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Científicos descubren que hace 2.200 años el campo magnético terrestre perdió más de un 30% de intensidad y lo han descubierto gracias a unas ánforas de vino de Rodas

Científicos descubren que hace 2.200 años el campo magnético terrestre perdió más de un 30% de intensidad y lo han descubierto gracias a unas ánforas de vino de Rodas

Unas asas de ánfora que viajaron desde Rodas hasta Jerusalén han conservado mucho más que el recuerdo del vino que transportaban. Su arcilla registró que la intensidad del campo magnético terrestre en el Mediterráneo oriental cayó con enorme rapidez entre 206 y 156-155 a. C.

El nuevo estudio, firmado por investigadores de la Universidad de Tel Aviv, la Universidad Ariel, la Universidad de California en San Diego y la Autoridad de Antigüedades de Israel, analizó 17 asas estampadas de ánforas rodias y siete jarras locales halladas en tres excavaciones de Jerusalén. La conclusión es doble. Aquellas cerámicas permiten reconstruir el cambio con una precisión casi anual y, a la vez, ayudan a revisar la fecha de una estructura defensiva controvertida relacionada con la fortaleza seléucida de Acra.

Un sello que marcaba el año

Las ánforas de Rodas solían llevar el nombre del fabricante y el del magistrado que supervisaba la producción. Ese funcionario, conocido como epónimo, ocupaba el cargo durante un año, por lo que su nombre funciona como una especie de calendario grabado en barro.

En algunos casos, la secuencia de nombres permite fechar un asa en un año concreto e incluso acercarse al mes de fabricación. Es una precisión poco habitual en arqueología. Una pieza rota que cabría en la mano puede ofrecer un reloj mejor ajustado que muchos restos monumentales.

Las muestras procedían de la Ciudad de David, el Barrio Judío y la excavación del aparcamiento Givati. Las asas se fabricaron en Rodas, pero llegaron a Jerusalén dentro de una red comercial que movía vino por el Mediterráneo oriental.

La arcilla guardó la señal

Cuando una vasija entra en el horno, los minerales magnéticos de la arcilla reaccionan al calor. Al enfriarse, una parte de esa magnetización queda fijada y conserva información sobre la intensidad del campo terrestre existente en el lugar y el momento de la cocción.

El equipo extrajo pequeños fragmentos de los bordes rotos para reducir el daño. Después los calentó de forma gradual hasta 600 °C en el laboratorio de paleomagnetismo de la Institución Scripps de Oceanografía, en la Universidad de California en San Diego, y comparó la señal antigua con una magnetización creada bajo condiciones controladas.

También corrigieron factores que pueden alterar el resultado, como la orientación interna de los minerales y la diferencia entre el enfriamiento lento de un horno antiguo y el enfriamiento más rápido del laboratorio. No todas las piezas superaron los controles de calidad. Y ahí está precisamente una de las claves del trabajo, porque los autores solo conservaron los datos que cumplían sus criterios.

Una caída en solo cinco décadas

La muestra RH04, fechada en 206 a. C., registró una intensidad reconstruida de 66,1 microteslas. La muestra RH13, fabricada en 156-155 a. C., bajó hasta 43,4 microteslas. La diferencia equivale a una caída cercana al 35 % en alrededor de medio siglo.

Expresado mediante el momento dipolar axial virtual, una medida que facilita la comparación entre lugares, el valor descendió de 133 a 87,1 ZAm². Los autores calculan un ritmo aproximado de 0,8 ZAm² por año y observan una recuperación parcial hacia el 100 a. C., seguida de una etapa más estable durante el siglo I a. C.

¿Significa esto que el campo magnético de la Tierra desapareció? No, el campo siguió existiendo y el estudio tampoco describe una inversión de los polos. Lo que documenta es una reducción muy rápida de su intensidad, especialmente bien registrada en el Mediterráneo oriental.

Por qué los modelos no la veían

Los modelos regionales disponibles dibujaban un descenso más gradual entre los siglos IV y I a. C. El problema es que estos modelos combinan datos separados en el tiempo y el espacio, por lo que pueden suavizar cambios breves. Es como mirar una carretera desde muy lejos, las curvas pequeñas dejan de verse.

Las nuevas mediciones encajan con otro conjunto de datos de alta resolución publicado en 2024 para el Levante. Juntos apuntan a que la caída de comienzos del siglo II a. C. fue real y más brusca de lo que mostraban las reconstrucciones generales. El reloj de las ánforas permitió verla.

Una nueva herramienta para fechar

El arqueomagnetismo no sustituye al radiocarbono, pero puede complementarlo. Resulta útil cuando faltan restos orgánicos, cuando la relación entre una semilla y la construcción que se quiere fechar no está clara o cuando la curva de calibración del carbono 14 ofrece intervalos demasiado amplios.

Aquí ocurre además algo poco habitual. Los sellos ponen fecha a la señal magnética y, a cambio, la señal puede ayudar a ordenar asas cuya cronología todavía se discute. En la práctica, la cerámica y el campo magnético se corrigen mutuamente.

La comparación entre Rodas, el sur del Levante y los Balcanes también sugiere que algunas variaciones fueron coherentes a distancias de hasta unos 1.500 kilómetros. Aun así, los propios investigadores presentan esta ampliación regional como una posibilidad que deberá probarse con más datos.

La pista de la fortaleza de Acra

Una de las piezas locales, identificada como HP06, apareció en los cimientos de un glacis del aparcamiento Givati. Esa rampa defensiva se ha relacionado con Acra, la fortaleza que el rey seléucida Antíoco IV habría levantado en Jerusalén hacia 168-167 a. C.

La tipología de la jarra sitúa su fabricación entre 130 y 50 a. C. El análisis magnético respalda una fecha de finales del siglo II a. C., por lo que resulta muy difícil que la pieza sea anterior a la construcción original atribuida a Antíoco IV.

Pero el dato no cierra el debate. El glacis pudo añadirse o reformarse después de que se levantara el edificio que protegía. La medición mueve una pieza importante del puzle, aunque no enseña todavía la imagen completa.

Una muestra pequeña, una señal fuerte

El estudio partió de 24 objetos, pero solo siete asas rodias y cuatro jarras locales ofrecieron resultados que superaron los controles aplicados. Esa selección reduce la cantidad de datos, aunque aumenta su fiabilidad. Mejor once mediciones sólidas que una curva vistosa construida con señales dudosas.

Todavía hacen falta más asas fechadas, más yacimientos y más puntos repartidos por el Mediterráneo. Con ellos será posible comprobar hasta dónde llegó aquella caída, cuánto duró y si su ritmo fue igual en todas las regiones.

Por ahora, unas simples vasijas de vino han demostrado que la basura de una ciudad antigua también puede guardar la memoria del planeta. No es poca cosa. 

El estudio completo ha sido publicado en la revista científica Archaeometry.

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