En mitad de la meseta tibetana, donde antes solo había viento, polvo y frío seco, hoy se extienden filas y filas de paneles azules hasta donde alcanza la vista. Es el mayor conjunto de parques solares del planeta, en la provincia china de Qinghai, capaz de generar cerca de 17.000 megavatios de potencia instalada, una cifra muy por encima de cualquier planta solar de Estados Unidos.
Hasta aquí, podría parecer “solo” otro récord de renovables. Pero un nuevo estudio científico apunta a algo mucho menos obvio. Bajo esas estructuras metálicas no solo se produce electricidad para millones de hogares y coches eléctricos, también está cambiando el propio desierto que las rodea.
Un laboratorio climático a tres mil metros de altura
El complejo se encuentra en el desierto de Talatan, en el condado de Gonghe, sobre la meseta tibetana. Hablamos de unos 420 kilómetros cuadrados cubiertos de placas, a casi 3.000 metros de altitud, en una zona de aire muy fino y sol intenso, donde los paneles trabajan con una eficiencia especialmente alta.
Ese mismo entorno, extremadamente árido y degradado, ha servido a un grupo de investigadores chinos como “laboratorio a cielo abierto”. Su objetivo era responder a una pregunta que muchos ecologistas se hacen cuando ven un megaparque solar en pleno desierto. ¿Qué le pasa realmente al ecosistema cuando cubrimos el suelo con millones de placas?
Qué dice el estudio sobre el parque de Gonghe
El equipo analizó el parque fotovoltaico de Gonghe, uno de los núcleos del clúster solar de Qinghai. Dividieron el territorio en tres zonas comparables. El interior de la planta, una franja de transición alrededor y el desierto sin paneles algo más alejado.
Para cada zona recopilaron datos de clima local, humedad y temperatura del suelo, nutrientes, indicadores de biodiversidad vegetal y microbiana e incluso variables socioeconómicas como población y empleo. En total trabajaron con 57 indicadores dentro de un marco conocido como DPSIR, que relaciona actividades humanas, presión sobre el medio, estado del ecosistema, impactos y respuestas de la sociedad.
La fotografía que obtienen es clara. Dentro del parque, el índice global de calidad ecológica llega a 0,44, mientras que en la zona de transición y en el desierto exterior ronda 0,28. En la clasificación oficial china esto se traduce en un estado ecológico “general” dentro de la planta frente a “deficiente” en el entorno.
Más sombra, más agua, más vida
La clave está en el agua. Los paneles absorben buena parte de la radiación solar directa y proyectan sombra sobre el suelo. Esto reduce la evaporación y permite que la humedad se mantenga durante más tiempo. El propio mantenimiento de la planta, con lavados periódicos de las placas, añade pequeñas aportaciones extra de agua.
Según el estudio, esa combinación hace que el suelo bajo los paneles sea más fino, menos salino y con mayor contenido de humedad que en el desierto circundante. En esos microhábitats empiezan a prosperar más especies de plantas y aumenta la biomasa vegetal. Lo mismo ocurre con las comunidades de bacterias y arqueas en el suelo, cuya diversidad es ligeramente mayor dentro del parque que fuera.
El resultado práctico es que el ecosistema desértico gana algo de capacidad para retener carbono en el suelo y para frenar la degradación. No estamos hablando de convertir un arenal en un bosque, pero sí de pequeños “parches verdes” donde antes casi no crecía nada.
Empleo local y lucha contra la desertificación
El trabajo también muestra que, donde se instala la planta, crecen más deprisa la población local, el PIB per cápita y la inversión en conservación que en las zonas de control. Los autores lo vinculan a la creación de empleo directo en la operación y mantenimiento del parque y a su integración con actividades agrarias y ganaderas de la zona.
China tiene razones de peso para apostar por este tipo de megaproyectos. En torno a una cuarta parte de su territorio es desértico y la desertificación afecta a cientos de millones de personas. Al mismo tiempo, necesita enormes cantidades de electricidad limpia. Solo en 2024 se vendieron en el mundo más de 17 millones de coches eléctricos y más de 11 millones se matricularon en China. Hoy, aproximadamente uno de cada diez coches que circulan por sus carreteras es eléctrico, según la Agencia Internacional de la Energía.
Para alimentar esa movilidad sin disparar aún más la factura climática del carbón, el país necesita parques como el de Qinghai conectados a grandes líneas de alta tensión que llevan la electricidad hasta las ciudades, las fábricas y los puntos de recarga.
No todo vale donde sea
El mensaje del estudio no es un cheque en blanco para plantar paneles en cualquier paisaje. Otro trabajo reciente del mismo grupo editorial recuerda que la expansión mundial de la fotovoltaica reduce el albedo de la superficie terrestre, es decir, oscurece el suelo y puede generar un pequeño calentamiento adicional. Sus autores advierten de que conviene evitar suelos fértiles y ecosistemas ricos en biodiversidad y priorizar precisamente terrenos muy degradados o ya alterados.
En el fondo, el caso de Qinghai encaja bien con esa recomendación. Se trata de un desierto de alta montaña, con baja densidad de población y suelos ya erosionados, donde los paneles están funcionando como pantalla frente al viento, reserva de humedad y foco de inversión ambiental.
Para quienes siguen de cerca el debate sobre dónde ubicar los grandes parques solares, la experiencia china deja una idea interesante. Bien diseñadas y situadas en lugares adecuados, estas infraestructuras pueden ayudar a tres cosas a la vez. Reducir emisiones de CO2, sostener una movilidad cada vez más eléctrica y mejorar, en cierta medida, la salud de ecosistemas muy castigados.
El estudio científico completo sobre el parque fotovoltaico de Gonghe ha sido publicado en la revista Scientific Reports, del grupo Nature.










