Ciencia

Un estudio revela que las tormentas geomagnéticas pueden cambiar la temperatura de la Tierra en decenas de grados en cuestión de horas y los modelos meteorológicos todavía no pueden predecirlo

Un estudio revela que las tormentas geomagnéticas pueden alterar la temperatura terrestre hasta 20 °C en pocas horas.

Un estudio revela que las tormentas geomagnéticas pueden cambiar la temperatura de la Tierra en decenas de grados en cuestión de horas y los modelos meteorológicos todavía no pueden predecirlo

Una tormenta solar no solo puede pintar auroras en el cielo o dar problemas a satélites y comunicaciones. Un nuevo estudio apunta a algo bastante más cercano para cualquiera que mira el parte meteorológico antes de salir de casa. Las tormentas geomagnéticas fuertes pueden dejar señales medibles en la temperatura, la presión, la radiación solar directa y la precipitación en cuestión de horas o pocos días.

La conclusión es llamativa, pero conviene leerla con cuidado. No significa que el Sol cambie de golpe el clima del planeta ni que explique el calentamiento global. Lo que plantea el trabajo es que algunos episodios intensos de “tiempo espacial” pueden modificar patrones meteorológicos regionales, sobre todo en Norteamérica y durante el invierno, con anomalías de temperatura que en los casos más extremos llegan a unos 20 grados. No es poca cosa.

Qué ha encontrado el estudio

El trabajo ha sido realizado por J. Raeder, del Department of Physics and Astronomy and Space Science Center de la Universidad de New Hampshire. El autor analizó 67 años de datos horarios del índice geomagnético Dst junto con datos atmosféricos ERA5 sobre Norteamérica.

En palabras del propio artículo, las tormentas geomagnéticas tienen “efectos profundos” sobre el tiempo terrestre. Esos efectos no aparecen igual en todos los lugares ni en todas las estaciones. Ahí está una de las claves, porque las medias globales suelen esconder cambios regionales muy fuertes.

Qué es una tormenta geomagnética

Una tormenta geomagnética ocurre cuando el campo magnético de la Tierra se ve alterado por material y energía que llegan desde el Sol. Muchas veces están relacionadas con eyecciones de masa coronal, enormes expulsiones de plasma y campo magnético desde la corona solar.

Para medir estas perturbaciones se usa, entre otros indicadores, el índice geomagnético Dst. Este índice se obtiene a partir de observatorios geomagnéticos cercanos al ecuador y sirve para estimar la intensidad de la corriente de anillo que rodea la Tierra. Cuanto más negativo es el valor, más intensa suele ser la tormenta.

El dato que más sorprende

El estudio no habla de pequeños cambios escondidos en una tabla. Para tormentas moderadamente fuertes, con Dst entre menos 200 y menos 100 nT, aparecen anomalías claras en presión, temperatura y precipitación. Además, las señales crecen a medida que aumenta la intensidad de la tormenta.

En invierno, Raeder encontró anomalías de temperatura de hasta unos 6 K en tormentas R3 y de hasta unos 20 K en las tormentas más fuertes. En cambios de temperatura, un grado Kelvin equivale a un grado Celsius, así que hablamos de variaciones muy visibles en zonas concretas. ¿Qué significa esto en la práctica? Que un episodio solar fuerte podría estar moviendo piezas del tiempo atmosférico más de lo que se pensaba.

No ocurre igual en todas partes

Los efectos más claros aparecen sobre Norteamérica, que fue la región estudiada. El propio trabajo se centró en un dominio entre 64 y 136 grados de longitud oeste y entre 20 y 75 grados de latitud, en buena parte porque allí los datos atmosféricos están mejor respaldados por observaciones.

Las anomalías no forman una mancha uniforme. Cambian de signo según la zona, se alinean en algunos casos con rasgos geográficos como la bahía de Hudson o la costa oeste de Estados Unidos, y varían mucho entre estaciones. En invierno, además, la reducción de la precipitación aparece como una señal especialmente marcada en las tormentas más fuertes.

El vórtice polar entra en juego

La explicación no es sencilla, y el autor lo deja claro. La atmósfera es un sistema muy conectado, donde casi todo influye en casi todo. Por eso, una correlación fuerte no basta para cerrar el caso.

Aun así, el estudio apunta más a un mecanismo de arriba hacia abajo. Primero se alteraría la ionosfera o la atmósfera superior, y después esa señal podría llegar a capas más bajas mediante la química estratosférica, el vórtice polar y la circulación atmosférica. El vórtice polar, para entendernos, es una gran circulación de aire frío que puede condicionar bastante el tiempo de latitudes medias durante el invierno.

Lo que el estudio descarta

El trabajo también pone límites a algunas ideas que se han repetido durante años. En particular, Raeder señala que la hipótesis de que los rayos cósmicos modifican la nubosidad no encaja con los patrones observados. Si esa fuera la causa principal, cabría esperar señales más claras por latitud o aumentos de nubosidad y precipitación que no aparecen así en los mapas.

De hecho, en los eventos más extremos de invierno ocurre casi lo contrario. La precipitación se reduce en gran parte del dominio analizado. Esa es una pista importante, porque obliga a mirar más hacia la dinámica de la atmósfera superior que hacia una explicación simple basada solo en nubes.

Por qué importa para las previsiones

La parte práctica llega ahora. Si estas respuestas rápidas se confirman con más trabajos y en otras regiones del mundo, los modelos meteorológicos podrían tener que incorporar mejor los datos de clima espacial. No hablamos de mirar el Sol por curiosidad, sino de mejorar previsiones cuando hay episodios extremos.

El propio autor advierte de que los modelos actuales difícilmente reproducen todavía todos estos patrones regionales y estacionales. Por eso propone usar modelos atmosféricos acoplados verticalmente y probarlos frente a estos resultados, incluyendo nuevas investigaciones con tormentas individuales, posibles retrasos temporales y datos de mayor altitud.

Lo que hay que tener en cuenta

Este hallazgo no cambia lo que ya se sabe sobre el papel de los gases de efecto invernadero en el cambio climático. El estudio reconoce que ese papel está bien establecido y se centra en otro problema distinto, mucho más corto en el tiempo. Aquí hablamos de meteorología de horas o días, no de una tendencia climática de décadas.

La diferencia importa. Una cosa es que una tormenta geomagnética pueda mover la temperatura o la lluvia de forma regional y temporal. Otra muy distinta es usar eso para explicar por sí solo el calentamiento global. El reloj del clima va por un lado, y estos latigazos del Sol parecen ir por otro.

El estudio oficial ha sido publicado en la revista Geophysical Research Letters.

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