En 1972, una mina de uranio en Oklo (Gabón) dejó a los científicos con una pregunta incómoda. ¿Por qué el uranio extraído allí no tenía la proporción “normal” de U-235 que se espera en la naturaleza?
La respuesta, con el tiempo, ha resultado tan sorprendente como útil. En Oklo hubo una reacción de fisión sostenida, pero no en un laboratorio ni en una central, sino bajo tierra y de forma natural. Un “reactor nuclear” que funcionó hace alrededor de 2.000 millones de años, cuando el planeta y su química eran muy distintos a los de hoy.
Y aquí es donde el tema se vuelve actual. Oklo no solo es una curiosidad histórica. También sirve como “prueba en el mundo real” de algo que preocupa mucho en pleno debate energético. Qué pasa con los productos de fisión y cuánto se mueven en el terreno con el paso de miles, millones de años.
La pista estaba en un detalle pequeño, pero clave
El uranio natural contiene sobre todo U-238 y una pequeña fracción de U-235. Ese U-235 es el isótopo que puede sostener una reacción en cadena, porque se fisiona con más facilidad. Lo llamativo de Oklo es que algunas muestras aparecían empobrecidas en U-235 respecto a lo esperable, como si “faltara” una parte.
Eso encajaba con una idea muy concreta. Si el U-235 se había consumido, tenía sentido pensar en fisión: neutrones que rompen núcleos y dejan firmas químicas e isotópicas reconocibles.
Cómo pudo ocurrir algo así sin intervención humana
Para que un reactor funcione hacen falta varias piezas a la vez. Combustible suficiente, una geometría que permita mantener la reacción y, normalmente, un “moderador” que frene neutrones (en muchos reactores actuales, ese papel lo juega el agua).
En Oklo, el “truco” fue geológico y químico. Hace 2.000 millones de años la proporción natural de U-235 era mayor que ahora, porque este isótopo se desintegra más rápido que el U-238. Con ese porcentaje más alto, algunas acumulaciones de uranio podían alcanzar condiciones cercanas a la criticidad si, además, había agua subterránea actuando como moderador. Europa también mira con lupa este tipo de debates.
Hay otro detalle que suele fascinar. La evidencia apunta a un funcionamiento intermitente, como si el sistema “respirara”. En un trabajo muy citado se describe un patrón de encendido y apagado que encaja con un control por agua, que entra, modera, calienta, hierve y corta la reacción, para luego reiniciarse cuando vuelve a infiltrarse.
Lo que importa hoy, más allá del asombro
Vale, es tentador quedarse en el titular. Pero lo práctico está en otro punto. Oklo es uno de los casos que más se mencionan cuando se discute el almacenamiento geológico de residuos radiactivos.
La razón es simple. En ese “reactor” natural se generaron productos de fisión, y parte de ellos han quedado registrados en minerales del propio yacimiento durante tiempos geológicos. No significa que todo se quedara quieto, ni que sea un calco perfecto de un almacén moderno. Pero sí ofrece datos reales sobre qué elementos tienden a moverse más y cuáles se retienen mejor en determinadas condiciones del subsuelo. Finlandia ya está en ello con soluciones a muy largo plazo.
En la práctica, esto ayuda a aterrizar debates que a veces suenan abstractos. Cuando pensamos en energía baja en CO2, mucha gente compara renovables, redes, almacenamiento y, en algunos países, nuclear. Y entonces aparece la duda cotidiana, la que sale en una sobremesa o mirando la factura de la luz. “¿Y los desechos?” Oklo no resuelve la política energética, pero sí aporta un laboratorio natural para entender procesos de muy largo plazo.
Qué conviene tener en cuenta si lees sobre Oklo
Primero, que no fue una “central” como tal, sino zonas de reacción en un yacimiento, con episodios y condiciones específicas.
Segundo, que el mensaje no es “todo es seguro” ni “todo es peligroso”. Es más matizado. Oklo muestra que ciertos productos pueden permanecer muy confinados, mientras otros tienen más movilidad dependiendo de la química del agua, la temperatura y el tipo de roca. Eso es justo lo que la ciencia intenta cuantificar. España también enfrenta decisiones que pasan por estas preguntas.
Tercero, que el interés actual también es científico puro. Hay investigaciones recientes que usan Oklo para validar cálculos sobre isotopía y dosis en entornos naturalmente radiactivos, con implicaciones que van desde geociencias hasta debates sobre almacenamiento.
El estudio más reciente sobre este enfoque ha sido publicado en EPJ Nuclear Sciences & Technologies, y puedes consultarlo aquí: “Has natural radioactivity contributed to the evolution of living organisms? Validation of a dedicated calculation scheme (for isotopic concentrations and deposited energies) on Oklo’s natural nuclear reactors”.
El estudio ha sido publicado en ScienceDirect.








