La última serie de imágenes de la Agencia Espacial Europea deja muy poco margen a la duda. El tren de borrascas Kristin, Leonardo y Marta ha empapado España y Portugal hasta el punto de que las crecidas del río Tajo se ven con claridad desde el espacio. Los satélites muestran zonas con más de 250 litros por metro cuadrado de lluvia en solo siete días y amplias llanuras inundadas en su cuenca.
Para quien vive en la ribera de un río o cruza cada mañana un puente camino del trabajo, esto no es una imagen bonita de calendario. Es la diferencia entre un cauce contenido y el agua entrando en garajes, cultivos y polígonos industriales.
Tres borrascas seguidas y un territorio al límite
Según la propia ESA, las tres borrascas invernales han barrido la Península Ibérica y el norte de África a comienzos de 2026 con lluvias persistentes y vientos intensos. En España, zonas de Andalucía y Galicia se han visto especialmente castigadas y la sierra de Grazalema, en la provincia de Cádiz, ha llegado a registrar más de 500 milímetros en solo 24 horas.
En Portugal, la situación es aún más delicada en la cuenca del río Tajo y en localidades como Alcácer do Sal, donde el agua ha ocupado zonas agrícolas, infraestructuras y áreas habitadas. El primer ministro Luís Montenegro ha declarado el estado de calamidad en decenas de municipios ante unos niveles de lluvia e inundación que las autoridades califican de inéditos.
Varios medios internacionales hablan ya de al menos ocho víctimas mortales asociadas a este encadenamiento de temporales, con Marta como tercera tormenta fuerte en apenas dos semanas. Un recordatorio doloroso de que no hablamos solo de mapas y estadísticas.
Lo que ven los satélites que nosotros no vemos
La primera pieza del rompecabezas llega del satélite Copernicus Sentinel-1. Se trata de un radar que compara dos momentos concretos, finales de diciembre de 2025 y el 7 de febrero de 2026, y resalta en rojo las zonas donde ha subido el nivel del agua en torno al Tajo, al noreste de Lisboa.
El radar tiene una ventaja clave. No depende ni de la luz del Sol ni de que el cielo esté despejado. Incluso con nubarrones, lluvia intensa y de noche, sigue “viendo” el terreno. En la práctica, esto significa que los servicios de emergencia pueden saber qué vega está inundada o qué carreteras han quedado cortadas sin esperar a que mejore el tiempo.
La segunda pieza procede de la misión Global Precipitation Measurement, una red internacional liderada por NASA y JAXA que mide lluvia y nieve en todo el planeta. Su mapa para el periodo entre el 1 y el 7 de febrero de 2026 muestra en rojo las zonas de la Península que han superado esa acumulación de lluvia en una semana.
Cuando se combinan ambas capas, la de lluvia y la de radar, se obtiene una imagen muy directa. Donde el color rojo de la lluvia intensa coincide con el rojo de las aguas desbordadas, el riesgo para personas, cultivos e infraestructuras se dispara, junto con la extensión real de las inundaciones.
Del mapa al barro bajo los pies
En el fondo, lo que enseñan estas imágenes es algo que ya intuyen agricultores, alcaldes y vecinos. Tras semanas de temporal, el suelo está saturado y cualquier nuevo frente añade agua a un sistema que ya no puede absorber más. Las crecidas se vuelven más rápidas, los taludes ceden con facilidad y los márgenes urbanos de ríos y arroyos quedan especialmente expuestos.
Las ramblas que en verano parecen cauces secos se convierten de nuevo en corredores de agua y arrastran residuos, sedimentos y, en no pocos casos, materiales contaminantes. Para los ecosistemas de ribera, estas avenidas son un proceso natural, pero la ocupación humana de las llanuras de inundación incrementa los daños económicos y el riesgo para la población.
Además, las imágenes satelitales ayudan a poner cifras a una sensación que muchos ya tenían al mirar por la ventana día tras día. La propia Agencia Estatal de Meteorología calcula que entre comienzos de enero y la primera decena de febrero ha llovido en buena parte de la España peninsular bastante más del doble de lo habitual para esas fechas.
Por qué importa para el clima y para la gestión del territorio
Los expertos llevan tiempo advirtiendo de que en el área mediterránea los episodios de lluvia extrema tienden a intensificarse en un clima más cálido. No todos los temporales se pueden achacar de forma directa al cambio climático, pero cadenas de borrascas que dejan acumulados tan altos encajan con ese patrón de eventos más intensos y concentrados en el tiempo.
Imágenes como las de Copernicus y GPM permiten ajustar mejor los mapas de riesgo, revisar dónde tiene sentido seguir construyendo y dónde conviene recuperar espacio para los ríos. También sirven para planificar embalses y sistemas de drenaje urbano que no se queden pequeños a la primera avenida. En otras palabras, ayudan a que la próxima vez el agua encuentre menos personas y menos bienes en su camino.
Para quien solo ve el resultado en forma de carreteras cortadas, colegios cerrados y transporte público colapsado, puede parecer un consuelo pequeño. Pero disponer de información precisa en tiempo casi real es una de las pocas herramientas que permiten reducir daños mientras el clima sigue cambiando.
Al final, estas vistas desde el espacio no son solo espectaculares. Son un espejo incómodo de cómo estamos ocupando el territorio y de hasta qué punto nuestras ciudades, pueblos y campos están preparados para episodios que, en buena parte, ya no pueden considerarse excepcionales.
El comunicado oficial con las imágenes y los datos completos ha sido publicada en la web de la ESA.
Foto: ESA









