En una aldea de la provincia de Fujian, en China, un edificio de quince plantas se alza por encima de los tejados bajos y los campos. No es un bloque cualquiera. Es la casa común de cuatro generaciones de la familia Zhou, más de cien personas que han decidido compartir dirección en un único “condominio familiar” construido con sus propios ahorros.
La historia se ha hecho viral porque el edificio, situado en la aldea de Zhuyuan, tiene poco que ver con la imagen típica de un pueblo rural. Desde lejos parece un pequeño rascacielos plantado en medio de viviendas de no más de seis plantas. Según recogen medios locales, unas veinte familias del clan Zhou, que viven en el área de Quanzhou, demolieron sus casas antiguas y decidieron juntar dinero y derechos de suelo para levantar un edificio compartido hace casi diez años.
Uno de los mayores de la familia, de setenta años, explicaba que todos querían “construir casas nuevas e independientes” pero que la idea cambió cuando vieron que el terreno no daba para tanto. “Solicitamos al ayuntamiento unos cientos de metros cuadrados de terreno para construir un edificio compartido”, relataba. Hoy el bloque cuenta con dos plantas subterráneas de aparcamiento, una planta baja para usos comunes y almacén de alimentos, y 22 apartamentos repartidos en las plantas residenciales, con unos 200 metros cuadrados por piso y dos viviendas por planta.
En el día a día viven allí entre veinte y treinta personas, sobre todo mayores y niños. La mayoría de los jóvenes trabaja en otras ciudades y vuelve a casa en vacaciones. En esas fechas, el edificio se llena de maletas, pasillos con olor a comida casera y reuniones en cada puerta. El anciano cuenta que, para sus nietos, este bloque es su “castillo de la infancia”. Es decir, no solo es hormigón y ladrillo. Es memoria familiar condensada en vertical.
Un bloque que ya no se podría construir igual
Según la información difundida por el portal AsiaOne, el “gran edificio dorado”, como lo conocen en la zona, se construyó en un momento en el que las normas locales permitían todavía este tipo de altura en vivienda rural. Hoy, un responsable de la oficina de tierras reconoce que ya no se aprueban casas tan altas en ese entorno, aunque el inmueble actual se considera legal porque obtuvo permiso en su día.
Detrás del fenómeno viral hay una cuestión de fondo. ¿Cómo encaja un rascacielos familiar de quince plantas en el debate sobre vivienda sostenible, consumo de suelo y emisiones de CO2?
Menos suelo ocupado, más hormigón y acero
El sector de la edificación y la construcción consume más de un tercio de la energía mundial y genera también más de un tercio de las emisiones de CO2 relacionadas con la energía, contando tanto el uso de los edificios como los materiales para levantarlos. Lo recuerda la Agencia Internacional de la Energía (IEA), que advierte de que el diseño de las viviendas que construimos hoy condicionará las emisiones durante décadas.
En teoría, concentrar a cien personas en un solo bloque reduce la ocupación de suelo respecto a levantar veinte casas nuevas repartidas por el campo. Menos extensión urbanizada suele significar más tierras agrícolas o espacios naturales conservados, y menos necesidad de desplazarse en coche para visitar a la familia. Pero hay otra cara. Un edificio de quince plantas exige grandes cantidades de cemento y acero, materiales que tienen una huella de carbono elevada. Solo la industria del cemento representa entre el 7 y el 8 por ciento de las emisiones globales de CO2.
En un pueblo de casas bajas, un bloque tan alto también plantea retos de integración paisajística, sombra sobre las viviendas colindantes y nuevas necesidades de infraestructura, desde el suministro eléctrico para los ascensores hasta el mantenimiento de las zonas comunes. No es poca cosa.
Vivir juntos para gastar menos recursos
Este experimento familiar se parece, en parte, a los modelos de cohousing y vivienda multigeneracional que se están estudiando en otros países. En esas fórmulas, cada hogar tiene su espacio privado pero se comparten cocina comunitaria, lavandería, zonas de ocio y, a veces, vehículos. Un estudio del Cohousing Research Network indica que las comunidades de cohousing consumen de media un 30 por ciento menos de energía por persona que la vivienda convencional, entre otros motivos porque se reducen los electrodomésticos duplicados y se optimiza la climatización.
En el edificio de los Zhou no hay datos públicos sobre consumos energéticos, pero sí pistas de organización. Los gastos de mantenimiento de las zonas comunes y del ascensor se reparten de manera privada entre los familiares, sin administrador externo. Compartir aparcamiento, ascensor y servicios puede ayudar a reducir costes y también emisiones, sobre todo si se compara con varias casas dispersas, cada una con su bomba de calor, su tejado y su coche en la puerta.
Un caso singular que abre preguntas
Este rascacielos rural concentra algunas ventajas ambientales típicas de la vivienda compacta, pero también los impactos de una estructura alta de hormigón levantada en un entorno pensado para casas bajas. Además, el edificio está sobredimensionado para la ocupación diaria. Si solo viven allí unas treinta personas la mayor parte del año, el consumo por cabeza puede dispararse si no se ajustan bien los sistemas de calefacción, refrigeración y ascensores.
Aun así, el caso sirve para ilustrar algo que ya señalan muchos expertos en vivienda. La forma en que organizamos nuestros hogares influye en la huella climática tanto como la etiqueta energética del electrodoméstico o la potencia contratada en la factura de la luz. El reto está en encontrar fórmulas que combinen proximidad, apoyo familiar y uso eficiente de recursos, sin perder de vista las normas de seguridad y la integración en el paisaje.
La información original sobre el “edificio familiar” de Zhuyuan ha sido publicada en el portal Mothership.sg.












