Un sondeo que aspira a alcanzar cuatro mil metros en febrero busca confirmar el potencial de un recurso aún incierto, mientras los colectivos ambientales piden garantías para proteger los acuíferos
En Pontpierre, una localidad de ochocientos habitantes a unos cuarenta kilómetros al este de Metz, una torre de perforación de cuarenta y un metros ha convertido un paisaje rural en un laboratorio a cielo abierto. El objetivo es simple de formular y difícil de demostrar: comprobar si el hidrógeno natural (también llamado “blanco” o “nativo”) aparece en concentraciones y condiciones que permitan pensar, algún día, en una explotación industrial. La campaña, impulsada por La Française de l’Énergie, pretende bajar hasta cuatro mil metros “a lo largo de febrero”, después de haber alcanzado ya los dos mil seiscientos.
La expectación no nace solo de la imagen de la máquina, sino del número que sobrevuela el proyecto desde que se divulgaron los primeros resultados científicos: una estimación de hasta treinta y cuatro millones de toneladas de hidrógeno en el conjunto del yacimiento lorenés, que se prolongaría hacia Bélgica, Luxemburgo y Alemania. La cifra procede del trabajo de equipos vinculados al CNRS y se investiga ahora en el marco del programa Regalor II, con apoyo del laboratorio GeoRessources y de la Universidad de Lorena.
Qué se busca exactamente bajo tierra
A diferencia del hidrógeno producido de forma industrial, el hidrógeno natural se genera en el subsuelo por reacciones geoquímicas. Entre las hipótesis que se barajan en Lorena figuran procesos ligados a la transformación de antiguas vetas de carbón, y reacciones entre agua y minerales ricos en hierro, que pueden liberar hidrógeno a lo largo del tiempo. La incógnita clave es doble: cuánto se produce y, sobre todo, si el gas puede acumularse y extraerse de forma sostenida sin alterar de manera inaceptable el medio subterráneo.
En este punto, el lenguaje de los investigadores se vuelve deliberadamente prudente. El director de investigación Jacques Pironon ha descrito la bajada a mayor profundidad como un intento de acercarse a la “cocina” del hidrógeno, es decir, a su zona de generación, para entender qué mecanismos dominan en cada tramo geológico. Y la empresa sostiene que ya ha observado señales compatibles con la presencia de gas (burbujas en superficie) durante la operación de perforación.
La promesa energética y el espejo incómodo del hidrógeno actual
El interés político es evidente porque el hidrógeno se ha convertido en una pieza recurrente del debate europeo sobre descarbonización e independencia energética. Pero la paradoja es que, hoy, la mayor parte del hidrógeno mundial no es “limpio” en términos climáticos: la producción global alcanzó 97 millones de toneladas en 2023 y menos del 1% fue de bajas emisiones, según la Agencia Internacional de la Energía (AIE). Ese mismo año, la producción emitió alrededor de 920 millones de toneladas de CO₂ y se apoyó mayoritariamente en gas y carbón sin captura de carbono.
Ese contexto explica el atractivo teórico del hidrógeno natural, que no requiere, en principio, fabricar el gas mediante procesos intensivos en energía. Pero también obliga a situar el debate donde corresponde: el paso de un hallazgo geológico a una industria es largo, caro y regulatoriamente complejo. En el caso lorenés, además, el precedente inmediato está escrito en una sentencia.
El factor agua, el gran examen del proyecto
El debate ambiental en Mosela se ha endurecido por la memoria reciente de otro proyecto de la misma empresa, orientado a explotar el metano atrapado en capas de carbón. El Consejo de Estado anuló el 16 de diciembre de 2025 el decreto que concedía la llamada concesión “Bleue Lorraine”, al considerar demasiado elevado el riesgo de afectar a los recursos hídricos, entre otras razones ambientales.
Ese fallo ha reforzado la posición de las asociaciones locales que hoy reclaman cautelas similares para el hidrógeno natural. APEL57 y el Colectivo para la Defensa de las Cuencas Mineras de Lorena piden vigilancia sobre el impacto potencial en las aguas subterráneas, un asunto especialmente sensible en una región marcada por la herencia minera y por la dependencia histórica de sus acuíferos.
La dimensión política completa el cuadro. El presidente de la Región del Gran Este, Franck Leroy, ha presentado el subsuelo como parte de la historia local y como un posible activo estratégico. El mensaje, habitual en la narrativa de “soberanía”, tropieza ahora con una exigencia cada vez más determinante: demostrar, con datos y controles, que la extracción no repetirá los conflictos del pasado.
Qué queda por saber para pasar del revuelo a los hechos
A corto plazo, el proyecto se juega su credibilidad en tres planos. El primero es científico: confirmar concentraciones, explicar el origen del gas y delimitar la continuidad del recurso conforme se profundiza. El segundo es técnico: medir si la extracción puede sostenerse y a qué coste, sin convertir cada pozo en una incógnita operacional. El tercero es social y regulatorio: establecer un marco de transparencia y seguimiento que responda a la principal inquietud del territorio, el agua.
En términos periodísticos, la cautela no es retórica, es método (la noticia no puede presentarse como un hecho consumado si aún está en fase de investigación), conforme a las reglas básicas de precisión y atribución de fuentes, tal y como establece el CNRS.
La información oficial del proyecto ha sido publicada en Regalor.












