadores para la vida tal como la conocemos, pero no bastarían necesariamente para eliminar a organismos con tolerancias extremas, siempre que no se alcance un umbral crítico (por ejemplo, la pérdida total de los océanos).
El trabajo reunía, además, cifras que ayudan a explicar por qué el tardígrado aparece en primera fila. Según esa revisión, en condiciones experimentales estos animales han soportado temperaturas cercanas al cero absoluto durante periodos breves, calor intenso, presiones enormes y radiación a niveles incompatibles con la vida humana. A partir de ahí, el artículo planteaba un filtro simple para imaginar el “final definitivo” (qué evento podría acabar con todos los tardígrados) y situaba la respuesta en fenómenos capaces de calentar el planeta hasta hervir los océanos o eliminar el agua líquida de forma generalizada.
En esa línea, David Sloan, uno de los autores, resumía el hallazgo en términos divulgativos al afirmar que “para nuestra sorpresa, aunque una supernova cercana sería catastrófica para las personas, los tardígrados podrían no verse afectados”. La frase se ha convertido en un eslogan perfecto para internet, pero tiene una lectura más interesante si se toma en serio. No dice que el tardígrado sobreviva “a todo”, sino que su perfil de resistencia encaja mejor que el de otros animales en ciertos escenarios de colapso rápido, especialmente aquellos en los que el golpe principal llega por radiación, frío, presión o falta de agua durante un tiempo limitado.
Eso explica, también, por qué las cucarachas y las ratas, pese a su merecida reputación de duras, no lideran esta carrera. Son resistentes a la escasez, a toxinas, a cambios bruscos y a entornos urbanos extremos, pero siguen dependiendo de cadenas tróficas, temperaturas y disponibilidad de recursos relativamente “normales”. Dicho de otra forma, su fortaleza es ecológica, no física. Los tardígrados, en cambio, pueden prescindir de casi todo durante un periodo y volver cuando el entorno mejora.
La parte menos citada de esta historia es el límite. Incluso si el tardígrado sale relativamente indemne de un “invierno” nuclear o de un impacto que deje a la biosfera en ruinas, hay una frontera que no depende de la política ni de la geología, sino de la astrofísica. El Sol aumenta su luminosidad de manera gradual, y los modelos sobre la habitabilidad futura sugieren que, en escalas de entre 1.000 y 1.500 millones de años, la Tierra se acercará a condiciones que comprometerían el agua líquida estable y, con ella, buena parte de los refugios biológicos. Es una cuenta atrás lenta, pero constante, que cambia el enfoque del “último en extinguirse”. Ya no se trata de resistir un golpe, sino de vivir en un planeta que se recalienta durante millones de años.
Con esa perspectiva, el tardígrado deja de ser una fantasía de inmortalidad y pasa a ser un indicador de hasta qué punto la pregunta es tramposa. No hay un campeón absoluto de la supervivencia, sino organismos mejor adaptados a tipos distintos de desastre. En el corto plazo, en un mundo con extinciones bruscas, el “oso de agua” tiene papeletas. En el largo plazo, cuando el problema sea la pérdida de condiciones planetarias básicas, la ventaja se reduce, porque ya no basta con “aguantar” (hace falta que existan nichos a los que regresar).
El atractivo de la hipótesis, al final, no es coronar a un ganador, sino recordar que la resiliencia no es lo mismo que la invulnerabilidad. La Tierra ha superado extinciones masivas y ha reconstruido ecosistemas desde las cenizas, pero la persistencia depende de umbrales físicos. Cuando esos umbrales se cruzan, ni las ratas ni las cucarachas ni los tardígrados pueden negociar con la termodinámica.
El estudio ha sido publicado en Scientific Reports.










