Los primeros pasos, las primeras palabras, el acento, los juegos, las pantallas, el ruido de la calle o el contacto con la naturaleza no pasan por la vida de un niño como simples recuerdos. Una nueva revisión publicada en la revista Brain Health propone llamar «criticoma» al registro de experiencias que el cerebro integra durante sus etapas de mayor plasticidad, desde antes de nacer hasta aproximadamente los 25 años.
La idea no dice que todo quede decidido en la infancia. El matiz es más interesante. Hay ventanas en las que el cerebro está especialmente abierto a lo que ve, oye, siente, practica y vive. Por eso, la casa, la escuela, las relaciones, las pantallas, la calle y el entorno natural pueden pesar mucho más de lo que imaginamos.
Qué es el criticoma
El criticoma es el nombre que proponen Michel Cuenod, Julio Licinio y Kim Q. Do para reunir en una sola idea toda la información sensorial, motora, social, cultural y ambiental que el cerebro incorpora durante los periodos críticos de desarrollo. No hablamos solo de aprender a leer o montar en bicicleta. También entran la manera de relacionarnos, el idioma que escuchamos, los gestos que imitamos y el ambiente físico en el que crecemos.
Kim Q. Do lo resume de forma sencilla. «No buscábamos un término nuevo», afirmó la investigadora. Lo que buscaban era una forma más precisa de hablar de algo que la neurociencia ya observaba, pero que no terminaba de nombrar bien.
El cerebro se moldea con el mundo
Juan Lerma, profesor de investigación del CSIC en el Instituto de Neurociencias CSIC y UMH, recuerda que el concepto conecta con una idea clásica de Santiago Ramón y Cajal, la de que el ser humano puede ser «escultor de su propio cerebro». Dicho de otra forma, el cerebro no se limita a recibir información. La transforma en conexiones.
Durante estas fases de máxima plasticidad, el cerebro infantil y juvenil es mucho más moldeable. Lerma explica que las experiencias quedan físicamente grabadas en los circuitos neuronales. No es poca cosa. Lo que un niño ve, escucha, huele, siente y practica puede influir después en su percepción, su comportamiento y su forma de responder al mundo.
El entorno también entra
Aquí aparece una parte muy importante para entender la salud desde una mirada más amplia. El criticoma no depende solo de los genes ni solo del colegio. También cuenta el entorno material y ambiental, desde la arquitectura de la vivienda hasta la naturaleza cercana, el ruido, los espacios de juego y las condiciones socioeconómicas.
¿Qué significa esto en la práctica para una familia? No es lo mismo crecer con parques accesibles, aire limpio, luz natural y espacios seguros para moverse que hacerlo rodeado de tráfico, humos, estrés y pocas oportunidades de juego. El cerebro no vive aislado dentro del cráneo. Vive en un barrio, en una casa y en una rutina diaria.
Una oportunidad y un riesgo
Los periodos críticos son una oportunidad enorme, pero también tienen doble filo. La revisión recuerda que la misma plasticidad que facilita aprendizajes extraordinarios también puede dejar huellas profundas cuando faltan estímulos básicos o cuando el entorno es dañino. Por eso los autores ponen el foco en lo que ocurre en esas ventanas de desarrollo.
La infancia no es una sala de espera hasta la vida adulta. Es una etapa en la que se están levantando los andamios de muchas capacidades futuras. El lenguaje, el movimiento, el apego, la regulación emocional y la vida social se apoyan en experiencias repetidas. Algunas parecen pequeñas. Luego no lo son tanto.
Pantallas bajo la lupa
La revisión también entra en una pregunta muy actual. ¿Qué ocurre cuando una parte creciente de la infancia se vive a través de pantallas? Los autores no afirman saber ya qué tipo de criticoma está creando una niñez saturada de móviles, tabletas y redes. Ese punto es importante, porque evita caer en el alarmismo fácil.
Lo que sí plantean es que la pregunta debe estudiarse mejor. Las pantallas no son solo una herramienta más cuando ocupan horas de juego, sueño, conversación o movimiento. En la práctica, pueden cambiar qué experiencias entran en esas ventanas plásticas y cuáles se quedan fuera. Ahí está el asunto.
Salud mental y desarrollo
El marco del criticoma también intenta cambiar la manera de mirar algunos trastornos. Según los autores, el autismo, la esquizofrenia, la depresión, el estrés postraumático y ciertos síndromes ligados a la cultura pueden entenderse mejor como problemas del desarrollo, y no solo como fallos de la sinapsis adulta.
Michel Cuenod lo expresó así al hablar de la esquizofrenia. «El criticoma nos da un marco para esa pregunta». La pregunta, en el fondo, es qué se integró, qué no pudo integrarse o qué se integró de forma alterada cuando el cerebro aún estaba organizando sus circuitos.
Lo que no demuestra
Conviene ser claros. El criticoma no es una prueba médica, ni una máquina capaz de leer las experiencias grabadas en el cerebro de una persona. Los propios autores señalan que se trata de un marco conceptual, no de una herramienta de medición.
Eso no le resta interés. Al contrario, le da un papel más realista. Sirve para ordenar décadas de estudios sobre periodos críticos y para plantear nuevas preguntas en educación, salud mental, infancia, uso de pantallas y diseño de entornos. El problema es que el reloj del desarrollo no espera a que la política se ponga al día.
El estudio completo ha sido publicado en la revista Brain Health.









