Un hueso de casi un metro, guardado durante años, puede poner patas arriba una discusión científica que lleva décadas dando vueltas. Un equipo internacional ha analizado una tibia fósil hallada en la Formación Kirtland, en Nuevo México, y la ha fechado en unos 74 millones de años.
La idea central es simple y muy potente. Si ese hueso perteneció a un pariente temprano del grupo del Tyrannosaurus, los tiranosaurios gigantes habrían aparecido antes y más al sur de lo que muchos modelos asumían. Pero hay una advertencia que conviene tener siempre a la vista, por ahora hablamos de un solo hueso.
Un hueso que llama la atención
La tibia mide 960 milímetros de largo y 128 milímetros de ancho en la parte media, medidas que la colocan cerca del tamaño de «Sue«, uno de los esqueletos de T. rex más grandes estudiados. En el artículo, los autores recuerdan que en animales grandes los huesos que soportan peso se relacionan bien con la masa corporal, por eso una pierna puede contar mucho.
Aquí entra el detalle más humano. Es el tipo de fósil que, si lo ves en un almacén de museo, te hace parar aunque lleves prisa, porque no encaja con lo que esperas de esa época. Y eso se nota.
Ponerle fecha al gigante
El fósil procede del Hunter Wash Member, dentro de la Formación Kirtland, en la cuenca de San Juan. Para acotar su edad, el equipo combina el contexto estratigráfico con dataciones radiométricas de cenizas volcánicas y con la señal magnética de las rocas, un enfoque habitual cuando el calendario del Cretácico se juega en millones de años.
Con esos datos, el trabajo sitúa el ejemplar en torno a 74 a 75 millones de años, en el Campaniense tardío, y lo presenta como la evidencia más antigua de un tiranosaurio gigante en Norteamérica. Eso es importante porque el T. rex clásico aparece mucho después, cerca del final del Cretácico.
Tres hipótesis sobre su identidad
El propio estudio plantea tres explicaciones posibles. Podría ser un Bistahieversor inusualmente grande, podría pertenecer a un linaje gigante aún no reconocido, o podría ser un miembro temprano de Tyrannosaurini, el grupo que incluye al T. rex y a Tarbosaurus. La opción que el equipo considera mejor apoyada es la tercera, por tamaño y por rasgos del hueso como el eje más recto y una expansión triangular en el extremo inferior.
La estimación de masa se mueve, según el método, entre al menos 4 toneladas y quizá 5,9, y los autores sugieren que un valor razonable ronda las 4,7 toneladas. Para situarlo, eso sería del orden de un elefante africano grande, no poca cosa para un carnívoro de esa edad.
Un debate que no se cierra
¿Es suficiente una tibia para reescribir el árbol familiar del T. rex? Ni siquiera todos los paleontólogos lo ven igual, y eso también forma parte de la historia. En BBC Science Focus, Nicholas Longrich lo resumió con una frase muy directa, «It’s a dead ringer for T. rex», para explicar lo parecida que le parece la pieza.
En cambio, otros expertos piden freno. En Science News, Thomas Carr calificó las conclusiones como «pretty unbelievable claims about a single bone» y recordó que, si en esa unidad geológica ya se conocía Bistahieversor, la hipótesis prudente es empezar por ahí hasta que aparezcan más restos. El reloj corre más deprisa que la excavación.
Un sur con gigantes y un norte diferente
Más allá del nombre exacto del animal, el estudio insiste en un patrón ecológico interesante. En la franja occidental de Norteamérica de entonces, la llamada Laramidia, parece que el sur alojaba tiranosaurios muy grandes mientras en el norte dominaban parientes más pequeños, y eso apunta a una fuerte endemicidad regional. Dicho de otra manera, había barrios biológicos con faunas distintas.
La propia geología también ayuda a imaginar el escenario. El Hunter Wash Member incluye capas de limos y areniscas, además de niveles de carbón, y se han descrito troncos fósiles junto a restos de dinosaurios, señales de llanuras de inundación con vegetación y agua disponible. No es difícil pensar en un paisaje húmedo y cálido, muy lejos del desierto actual.
Lo que falta por encontrar
El siguiente paso es tan simple como difícil, encontrar más material. Un cráneo, dientes o varias piezas del esqueleto permitirían ponerle nombre formal y comprobar si estamos ante un antepasado directo o un primo temprano, y también pondrían a prueba si el tamaño por sí solo explica las similitudes.
Mientras tanto, la lección es doble. Por un lado, las colecciones de museo siguen siendo un archivo vivo del planeta, con sorpresas que aparecen cuando alguien vuelve a mirar. Por otro, reconstruir ecosistemas antiguos ayuda a entender cómo cambian las comunidades cuando el clima y el territorio se reorganizan a gran escala, y eso hoy nos suena demasiado familiar.
El estudio científico ha sido publicado en Scientific Reports.













