La ciencia analiza qué le pasa a tu cerebro cuando no haces nada y el hallazgo obliga a replantear tu descanso

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Publicado el: 16 de febrero de 2026 a las 23:22
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Mujer sentada en casa mirando la luz natural en un momento de descanso sin pantallas.

En la era de las notificaciones constantes y las pantallas siempre encendidas, aburrirse parece casi un fallo del sistema. Sin embargo, la neurociencia está diciendo justo lo contrario: esos ratos en los que “no pasa nada” son una pieza clave para el equilibrio mental y emocional. Y, según los expertos, renunciar a ellos tiene un coste parecido a dormir menos de lo que toca.

Investigaciones recientes en neurociencia cognitiva señalan que, cuando dejamos de responder a estímulos externos, se activa la llamada red neuronal por defecto, un conjunto de zonas del cerebro que entra en juego cuando la mente divaga, recuerda o se mira a sí misma. Ese “modo interno” está relacionado con la creatividad, la memoria autobiográfica y la autorregulación emocional, y es el que la revista Muy Interesante destaca en su repaso de los estudios más recientes sobre el aburrimiento y el bienestar psicológico.

Aburrirse no es perder el tiempo, es dejar trabajar al cerebro por dentro

Desde la perspectiva de la neurociencia, el aburrimiento no es un enemigo, sino una señal de que el sistema necesita levantar el pie del acelerador. Cuando bajamos la intensidad de estímulos, el cerebro aprovecha para reorganizar recuerdos, hacer “limpieza” emocional y conectar ideas que durante el día quedan enterradas bajo correos, reuniones y mensajes.

Los expertos citados por Muy Interesante describen el aburrimiento como “una herramienta fundamental para la salud mental”, en la medida en que abre espacio a la introspección y a los pensamientos espontáneos. A diferencia de la apatía, que bloquea, el aburrimiento sano empuja a explorar nuevas actividades, replantear decisiones o simplemente escuchar qué está pasando por dentro.

No es casual que muchos “momentos eureka” aparezcan al fregar los platos, caminar sin rumbo o esperar en una cola. Tareas repetitivas o poco exigentes liberan recursos cognitivos y permiten que esa red interna vaya encajando piezas en segundo plano. En la práctica, aburrirse un rato al día prepara mejor al cerebro para tomar decisiones complejas y recordar lo importante.

El cerebro cuando no haces nada | Vídeo: Quanta Magazine

Qué pasa cuando nunca paramos

El problema llega cuando esos espacios desaparecen casi por completo. La cultura de la productividad permanente, sumada al uso compulsivo del móvil, deja muy poco margen para la desconexión real. El resultado, advierten los especialistas, es una especie de “sobrecarga alostática”: el sistema nervioso se mantiene en alerta continua, como si siempre hubiera algo urgente que atender.

En el corto plazo, esa hiperactivación se traduce en fatiga, dispersión y sensación de no llegar a nada, por mucho que llenemos la agenda. A la larga, los niveles de estrés se consolidan y aumenta el riesgo de ansiedad, insomnio y otros problemas de salud. El cerebro funciona, sí, pero a base de empujones, no de recuperación.

Esta dinámica es especialmente preocupante en niños y adolescentes. Si cada pequeño hueco se rellena con vídeos, juegos o redes sociales, la tolerancia al aburrimiento se desploma. Eso se nota cuando un niño no sabe qué hacer si se le acaba la batería, se irrita enseguida o salta de una actividad a otra sin terminar ninguna: le falta entrenamiento para estar a solas con sus propios pensamientos.

Los beneficios de aprender a “no hacer nada”

Frente a la mala fama del aburrimiento, psicólogos y neurocientíficos lo consideran una parte normal —y necesaria— del desarrollo. Aprender a convivir con esos ratos “en blanco” ayuda a construir paciencia, resiliencia y capacidad de gestión emocional. No se trata de glorificar la inactividad, sino de recuperar un equilibrio mínimo entre hacer y descansar.

En los niños, permitir tiempos de juego libre sin pantallas favorece la creatividad espontánea, el juego simbólico y la capacidad de inventar historias o reglas propias. También les enseña a tolerar la frustración sin buscar un estímulo inmediato cada vez que algo les incomoda.

En adultos, reservar pequeños huecos sin tareas ni objetivos claros —un paseo sin auriculares, diez minutos mirando por la ventana, una sobremesa sin móvil— tiene efectos muy concretos: baja la frecuencia cardiaca, ayuda a regular la respiración, reduce la presión arterial y da un respiro al sistema de estrés. Dicho rápido, el cuerpo entiende que puede salir del modo “lucha o huida” y volver al modo “descanso y reparación”.

Cómo reintroducir el aburrimiento en la vida diaria

Aunque parezca irónico, hoy en día reconectar con el aburrimiento exige cierto esfuerzo consciente. No hace falta irse a un retiro digital; basta con introducir pequeñas decisiones a lo largo del día.

Una de las recomendaciones más sencillas es “sacar de la ecuación” al móvil en momentos muy concretos: dejarlo en otra habitación mientras comemos, apagar las notificaciones durante un paseo corto o no mirar la pantalla en trayectos habituales en transporte público. Esos ratos, que antes rellenábamos automáticamente, se convierten en un pequeño laboratorio mental.

Otra estrategia es recuperar actividades repetitivas que no exigen toda la atención, como cocinar con calma, ordenar un cajón o regar las plantas sin música de fondo. Son momentos en los que la mente puede divagar sin esfuerzo mientras las manos se ocupan de algo sencillo.

Con los niños, los especialistas insisten en acordar “zonas libres de pantallas” (por ejemplo, la mesa, el dormitorio o el coche) y tiempos diarios en los que se les anime a inventar juegos, dibujar o simplemente estar tranquilos. Al principio protestarán, pero con el tiempo aprenden que del aburrimiento también salen ideas nuevas.

Aburrirse como acto de cuidado personal

En un contexto en el que todo empuja a estar disponible, producir y responder al instante, permitirse pequeños ratos de aburrimiento es casi un gesto de rebeldía saludable. No porque “no hacer nada” sea mágico, sino porque crea las condiciones para que el cerebro haga su propio trabajo de fondo: ordenar, procesar, conectar.

Aceptar que no podemos —ni debemos— estar estimulados todo el tiempo es un paso importante para proteger la salud mental, especialmente en un mundo hiperdigitalizado. A cambio de unos minutos al día de silencio y aparente inactividad, ganamos claridad, mejor memoria y más margen para responder con calma en vez de reaccionar por impulso.


Javier F.

Periodista, licenciado en la Universidad Nebrija, diez años en Onda Cero, y ahora en proyectos profesionales como Freelance. Especializado en contenido SEO y Discover

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