Reino Unido ha decidido sacar músculo militar en uno de los lugares más frágiles del planeta. El primer ministro Keir Starmer anunció en la Conferencia de Seguridad de Múnich el despliegue de un grupo de combate naval encabezado por el portaaviones HMS Prince of Wales en el Atlántico Norte y el Alto Norte, con la vista puesta en la seguridad de Groenlandia y en reforzar la OTAN.
La operación, bautizada “Firecrest”, incluirá buques de guerra, cazas F-35 y helicópteros, con miles de efectivos de las tres ramas de las Fuerzas Armadas británicas. El Ministerio de Defensa la presenta como una forma de disuadir a Rusia y proteger cables submarinos e infraestructuras críticas en la brecha Groenlandia Islandia Reino Unido, un pasillo clave para las comunicaciones entre América y Europa. El movimiento llega además después de las presiones del presidente estadounidense Donald Trump para reforzar la defensa de Groenlandia, territorio autónomo de Dinamarca con enorme valor estratégico y minero.
Starmer aprovechó Múnich para lanzar un mensaje político muy claro. Defendió que “no hay seguridad británica sin Europa, como no hay seguridad europea sin nosotros” y describió a Europa como un “gigante dormido” en materia de defensa, con capacidades militares que hoy rinden por debajo de la suma de sus partes. Al mismo tiempo, abrió la puerta a una mayor integración económica con la Unión Europea, incluida una aproximación más estrecha al mercado único en algunos sectores.
Hasta aquí, geopolítica pura y dura. Pero, ¿qué tiene que ver todo esto con el medio ambiente y con nuestra vida cotidiana, muy lejos del hielo de Groenlandia? Mucho más de lo que parece a primera vista.
Un Ártico que se calienta hasta cuatro veces más rápido
El despliegue británico se producirá en una región que ya está cambiando a toda velocidad por la crisis climática. Diversos análisis científicos y organismos internacionales señalan que el Ártico se calienta entre tres y casi cuatro veces más rápido que la media del planeta, un fenómeno conocido como amplificación ártica.
En la última década se han encadenado récords de temperatura y de pérdida de hielo marino. Informes recientes de agencias como la NOAA y el programa europeo Copernicus describen un mínimo histórico del hielo invernal, junto con un desplome de más del noventa por ciento del hielo marino más antiguo y grueso respecto a los años ochenta. Cuando el océano oscuro sustituye al hielo blanco, absorbe más calor del Sol, se derrite todavía más hielo y el círculo vicioso se acelera.
Lo que pasa allí no se queda allí. Estos cambios están alterando patrones atmosféricos en todo el hemisferio norte, algo que los climatólogos vinculan con olas de calor, lluvias extremas o inviernos cada vez más extraños en Europa. En otras palabras, el deshielo del Ártico tiene mucho que ver con la factura de la luz, los cultivos o las olas de calor que sufrimos en casa.
Más barcos, más emisiones, más ruido
El deshielo ha abierto rutas que antes permanecían bloqueadas gran parte del año. El resultado ya se nota en el tráfico marítimo. Entre 2013 y 2025, el número de barcos que entran en el área regulada por el Código Polar se ha incrementado un cuarenta por ciento y la distancia total navegada casi se ha duplicado, con un aumento del noventa y cinco por ciento según datos del propio Consejo Ártico.
Organizaciones como WWF recuerdan que más barcos significan más riesgo de vertidos, más contaminación atmosférica y más ruptura del hielo restante. Calculan que el uso de combustibles pesados en el Ártico sigue siendo mayoritario y que las emisiones de carbono negro procedentes del transporte marítimo aumentaron alrededor de un ochenta por ciento en la segunda mitad de la década pasada. Este hollín se deposita sobre nieve y hielo, oscurece la superficie y acelera todavía más el deshielo.
Un informe del Consejo Internacional para el Transporte Limpio estima que en 2021 los buques que operan en el Ártico emitieron alrededor de mil quinientas toneladas de carbono negro y doce mil toneladas de dióxido de carbono al norte de la latitud cincuenta y nueve, con las emisiones de carbono negro prácticamente duplicadas respecto a 2015. El despliegue de grupos navales como el del “Príncipe de Gales” se suma a esa tendencia general de más acero, más motores y más combustible fósil en un océano muy sensible.
Una autopista ruidosa para ballenas y pueblos costeros
El impacto no es solo climático. El ruido submarino asociado al aumento del tráfico se ha convertido en un problema ambiental de primer orden. Informes del grupo de trabajo PAME del Consejo Ártico describen el ruido de los barcos como una amenaza seria para especies árticas y para los servicios ecosistémicos de los que dependen las comunidades costeras.
Los mamíferos marinos del Ártico, como las ballenas, dependen del sonido para orientarse, buscar alimento y comunicarse. Los estudios científicos muestran que el ruido de los barcos puede elevar drásticamente el nivel sonoro de fondo, provocar estrés, cambiar rutas migratorias y aumentar el riesgo de colisiones, incluso con relativamente pocos buques en aguas históricamente silenciosas.
Cuando a este escenario se añaden grandes buques militares con sonares potentes, helicópteros y ejercicios complejos, la presión acústica sobre un ecosistema ya tensionado aumenta de forma notable. No hace falta ser especialista en cetáceos para intuir que no es un buen cóctel.
Seguridad, clima y el papel de Europa
Starmer insiste en que Europa es un “gigante dormido” que debe coordinar mejor su industria militar y gastar más en defensa. En la práctica esto significa que la OTAN y sus socios mirarán cada vez más al norte, mientras la Unión Europea y sus Estados miembros se comprometen a reducir emisiones y proteger la biodiversidad.
La tensión está servida. Por un lado, se refuerza la presencia armada en el Ártico para responder a Rusia y a la pugna por recursos y rutas. Por otro, los informes climáticos y ambientales piden limitar el uso de combustibles pesados, reducir el carbono negro y gestionar el ruido submarino con normas mucho más estrictas.
Qué deberíamos vigilar a partir de ahora
En los próximos meses no solo interesará seguir la ruta del “Príncipe de Gales” y sus escoltas. También será clave saber qué combustibles utilizan, cómo se gestionan sus emisiones y qué medidas se aplican para minimizar el impacto sobre el hielo, la fauna y las comunidades locales.
Los expertos en el Ártico insisten en que no basta con proteger cables y gasoductos. Piden integrar clima y biodiversidad en cualquier planificación de seguridad, exigir transparencia a los países que operan buques en la región y adelantar prohibiciones reales del fuel pesado, sin excepciones que permitan seguir usándolo casi una década más. El problema es que el reloj climático va, en buena parte, más deprisa que la política de defensa.
El comunicado oficial sobre el despliegue del Carrier Strike Group se ha publicado en la web del Gobierno británico.












