La vitamina D vuelve a estar en el centro del debate sobre la salud mental. El médico y divulgador Sebastián La Rosa recuerda que «varios estudios relacionan los bajos niveles de vitamina D con depresión», una asociación que merece atención, pero también contexto.
La conclusión más útil es sencilla. Tener poca vitamina D puede aparecer junto a un mayor riesgo de depresión, pero eso no demuestra que el déficit sea la causa ni que un suplemento cure el problema. Los estudios recientes dejan señales interesantes, aunque todavía no ofrecen una respuesta única.
Lo que dice la asociación
Uno de los datos más cercanos procede del Proyecto SUN, una investigación con 15.175 graduados universitarios españoles seguidos durante una mediana de 12,7 años. Las personas con una deficiencia estimada inferior a 20 nanogramos por mililitro presentaron un riesgo de depresión diagnosticada un 27 % mayor que quienes tenían niveles considerados suficientes.
El resultado llama la atención, pero tiene un límite importante. La vitamina D fue calculada mediante una ecuación validada y no medida directamente en cada participante, y un estudio observacional no puede demostrar qué ocurrió primero. La actividad al aire libre, la alimentación o enfermedades previas también pueden influir.
¿Qué significa esto en la práctica? Que la relación merece seguir estudiándose, pero una analítica baja no explica automáticamente la tristeza persistente. Ahí está el matiz.
Mucho más que los huesos
El organismo fabrica buena parte de la vitamina D cuando la piel recibe radiación solar. Después, el hígado y los riñones la transforman hasta obtener formas que el cuerpo puede utilizar, un recorrido que explica por qué funciona de manera parecida a una hormona.
Su papel mejor conocido está en la absorción del calcio y el mantenimiento de los huesos. También interviene en los músculos, los nervios y el sistema inmunitario, y existen receptores de vitamina D en neuronas y otras células cerebrales. Esa base hace plausible una conexión con el ánimo, aunque plausible no significa demostrada.
Los ensayos no coinciden
Un metaanálisis publicado en marzo de 2026 reunió 15 ensayos aleatorizados con 962 personas diagnosticadas de depresión. En conjunto encontró una reducción de los síntomas frente al placebo, pero los resultados variaron mucho entre estudios por sus diferencias de duración, dosis y participantes.
La prevención ofrece una imagen menos clara. Un ensayo finlandés con 2.434 adultos, en su mayoría con niveles adecuados al comenzar, no observó que la suplementación diaria redujera la aparición de depresión mayor durante cinco años. El seguimiento ampliado dejó una señal estadística débil con una de las dosis, insuficiente para cerrar el debate.
Además, el ensayo DepFuD comparó durante seis meses una dosis alta con otra baja en pacientes con un episodio depresivo mayor. La dosis elevada no logró una mejoría superior de los síntomas. Más cantidad, por tanto, no significó más beneficio.
No sustituye al tratamiento
La vitamina D no debe presentarse como un antidepresivo ni como una alternativa a la psicoterapia, la medicación prescrita o el seguimiento médico. Una persona puede tener depresión con una analítica normal, y otra puede mostrar un déficit sin padecerla.
Corregir una carencia confirmada puede formar parte del cuidado general de la salud. Pero cuando el malestar emocional se mantiene, lo adecuado es pedir ayuda profesional y valorar el conjunto de la situación. No todo cabe en un bote de vitaminas.
La analítica tiene su momento
La prueba utilizada habitualmente mide la concentración de 25-hidroxivitamina D en sangre. Aun así, el Ministerio de Sanidad desaconseja los cribados generales en personas sanas sin síntomas o factores de riesgo, y la Endocrine Society tampoco recomienda controles rutinarios para todos los adultos sanos.
La analítica cobra más sentido ante trastornos del metabolismo óseo, enfermedades renales o hepáticas graves, problemas de absorción, cirugía bariátrica, ciertos tratamientos o sospecha de toxicidad. El profesional sanitario debe decidir cuándo pedirla y cómo interpretar el resultado. Una cifra aislada rara vez cuenta toda la historia.
Quién tiene más riesgo
Las personas con poca exposición solar pueden producir menos vitamina D, algo frecuente entre quienes pasan muchas horas en interiores o cubren gran parte de la piel. También presentan más riesgo quienes tienen obesidad, enfermedades que dificultan la absorción de grasas, insuficiencia renal o determinadas alteraciones hepáticas.
El problema es que las molestias asociadas a una carencia pueden ser poco específicas y tener muchas causas. Un vídeo en redes sociales no sirve como diagnóstico. La consulta y la analítica, cuando están indicadas, evitan ir a ciegas.
Sol y alimentos
Pocos alimentos contienen vitamina D de forma natural. Los pescados grasos, como el salmón, la caballa, la trucha o el atún, están entre las fuentes más destacadas, mientras que la yema de huevo, el queso y algunos hongos aportan cantidades menores. También existen productos enriquecidos.
Salir al exterior puede ayudar, pero perseguir la vitamina D a costa de quemarse no tiene sentido. La radiación ultravioleta en exceso daña la piel y los ojos, por lo que la exposición debe ser prudente y compatible con la protección solar. Ese sol agradable también deja huella.
Cuidado con la automedicación
Tomar más vitamina D de la necesaria no es inocuo. Un exceso mantenido puede elevar demasiado el calcio en sangre, dañar los riñones y alterar el ritmo cardiaco, y en 2025 Sanidad informó de 16 hospitalizaciones en Baleares vinculadas a un suplemento defectuoso comprado por internet.
Por eso, no conviene comprar dosis altas por cuenta propia, sino comprobar si existe una carencia y seguir una pauta individualizada. La relación con la depresión merece atención, pero no justifica abandonar ningún tratamiento.
El ensayo clínico DepFuD está disponible en línea en el Journal of Affective Disorders.



