La infraestructura construida en los sesenta entre Salamanca y Zamora es la presa más alta del país y una pieza clave de los Saltos del Duero mientras arrastra la cicatriz del pueblo de Argusino sepultado bajo sus aguas
Las lluvias extraordinarias de las últimas semanas han devuelto una imagen poco habitual en los últimos años. Los embalses peninsulares rozan el lleno con algo más de 43.000 hectómetros cúbicos de agua almacenada (cerca del 77% de su capacidad total) frente a algo más del 58% registrado en las mismas fechas del año anterior según los datos del Ministerio para la Transición Ecológica y de portales especializados en el seguimiento de la reserva hídrica. En ese mapa rebosante destaca Presa de Almendra, un muro de hormigón de 202 metros de altura que domina el curso bajo del Tormes en la frontera de Salamanca y Zamora y que muchos visitantes comparan con un decorado de «Juego de tronos».
Levantada entre 1964 y 1970 en plena etapa del desarrollismo franquista la presa fue inaugurada en 1970 como una de las grandes obras de la ingeniería hidroeléctrica española. Es una presa de tipo bóveda con 567 metros de longitud de coronación y más de dos millones de metros cúbicos de hormigón vertidos que cierran un valle profundo en las arribes del Tormes. El embalse ocupa unas 8.650 hectáreas y puede almacenar en torno a 2.650 hectómetros cúbicos de agua lo que lo sitúa como el tercero de mayor capacidad del país por detrás de La Serena y Alcántara en la cuenca del Guadiana y del Tajo.
Ubicada en el noroeste de Castilla y León la infraestructura forma parte del sistema de los llamados Saltos del Duero una cadena de grandes presas y centrales hidroeléctricas escalonadas sobre el Tormes y el Duero que incluye también Aldeadávila Ricobayo Saucelle o Villalcampo. Este conjunto permite laminar crecidas regular el caudal hacia Portugal y aportar electricidad de origen renovable a la red en un tramo de frontera donde el relieve encajonado del río ofrece saltos de agua poco frecuentes en otros puntos de la península.
El corazón energético del complejo no se encuentra a pie de presa sino a unos quince kilómetros aguas abajo en Villarino de los Aires. Allí se excavó una galería de unos quince kilómetros y siete metros y medio de diámetro que atraviesa la roca y lleva el agua desde el embalse hasta la central de Villarino una caverna subterránea con seis grupos reversibles que combinan generación y bombeo.
Según los datos de Iberdrola y de la patronal de presas la central suma alrededor de 800 megavatios de potencia en turbinación y más de 700 en bombeo lo que le permite cubrir el consumo de cientos de miles de hogares y actuar como una gigantesca batería hidráulica que almacena energía en forma de agua embalsada. Las turbinas Francis reversibles pueden mover hasta 232.000 litros por segundo y trabajar en coordinación con el embalse de Aldeadávila en el Duero de modo que el agua sube y baja entre los dos niveles en función de la demanda eléctrica y del precio de la luz.
La imagen imponente del paramento curvo el «mar de Castilla» extendiéndose hacia el interior y la garganta del Tormes varios centenares de metros más abajo ha convertido el entorno en un reclamo turístico creciente en el oeste de España. El enclave se sitúa en el Parque Natural de los Arribes del Duero un territorio de cañones fluviales viñedos en terrazas y pequeñas explotaciones ganaderas que busca en el turismo de naturaleza y en las rutas de miradores un complemento a la pérdida de población y de actividad agraria.
La apertura al público de la coronación de la presa y de varios puntos panorámicos generó durante años un flujo estable de visitantes pero en 2023 y 2024 el acceso se restringió por cambios en la normativa europea de seguridad en infraestructuras lo que provocó protestas vecinales y quejas de los alcaldes por el impacto en el turismo local. La Junta de Castilla y León e Iberdrola han impulsado ahora un nuevo mirador específico que formará parte de la red autonómica de miradores singulares y que busca compatibilizar las exigencias de seguridad con la puesta en valor del paisaje y de la propia obra de ingeniería.
La historia de la presa tiene también un reverso menos visible. Bajo las aguas del embalse se encuentra el antiguo término de Argusino un pueblo zamorano de unos 400 vecinos que fue expropiado y demolido en los años sesenta antes del cierre de compuertas. El 17 de septiembre de 1967 las primeras aguas del Tormes inundaron definitivamente el caserío las tierras de labor y el cementerio. Desde entonces las ruinas emergen de forma intermitente en los periodos de sequía y asociaciones de antiguos vecinos mantienen viva la memoria del lugar con ofrendas junto a la lámina de agua y actos reivindicativos cuando el nivel del embalse baja.
Las cifras frías de la ingeniería resumen bien esa tensión entre beneficio colectivo y coste local. El embalse permite almacenar un volumen de agua equivalente a la suma de varias grandes capitales de provincia cubrir puntas de demanda eléctrica en cuestión de minutos y reforzar el papel de la hidráulica en la transición energética española en un contexto en el que la aportación renovable necesita respaldo gestionable frente a la variabilidad del viento y del sol. Pero al mismo tiempo reescribió el mapa humano de la raya salmantina al desplazar poblaciones enteras y transformar para siempre un valle agrícola en una superficie de agua quieta.
En la actualidad con los embalses por encima de la media de la última década y las presas llenas tras un otoño e invierno muy lluviosos el muro de Almendra vuelve a alcanzar niveles cercanos a su cota máxima. Medio siglo después de su puesta en servicio la presa más alta de España sigue funcionando como un termómetro de las oscilaciones del clima y del modelo energético y recuerda que cada gran infraestructura hidráulica combina tres vidas distintas la técnica que hace posible la luz que llega al enchufe la paisajística que atrae al visitante y la social que permanece bajo el agua.
El comunicado oficial ha sido publicado en MITECO.
Foto: DURIUSAQUAE













