La fuente de la inteligencia está en el intestino y no en la cabeza

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Publicado el: 15 de enero de 2026 a las 20:04
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Ilustración del eje intestino-cerebro mostrando la conexión entre la microbiota intestinal y la actividad neuronal humana.

Un experimento con ratones criados sin gérmenes sugiere que la microbiota de primates con cerebros grandes activa rutas de metabolismo de glucosa y plasticidad sináptica, aunque los autores piden prudencia al extrapolar a humanos

La pregunta de fondo es antigua y tozuda. Cómo pudo la evolución “pagar” un cerebro como el humano, costoso en términos energéticos y dependiente de un suministro constante de glucosa. Un trabajo publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences introduce un actor que gana peso en la biología contemporánea (la microbiota intestinal) y lo coloca en un lugar inesperado (la historia evolutiva de los grandes cerebros).

El estudio trasplanta microbiota de tres primates a ratones criados en condiciones estériles (sin microbios). El equipo compara donantes de cerebro grande (humanos y monos ardilla) con un donante de cerebro más pequeño (macaco). Ocho semanas después, los ratones muestran patrones distintos de expresión génica en el cerebro.

En los animales que recibieron microbiota de primates con cerebros grandes se activaron con más fuerza genes ligados a producción y uso de energía y a plasticidad sináptica (procesos asociados al aprendizaje).

Microbiota intestinal y eje intestino cerebro

La parte más llamativa del trabajo es la comparación entre especies. Los autores sostienen que las diferencias de expresión génica observadas en el cerebro de los ratones “humanizados” con microbiota recuerdan a patrones descritos al contrastar cerebros humanos y de macaco.

“Logramos que los cerebros de los ratones se parecieran a los de los primates de los que procedían los microbios”, resume la antropóloga biológica Katherine Amato, de la Universidad Northwestern, en el comunicado de la institución.

La hipótesis que se refuerza es funcional. Si ciertos consorcios microbianos favorecen vías relacionadas con metabolismo de glucosa y gluconeogénesis, podrían haber contribuido a sostener la demanda energética de cerebros relativamente grandes en primates.

El artículo subraya, no obstante, que se trata de un número reducido de especies donantes y que el resultado debe leerse como preliminar, no como una demostración cerrada de causalidad evolutiva en humanos.

Microbioma y energía cerebral en la evolución de primates

El experimento se inserta en una tradición de la antropología y la biología evolutiva que discute compensaciones energéticas entre órganos. Aquí la novedad es desplazar el foco desde el “hardware” del cuerpo hacia un ecosistema biológico que no es estrictamente humano, pero sí íntimo (los microbios que viven en el intestino). La idea no es que la microbiota “fabrique” un cerebro grande, sino que podría actuar como un apoyo metabólico para hacerlo viable en determinados linajes.

Autismo, TDAH y salud mental

El estudio también entra en un terreno delicado. Los autores describen asociaciones entre cambios de expresión génica y rutas conservadas vinculadas a trastornos del neurodesarrollo, con señales distintas según el origen de la microbiota trasplantada. El matiz es crucial.

El trabajo no diagnostica ni reproduce trastornos humanos en ratones, ni permite concluir que existan “microbios correctos” o “incorrectos” en un sentido clínico. Sí añade evidencia experimental de que variaciones en microbiota pueden modular programas de desarrollo cerebral en un modelo animal.

En paralelo, el interés público por el eje intestino cerebro se ha extendido a la divulgación de salud y nutrición, con mensajes a veces más rotundos que la evidencia disponible.

En el último año, por ejemplo, ecoticias.com ha ligado cambios de hábitos festivos a alteraciones de la microbiota y a efectos en bienestar y estado de ánimo, mientras otro texto del mismo medio ha recogido estudios que exploran relaciones entre dieta, microbiota y función cognitiva (sin convertirlas en receta clínica).

Qué queda por probar en humanos

El salto de un ratón germ free a una conclusión sobre la evolución humana es grande, y los propios investigadores lo reconocen. Queda por establecer qué componentes concretos de la microbiota impulsan los cambios observados, cómo interactúan con dieta y genética del huésped y, sobre todo, si intervenciones tempranas en humanos pueden modificar de forma segura y reproducible trayectorias de neurodesarrollo

 El artículo deposita datos y código para facilitar la réplica y el escrutinio, una condición imprescindible cuando una línea de investigación toca áreas tan sensibles como la salud mental.

En la práctica, el hallazgo abre más preguntas de las que cierra. Pero apunta una clave con implicaciones amplias. La historia del cerebro humano podría no escribirse solo con genes, fósiles y herramientas, sino también con comunidades microbianas capaces de inclinar, aunque sea ligeramente, el balance energético del órgano más caro del cuerpo.


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