Durante siglos hemos imaginado a miles de personas arrastrando bloques por rampas interminables bajo el sol del desierto. Esa escena puede haber ocurrido, pero una nueva investigación sugiere que en Saqqara también se pudo aprovechar otra fuerza, el agua.
Un equipo interdisciplinar plantea que la pirámide escalonada del faraón Zoser pudo levantarse con ayuda de un sistema hidráulico que captaba, filtraba y canalizaba agua hasta el corazón del monumento. Es una hipótesis, no una prueba definitiva, pero cambia la conversación sobre cómo se construían estas megaobras en un entorno donde cada avenida cuenta.
La pista está en Saqqara
La pirámide escalonada de Zoser se levanta en Saqqara, a unos 30 kilómetros al sur de El Cairo. Se empezó a construir alrededor del 2680 a. C. y suele citarse como la primera gran pirámide monumental de Egipto.
Su altura ronda los 60 metros y su diseño fue un salto tecnológico para la época. Por eso cualquier detalle del terreno y de sus galerías internas importa, porque puede esconder pistas sobre cómo se movieron miles de toneladas de piedra.
Un sistema con tres piezas principales
La idea del estudio es clara, aunque sea difícil de demostrar. Los autores describen una red con tres elementos que trabajarían juntos, una presa para frenar avenidas, una zona de «tratamiento» para limpiar sedimentos y un mecanismo de elevación dentro de la pirámide.
Una estructura cercana conocida como Gisr el-Mudir encajaría con lo que hoy llamaríamos una presa de retención. Según una nota de INRAE, esta construcción mediría casi 2 kilómetros de largo y unos 15 metros de grosor.
Un «filtro» tallado en roca
La segunda pieza sería un gran corte en la roca al sur del complejo, el «Deep Trench». Los investigadores lo interpretan como una instalación para decantar y retener agua, con compartimentos sucesivos que dejarían atrás arena y limo.
Aquí el detalle importa porque la arena es el enemigo de cualquier conducto. Si el objetivo es meter agua en galerías y pozos, conviene que llegue lo más limpia posible.
Cómo sería el «ascensor» de agua
La hipótesis propone que esa agua, ya más limpia, entraría en una red subterránea y terminaría en pozos del complejo, incluido uno bajo la pirámide. Con ciclos de llenado y vaciado, un flotador o plataforma podría subir y bajar, elevando cargas hacia niveles más altos de la obra.
Los autores comparan el proceso con una construcción «tipo volcán», con materiales entrando por el centro y repartiéndose hacia los lados. En declaraciones recogidas por la agencia SINC, el primer autor, Xavier Landreau, recuerda que «un elevador hidráulico de tamaño moderado puede levantar de 50 a 100 toneladas».
La gran pregunta es cuánta agua hacía falta
¿De dónde saldría tanta agua en un paisaje tan seco? Los investigadores no hablan de «tirar» del Nilo, sino de cauces estacionales (wadis), esos valles que solo llevan agua cuando llueve con fuerza. Cuando falta, todo se complica.
En ese mismo reportaje, Landreau señala que «el agua no provenía del Nilo«, sino de un curso al oeste de Saqqara llamado Wadi Abusir, posiblemente conectado con otro mayor (Wadi Taflah), afluente del Nilo. El estudio de PLOS ONE también modeliza la cuenca que alimentaría el sistema y estima una zona de drenaje local de unos 15 km², con conexión probable a una cuenca mucho más grande.
Las cifras obligan a poner los pies en la arena. En su modelo, usar el elevador para toda la construcción podría requerir hasta 18 millones de metros cúbicos de agua, una cifra similar a unas 7.000 piscinas olímpicas. Los autores apuntan que el consumo bajaría mucho si el elevador se usaba solo a ratos y se combinaba con rampas u otras técnicas.
No todo el mundo está convencido
Este tipo de propuestas despiertan entusiasmo, pero también escepticismo. No basta con que un sistema «encaje» con el paisaje, también hay que demostrar que funcionó así en la práctica y durante años.
Science News recoge dos críticas claras. El arqueólogo Oren Siegel (Universidad de Toronto) duda de que Gisr el-Mudir pudiera almacenar suficiente agua de lluvias ocasionales para sostener el mecanismo, y el egiptólogo Kamil Kuraszkiewicz (Universidad de Varsovia) apunta que montar el propio dispositivo podría haber sido más costoso que mover los bloques con mano de obra.
Lo que esta hipótesis dice sobre el agua
Más allá del debate, hay un punto que conecta con el presente. Si en el Reino Antiguo ya se pensaba en frenar una avenida, separar sedimentos y guardar agua «usable», eso habla de una ingeniería del agua mucho más fina de lo que solemos imaginar. Los autores incluso sugieren que los cambios en el clima y en la disponibilidad de agua pudieron influir en obras posteriores.
Y suena muy moderno. Capturar barro, evitar atascos en conductos y aprovechar un recurso escaso es una lógica que hoy seguimos aplicando, sobre todo en regiones con lluvias irregulares.
Ahora toca lo más difícil, encontrar evidencias directas en galerías, pozos y sedimentos. Ahí es donde esta idea se juega de verdad su futuro.
El estudio ha sido publicado en PLOS ONE.









