Suecia, Francia y Reino Unido crean un plan secreto para crear un escudo nuclear europeo y cambiará la defensa frente a Rusia

Imagen autor
Publicado el: 8 de febrero de 2026 a las 18:23
Síguenos
Lanzamiento de un misil nuclear como símbolo del nuevo escudo nuclear europeo impulsado por Francia y Reino Unido.

Suecia acaba de cruzar una línea que durante décadas parecía impensable. Su primer ministro, Ulf Kristersson, ha confirmado que Estocolmo mantiene conversaciones preliminares con Francia y Reino Unido sobre cooperación en disuasión nuclear. No hay acuerdos firmados ni plazos, pero el simple hecho de abrir este debate muestra hasta qué punto ha cambiado el mapa de seguridad en Europa y, de rebote, el contexto en el que hablamos de clima, energía y medio ambiente.

Las palabras de Kristersson llegaron en una entrevista con la televisión pública sueca. Explicó que Suecia participa ya en las conversaciones que se están dando en Europa sobre armas nucleares dentro de la OTAN y dejó abierta la puerta a cooperar con Francia y Reino Unido, aunque recalcó que las charlas son todavía exploratorias y que no se contempla, por ahora, desplegar ojivas en suelo sueco en tiempo de paz.

La novedad no es solo lo que se habla, sino quién lo dice. Suecia abandonó su programa secreto de armas nucleares a comienzos de los setenta y firmó el Tratado de No Proliferación confiando en el paraguas estadounidense. Ahora, uno de los grandes diarios del país, Dagens Nyheter, ha publicado un editorial con un título muy directo, traducido al castellano como “Nadie quiere hablar de armas nucleares suecas, pero debemos hacerlo”. El texto defiende que Europa ya no puede evitar una discusión seria sobre opciones de disuasión que no dependan de Washington.

Detrás de esta grieta en el tabú nuclear hay un contexto muy concreto. El segundo mandato de Donald Trump ha traído una combinación incómoda para Europa. Por un lado, una estrategia de defensa que empuja a los aliados europeos a asumir la mayor parte de la defensa convencional de la OTAN antes de 2027. Por otro, un discurso público en el que el propio Trump presume de que su “única” limitación es su moral personal y resta importancia al derecho internacional, al tiempo que presiona para controlar territorios sensibles como Groenlandia.

Si el vecino que guarda las llaves del garaje te dice que quizá deje de venir, es lógico que empieces a buscar copia de las llaves. Eso es, en el fondo, lo que está pasando en Europa. Francia y Reino Unido firmaron en 2025 la llamada Northwood Declaration, un acuerdo histórico por el que se comprometen a coordinar sus fuerzas nucleares, aunque sigan siendo independientes. El texto incluye un mensaje claro, que cualquier amenaza extrema contra Europa provocaría una respuesta conjunta de los dos países.

Es importante aterrizar las cifras para no perderse. Francia cuenta con unas 290 ojivas nucleares y Reino Unido con unas 225. Sumadas, están muy por debajo de las miles de cabezas que mantienen Estados Unidos y Rusia, pero suponen el núcleo de cualquier hipotético paraguas nuclear exclusivamente europeo.

Ahora bien, ¿qué tiene que ver todo esto con el medio ambiente, el clima o incluso con la factura de la luz que llega cada mes a los hogares europeos? Más de lo que parece a primera vista. Por una parte, cada euro que los gobiernos desvían hacia rearme pesado y programas nucleares es un euro que compite con inversiones en energías renovables, eficiencia energética, adaptación a la sequía o transporte limpio. Muchos presupuestos nacionales ya están tensados por las ayudas a la electrificación, el despliegue de renovables y la modernización de redes.

Por otra parte, el riesgo último de cualquier carrera nuclear no es solo geopolítico, también ecológico. Estudios recientes muestran que incluso una guerra nuclear regional, con un número relativamente reducido de armas, podría inyectar millones de toneladas de hollín en la estratosfera, bloquear parcialmente la luz solar y provocar un enfriamiento súbito del planeta durante años. Eso hundiría la producción agrícola y pondría en riesgo la seguridad alimentaria mundial.

En el escenario de un conflicto mayor, los modelos climáticos hablan de descensos drásticos de temperatura, alteraciones de las lluvias y daños duraderos en la capa de ozono. En otras palabras, un invierno nuclear que dejaría pequeños los efectos, ya de por sí serios, del calentamiento global que hoy combatimos. Varios trabajos estiman que la combinación de hambre, colapso de ecosistemas y crisis económicas podría costar la vida a miles de millones de personas.

Los científicos que estudian clima y seguridad llevan tiempo advirtiendo de algo sencillo. Cada arma nuclear nueva aumenta, aunque sea un poco, la probabilidad de un error de cálculo, de un accidente o de una escalada en un momento de tensión. En un mundo con algo más de doce mil ojivas, cualquier movimiento que vaya en la dirección contraria a la reducción de arsenales alimenta ese riesgo.

Desde el lado europeo, los defensores de un arsenal más “autónomo” argumentan que un paraguas nuclear propio podría dar más margen para negociar desarme en el futuro y reducir la dependencia de una Casa Blanca imprevisible. Otros expertos recuerdan que ni Francia ni Reino Unido pueden sustituir por completo el papel de Estados Unidos y que abrir la puerta a más actores nucleares puede complicar aún más los esfuerzos de no proliferación.

¿Y qué puede esperar ahora quien vive en la Unión Europea, se preocupa por el clima y ve con inquietud tanto la sequía como las noticias de misiles? En el corto plazo, las conversaciones entre Suecia, Francia y Reino Unido seguirán siendo discretas y técnicas. Hablamos de escenarios, doctrina, posibles despliegues rotatorios de aviones o submarinos ya existentes y de cómo encajar todo esto con el Tratado de No Proliferación. En paralelo, movimientos similares empiezan a debatirse en Alemania y en otros socios europeos, lo que apunta a un debate más amplio sobre un paraguas nuclear compartido.

Para el ciudadano, la clave está en exigir coherencia. No tiene sentido hablar de emergencia climática, transición verde y agricultura sostenible y, al mismo tiempo, normalizar una nueva carrera de armamento nuclear sin abrir un debate público transparente sobre riesgos, costes y alternativas diplomáticas.

La presión social que ya ha impulsado pactos verdes, leyes climáticas y nuevos modelos de movilidad puede y debe extenderse también a la cuestión nuclear.

El comunicado oficial que marca el punto de partida de esta nueva arquitectura, la “Northwood Declaration”, ha sido publicado en la web del Gobierno del Reino Unido, donde se puede consultar el texto íntegro del acuerdo entre Londres y París sobre cooperación nuclear.


Adrian Villellas

Adrián Villellas es ingeniero informático y emprendedor en marketing digital y ad tech. Ha liderado proyectos de analítica, publicidad sostenible y nuevas soluciones de audiencia. Colabora además en iniciativas científicas ligadas a la astronomía y la observación espacial. Publica en medios de ciencia, tecnología y medioambiente, donde acerca temas complejos y avances innovadores a un público amplio.

Deja un comentario