Argentina es el país sudamericano que aparece en la mira de Rusia para un proyecto de central nuclear de alta tecnología, según el informe «Global Reach (The Kremlin Playbook in Latin America)» del Center for the Study of Democracy (CSD).
El antecedente clave se remonta a abril de 2015, cuando durante la visita de Cristina Fernández de Kirchner a Moscú se abrió la puerta a trabajar con Rosatom en un reactor de alrededor de 1.200 megavatios, asociado a la familia VVER (habitualmente referida como VVER 1200 en las coberturas del acuerdo).
La promesa pública es fácil de vender (más generación firme para apuntalar una red eléctrica exigida y reducir cortes). El detalle que suele quedar fuera del titular es el verdadero producto que exporta una potencia nuclear (un vínculo de décadas). Un reactor no llega solo, llega con ingeniería, combustible, repuestos, capacitación, financiamiento y una cadena de servicios que ata decisiones técnicas y políticas durante buena parte de la vida útil de la planta. Esa es justamente la lógica que el CSD describe como palanca de influencia en infraestructura crítica.
Por eso, incluso cuando un proyecto no se concreta en el corto plazo, la conversación ya cumple una función estratégica (abrir canales, instalar opciones, condicionar futuras licitaciones y crear dependencia tecnológica). En ese marco, el mismo informe ubica el interés ruso en Argentina dentro de una agenda regional más amplia, donde Moscú busca sostener presencia económica y diplomática en América Latina en un contexto de presión internacional por la guerra en Ucrania.
Foto: Planta Nuclear de Atucha











