El prototipo se llama bloc° y su promesa es directa (rebajar hasta 9 ºC la temperatura del aire en puntos urbanos sin sombra). Detrás hay dos estudiantes de la Escuela Superior de las Artes de Zúrich (ZHdK), Andrin Stocker y Luc Schweizer, que han presentado su ladrillo modular como una pieza de mobiliario climático para paradas de transporte, plazas o patios escolares. El proyecto figura como finalista en el James Dyson Award.
La idea encaja en una urgencia europea bien documentada. La Agencia Europea de Medio Ambiente ha cartografiado la intensidad estival del efecto isla de calor urbana en un centenar de ciudades y lo vincula a un futuro con más episodios de calor extremo. En España, la respuesta institucional al riesgo sanitario se articula con planes y alertas que ya tratan el calor como amenaza estructural, no como una anomalía de verano, como recoge el Plan nacional del Ministerio de Sanidad.
Cómo funciona el ladrillo que enfría
bloc° se apoya en un principio antiguo (la evaporación) y lo empaqueta en una “columna” de piezas cerámicas porosas fabricadas en terracota impresa en 3D. Los ladrillos absorben agua y, cuando el aire caliente atraviesa el sistema, esa humedad se evapora y reduce la temperatura del flujo. La circulación se mantiene con ventiladores alimentados por energía solar.
Los creadores aportan cifras concretas para dimensionar el invento. En días por encima de 30 ºC, el consumo estimado ronda los 56 litros de agua al día. Para acercar el sistema a la autonomía, el diseño incorpora una “cubierta embudo” que puede captar una media de 24 litros diarios de lluvia, además de un panel que produciría en torno a 200 vatios hora al día, suficiente (según la ficha del proyecto) para mover ventilador y bomba.
El coste invisible del frescor (agua, mantenimiento y clima)
El salto desde un prototipo atractivo a una solución urbana replicable suele romperse en detalles prácticos. Aquí, el principal es el balance hídrico. Si un módulo consume 56 litros diarios y capta 24, queda un diferencial que, en la práctica, exige red municipal, logística de recarga o un sistema alternativo de suministro en periodos secos. En una plaza con varios puntos de enfriamiento, el volumen diario puede escalar rápido, justo cuando las sequías tensan el uso del agua.
También importa el contexto climático. La refrigeración evaporativa pierde eficacia relativa cuando sube la humedad ambiental, y los propios autores reconocen que quieren validar el rendimiento a largo plazo en climas más húmedos. En paralelo, el mantenimiento (limpieza de poros, control de algas, gestión de cal y calidad del agua) puede decidir el éxito real del sistema, porque el rendimiento depende de que la cerámica conserve su capacidad de absorción y el flujo de aire no se degrade.
Ese enfoque prudente no resta valor al concepto. Lo sitúa en el terreno correcto (el de las piezas de adaptación que funcionan cuando se integran con planificación, operación y presupuesto) y no como sustituto mágico del aire acondicionado.
De la idea al urbanismo (lo que ya están probando las ciudades)
Mientras proyectos como bloc° exploran microinfraestructura de enfriamiento, varias ciudades están ensayando medidas más “planas” y extensivas para bajar temperaturas (sombra, materiales reflectantes, renaturalización). Barcelona, por ejemplo, ha probado pavimentos reflectantes para reducir el efecto isla de calor en un piloto municipal, según recoge Ecoticias. La misma ciudad ha desplegado estructuras de sombra en parques y plazas durante el verano. En el ámbito europeo, se impulsa la observación y modelización térmica de ciudades para orientar decisiones de adaptación.
En ese ecosistema, bloc° puede jugar un papel específico (crear “puntos fríos” en espacios duros donde plantar árboles es lento o inviable). Su valor diferencial, según sus autores, está en la modularidad y en almacenar agua dentro de cada ladrillo, lo que permitiría crecer en altura y anchura sin depender de la capilaridad de un único depósito, además de combinar enfriamiento pasivo y flujo de aire activo con energía solar.
La pregunta que queda abierta no es si enfría, sino dónde tiene sentido y a qué coste total. En un país que convive con olas de calor más frecuentes, la adaptación urbana ya no se decide solo por grados, sino por recursos (agua, mantenimiento, energía), equidad (quién accede a refugios térmicos) y rapidez de despliegue. bloc° pone un dato encima de la mesa (9 ºC menos en el aire local) y obliga a mirar el resto del cuadro.












