El telescopio espacial Swift lleva más de dos décadas mirando el universo en busca de algunas de las explosiones más violentas que existen. Ahora el problema no está en las estrellas, sino mucho más cerca. Su órbita se está hundiendo y la NASA ha preparado una misión urgente para intentar empujarlo de nuevo hacia una zona más segura.
La operación se llama Swift Boost y depende de una nave robótica privada, LINK, construida por Katalyst Space Technologies. Su lanzamiento está previsto no antes del 27 de junio de 2026, según el calendario de la NASA. Si funciona, no solo salvará un observatorio científico, también puede marcar un cambio importante en la forma en la que tratamos los satélites viejos. Menos usar y tirar en el espacio. Y eso no es poca cosa.
Un telescopio que aún sirve
Swift, cuyo nombre completo es Observatorio Neil Gehrels Swift, fue lanzado el 20 de noviembre de 2004. Su misión principal era estudiar los estallidos de rayos gamma, fogonazos muy breves y extremadamente potentes que ayudan a entender fenómenos como explosiones estelares o choques entre objetos compactos.
La NASA lo describe como una especie de herramienta múltiple para la astrofísica, porque puede observar en luz visible, ultravioleta, rayos X y rayos gamma. En la práctica, cuando el cielo “se enciende” de golpe, Swift puede localizar el fenómeno y avisar a otros telescopios para que miren allí cuanto antes.
El problema es que Swift no fue diseñado para durar eternamente ni para corregir su órbita por sí solo. La resistencia de la atmósfera terrestre, aunque sea muy tenue a esa altura, va frenando poco a poco a los satélites en órbita baja. Con el aumento reciente de la actividad solar, ese efecto se ha intensificado más de lo esperado.
La culpa también es del Sol
Puede sonar raro, pero el Sol influye en la caída de un telescopio que orbita la Tierra. Cuando hay más actividad solar, la parte alta de la atmósfera se expande. Esa expansión aumenta el rozamiento que sufren los objetos en órbita baja.
No es un frenazo brusco, como pisar el pedal en una carretera. Es más bien una pérdida lenta de altura, día tras día. Pero en el espacio, unos kilómetros de diferencia pueden decidir si una misión sigue viva o acaba reentrando en la atmósfera.
Por eso la NASA ha suspendido temporalmente las observaciones científicas de Swift y ha cambiado su forma de operar. El objetivo es reducir todo lo posible el rozamiento y mantenerlo por encima de unos 300 kilómetros de altitud, donde la misión de rescate tiene más opciones de éxito.
La nave que debe agarrarlo
La protagonista de la operación es LINK, una nave robótica de Katalyst Space. Mide unos 1,5 metros de altura, pesa unos 425 kilos y lleva tres brazos robóticos. También cuenta con tres propulsores alimentados por xenón, que serán los encargados de elevar lentamente el observatorio.
Primero, LINK tendrá que llegar al entorno de Swift y observarlo de cerca. Después deberá comprobar posibles puntos de agarre, porque el telescopio lleva más de 20 años en el espacio y algunas zonas podrían estar degradadas. Aquí no hay un enchufe perfecto ni una pieza pensada para acoplarse con facilidad.
Si todo encaja, los tres brazos de LINK sujetarán el observatorio y lo empujarán poco a poco hasta acercarlo a su órbita original, alrededor de los 600 kilómetros de altura. La maniobra durará varios meses. No es una escena de película con un tirón rápido. Es cirugía orbital, lenta y delicada.
Un lanzamiento poco común
LINK viajará en un cohete Pegasus XL de Northrop Grumman, un lanzador que no despega desde una plataforma tradicional. Primero va sujeto bajo el avión Stargazer, un L-1011 modificado, que lo eleva hasta unos 40 000 pies. Después el cohete se suelta en el aire y enciende sus motores.
La NASA confirmó que el avión salió el 18 de junio de 2026 desde Wallops, en Virginia, hacia el atolón Kwajalein, en las Islas Marshall. Desde allí se busca una trayectoria adecuada para alcanzar la órbita de Swift, que no es sencilla de interceptar desde cualquier punto del planeta.
La rapidez también llama la atención. En septiembre de 2025, la NASA concedió a Katalyst un contrato de 30 millones de dólares para intentar elevar la órbita de Swift. La propia agencia presentó la operación como una respuesta rápida y más barata que sustituir las capacidades del observatorio por una misión nueva.
Lo que puede salir mal
La misión tiene riesgo. La NASA y Katalyst no lo ocultan. Swift no fue construido para ser reparado ni remolcado, así que LINK tendrá que acercarse, inspeccionar, sujetar y empujar una nave que nunca esperó recibir este tipo de visita.
Shawn Domagal-Goldman, responsable de la División de Astrofísica de la NASA, lo resumió con una frase muy clara durante la presentación a medios. “Nadie pensó que fuera posible”, dijo, según recoge Space.com. La frase encaja bien con el tono de la misión, porque aquí el margen de error es pequeño.
También está el estado físico del telescopio. Tras tantos años en órbita, algunas cubiertas o materiales pueden estar envejecidos. Y sigue existiendo otro factor difícil de controlar, el Sol. Una tormenta solar fuerte podría acelerar la pérdida de altura antes de que LINK complete la captura.
El fin del satélite desechable
Más allá del rescate, Swift Boost tiene una lectura importante para la sostenibilidad espacial. Durante años, muchos satélites han funcionado con una lógica bastante simple. Se lanzan, trabajan mientras pueden y, cuando llegan al final de su vida, se pierden o se sustituyen.
La NASA quiere demostrar algo distinto. Si una nave puede acercarse a un satélite que no fue diseñado para recibir asistencia y aun así elevarlo, se abre una puerta para alargar la vida de otros equipos. En el fondo, es una idea muy conocida en la Tierra, reparar antes de reemplazar.
No se trata de vender humo. Esta misión puede fallar. Pero si sale bien, Swift podría seguir aportando ciencia durante más años y LINK acabaría reentrando de forma controlada en la atmósfera tras completar su trabajo.
El comunicado oficial de la misión Swift Boost ha sido publicado por la NASA.



