En plena preocupación por el gas y por la factura de calefacción, Alemania se sienta sobre enormes reservas de gas que, hoy por hoy, no puede tocar. El geocientífico Hans-Joachim Kümpel, exdirector de la Agencia Federal de Recursos Minerales, sostiene que el veto político al fracking es fruto de campañas de miedo y que el país se está haciendo más dependiente del gas fósil importado, no menos.
La pregunta incómoda es evidente. Si el gas se va a seguir usando algunos años, ¿tiene sentido prohibir explotarlo en casa mientras se compra gas fracturado al otro lado del Atlántico?
El gas que duerme bajo el suelo alemán
Los datos manejados por Kümpel y por estudios oficiales hablan de un volumen técnicamente aprovechable de gas de esquisto muy grande. En las formaciones entre mil y cinco mil metros de profundidad se estiman recursos recuperables en una horquilla que va de unos 320 mil millones a algo más de 2 billones de metros cúbicos, con un valor medio de referencia en torno a los 800 mil millones.
Para hacerse una idea, el propio estudio geológico de referencia alemán sitúa ese potencial medio cerca de ocho veces el consumo anual reciente de gas del país, que rondó los cien mil millones de metros cúbicos en 2021. Kümpel calcula que, si se desarrollaran esos yacimientos de manera sostenida, podrían llegar a aportar unos veinte mil millones de metros cúbicos al año durante varias décadas. Es decir, alrededor de una cuarta parte de la demanda actual.
Son cifras de modelo, no un cheque en blanco. Requieren años de planificación, permisos, inversión y aceptación social. La propia Agencia Federal de Medio Ambiente de Alemania (Agencia Federal de Medio Ambiente de Alemania (Umweltbundesamt)) recuerda que, aun con grandes reservas, la puesta en marcha de una industria de fracking no aliviaría los cuellos de botella de gas de un invierno para otro y que su papel sería, como mucho, de transición.
Cómo se llegó al veto al fracking
Desde 2017 el fracking en yacimientos no convencionales, como esquistos y capas de carbón, está prohibido en Alemania salvo cuatro posibles proyectos piloto con fines científicos que, de momento, ni siquiera se han realizado. La norma obliga a una protección muy estricta de las aguas subterráneas y los ecosistemas, en un contexto de fuertes sequías recientes y de preocupación social por el uso del agua.
Según Kümpel, el giro político no se explica solo por la prudencia ambiental. En su relato pesaron mucho las imágenes impactantes y las campañas emotivas. La famosa escena del grifo que arde en la película «Gasland» se utilizó como símbolo mundial del fracking. El geocientífico la califica de montaje y recuerda que los análisis isotópicos descartan que ese gas proviniera de una operación de fracturación cercana.
En la entrevista acusa a varias fuerzas políticas de haber convertido el «no al fracking» en una seña de identidad. También apunta a intereses económicos externos, como la gasista rusa Gazprom, que se habrían beneficiado de que Alemania no desarrollara gas propio mientras avanzaban proyectos como el gasoducto Nord Stream 2. Son interpretaciones suyas y así conviene leerlas, pero ilustran hasta qué punto mezcla esta discusión energía, geopolítica y percepción pública.
Riesgos ambientales reales y la visión climática
Las agencias ambientales y la comunidad científica que se opone al fracking no lo hacen solo por imágenes de cine. Los informes oficiales señalan riesgos que hay que gestionar, como posibles contaminaciones por fallos en la cementación de pozos, la gestión de aguas de retorno con químicos, el uso intensivo de agua dulce o las emisiones fugitivas de metano, un gas de efecto invernadero muy potente.
Además, el Umweltbundesamt es claro en un punto clave. Considera que abrir una nueva industria de gas de esquisto en un país que se ha comprometido por ley a ser climáticamente neutro en 2045 supone prolongar la dependencia de combustibles fósiles en vez de acelerar el cambio hacia renovables, eficiencia y electrificación. En otras palabras, incluso si el fracking se pudiera hacer con riesgos ambientales muy controlados, seguiríamos hablando de gas fósil en un sistema que, en pocas décadas, debería dejar de quemarlo casi por completo.
El Umweltbundesamt insiste en que la prioridad para la seguridad de suministro pasa por reducir la demanda y desplegar infraestructuras de hidrógeno verde yelectricidad renovable, no por explotar yacimientos de esquisto.
¿Y la huella de CO₂ frente al GNL importado?
Aquí entra el argumento más polémico de Kümpel. Según sus cálculos, si Alemania hubiera permitido fracking en los últimos cinco años, se habrían evitado unas noventa millones de toneladas de CO₂ respecto al escenario actual apoyado en gas natural licuado importado. El razonamiento es sencillo sobre el papel. El GNL implica extraer gas en otros países, licuarlo enfriándolo a unos ciento sesenta grados bajo cero, transportarlo en buques metaneros y regasificarlo en terminales costeras. Todo ese proceso consume energía adicional y genera más emisiones que llevar gas por gasoducto desde yacimientos cercanos.
La pregunta es si esa ganancia relativa compensa, en términos climáticos, abrir una nueva fase de inversión fósil que podría competir con renovables y eficiencia energética. El Umweltbundesamt insiste en que la prioridad para la seguridad de suministro pasa por reducir la demanda y desplegar infraestructuras de hidrógeno verde y electricidad renovable, no por explotar yacimientos de esquisto.
De los pozos a la geotermia
Kümpel añade un elemento interesante para el debate de la transición. Propone ver las perforaciones profundas no solo como infraestructuras fósiles, sino como activos que, en el futuro, podrían ayudar a generar electricidad y calor mediante energía geotérmica. Las perforaciones son la parte más cara de muchos proyectos de geotermia, y en esas profundidades se alcanzan temperaturas útiles. No significa que cada pozo de gas pueda reconvertirse, pero sí que se crearían conocimientos técnicos y tubos ya abiertos que podrían facilitar proyectos renovables más adelante.
Lo que se juega realmente en este debate
Al final, la discusión alemana sobre el fracking cuenta algo más grande. Habla de cómo equilibrar seguridad de suministro, factura energética, protección del agua y objetivos climáticos en un contexto en el que el reloj climático corre rápido y los inviernos fríos siguen llegando.
Para quienes miran desde fuera, conviene quedarse con dos ideas. Por un lado, el gas fósil, sea propio o importado, solo encaja como energía de transición en un sistema que se dirige de forma creíble hacia las renovables. Por otro, decisiones basadas en miedo o en relatos simples pueden tener efectos climáticos y económicos inesperados, tanto si se prohíbe todo como si se abre la puerta sin controles estrictos.
La entrevista original con Hans‑Joachim Kümpel sobre el veto al fracking y las reservas de gas no convencional en Alemania ha sido publicada en el diario alemán WELT.












