Europa tendría combustible para sostener una guerra de alta intensidad durante unos tres meses. Después, los depósitos de tanques, aviones, camiones militares y hasta los generadores de los hospitales se vaciarían. No es solo un dato técnico, es una señal de alarma sobre nuestra seguridad energética y, en el fondo, sobre cómo de lento va todavía el cambio hacia energías renovables.
Tres meses de combustible y una enorme dependencia exterior
La compañía alemana Rheinmetall, conocida por fabricar material militar, ha puesto números a esa fragilidad. Según su responsable de hidrógeno, Shena Britzen, Europa cuenta con unas sesenta refinerías que hoy son la columna vertebral del suministro de combustibles. Pero los stocks actuales solo bastarían para unas doce semanas de guerra intensa, algo que dejaría en seco tanto a las fuerzas armadas como a servicios civiles críticos como ambulancias y hospitales.
Al mismo tiempo, la Unión Europea importa en torno al 98 por ciento del petróleo que consume y cerca del 88 por ciento del gas. Lo vimos en la última crisis energética, cuando el precio del gas se disparó hasta multiplicarse por veinte y los gobiernos tuvieron que destinar unos seiscientos mil millones de euros para que la factura del gas y de la luz no se disparara todavía más en los hogares y en las empresas.
¿Qué significa esto en la práctica para cualquier ciudadano europeo? Que un ataque a refinerías, oleoductos o grandes plantas eléctricas puede dejar sin combustible a camiones de alimentos, sin diésel a los autobuses y sin generadores a un hospital en cuestión de días. En la guerra de Ucrania, los ataques con drones contra instalaciones energéticas ya han reducido en torno a un quince por ciento la capacidad de refinado rusa, lo que muestra hasta qué punto la infraestructura fósil se ha convertido en un objetivo prioritario.
Islas energéticas con hidrógeno verde
Para cerrar ese enorme agujero, Rheinmetall propone una red de “islas energéticas” repartidas por todo el continente. Estas plantas serían pequeñas en comparación con una refinería clásica, pero estarían diseñadas para ser muy resistentes. Cada instalación se ubicaría junto a parques de energía eólica o fotovoltaica y utilizaría electrolizadores de empresas como Sunfire para producir hidrógeno verde, que después se transformaría en diésel y queroseno sintéticos.
La idea es sencilla de entender. En lugar de depender de unas pocas grandes refinerías muy visibles y fáciles de atacar, se repartiría la producción en cientos de plantas más pequeñas, autónomas y conectadas al recurso más estable que tenemos en Europa, que son el viento, el sol y en algunos casos el agua y la geotermia. Según Britzen, el objetivo es que nadie esté a más de cincuenta o cien kilómetros de una fuente de combustible sintético, un poco como ocurre con las capas de agua subterránea.
Desde el punto de vista climático, estos combustibles sintéticos pueden reducir en buena medida las emisiones si se producen con electricidad renovable y se utiliza CO₂ capturado de la atmósfera o de procesos industriales. No son una solución perfecta, pero permiten descarbonizar sectores difíciles de electrificar como la aviación o los grandes vehículos militares y, a la vez, sostener servicios civiles esenciales cuando la red eléctrica falla.
Cuánto habría que invertir y qué ganaría el clima
Rheinmetall calcula que Europa necesitaría al menos veinte millones de toneladas de e‑combustibles al año para garantizar su capacidad de defensa. Para un país como Alemania esto supone entre siete y ocho gigavatios de potencia de electrólisis dedicada solo a este uso. El coste estimado de desplegar la red completa de islas energéticas rondaría los cuatrocientos mil millones de euros en todo el continente, de los cuales entre treinta mil y cincuenta mil corresponderían a Alemania.
Aquí entra en juego también la industria renovable. La energética Repsol está poniendo en marcha en Bilbao una planta de queroseno sintético que utiliza dos grandes electrolizadores de cien megavatios cada uno, una inversión de entre ciento cincuenta y doscientos millones de euros que muestra que la tecnología no es ciencia ficción, ya está en construcción.
En paralelo, la normativa europea exige que al menos un 1,2 por ciento de la energía consumida en el transporte proceda de hidrógeno verde y combustibles sintéticos de aquí a 2030, y el sector pide subir esa cuota hasta el 2,5 por ciento para dar estabilidad a las inversiones.
Energía limpia como escudo climático y de seguridad
Para Kira Vinke, analista del Consejo Alemán de Relaciones Exteriores (DGAP), la transición energética es ya una cuestión de seguridad, no solo de clima. Si Europa depende casi por completo de petróleo y gas importados, cualquier crisis geopolítica se traduce en más emisiones, más volatilidad en los precios y más vulnerabilidad en el terreno.
Las islas energéticas no son una varita mágica. Los expertos recuerdan que también hay que reducir el consumo global de combustible, mejorar la eficiencia de los vehículos y evitar que el e‑diésel o el e‑queroseno se conviertan en una excusa para seguir quemando sin límites. Por ahora, un litro de queroseno sintético cuesta entre cuatro y cinco euros y solo se podría bajar a uno o dos euros si hay políticas claras que apoyen el arranque de esta industria, como contratos a largo plazo o cuotas mínimas en el transporte y en la compra pública.
La OTAN considera que Rusia podría estar preparada para una nueva ofensiva a medio plazo, y el sector de la tecnología limpia insiste en que hay margen para desplegar estas capacidades en unos cinco años si se toman decisiones rápidas. La pregunta, en el fondo, es si los gobiernos europeos están dispuestos a invertir ahora para reducir a la vez su huella de carbono y su miedo a que un corte de combustible lo pare todo.
La entrevista original en la que se detallan estos cálculos y el concepto de “islas energéticas” se ha publicado en el medio alemán ntv.












