Francia acaba de sumar una pieza inesperada a la historia de los dinosaurios en Europa. En Mèze, al sur del país, una nueva campaña de excavación ha sacado a la luz más de un centenar de huevos fosilizados que habrían sido puestos hace unos 70 o 72 millones de años, en la recta final del Cretácico. No hablamos de simples fragmentos sueltos, sino de una concentración poco común dentro de un yacimiento que ya era conocido por los paleontólogos.
El hallazgo se ha producido en terrenos del Musée-Parc des Dinosaures de Mèze, en el departamento francés de Hérault. Las nuevas excavaciones comenzaron en octubre de 2025 y han revelado una acumulación que sorprende incluso a quienes llevan décadas trabajando allí. ¿La clave? Saber si estos huevos permiten reconstruir mejor cómo se reproducían los últimos dinosaurios europeos antes de su desaparición.
Un nido fuera de lo normal
Alain Cabot, geólogo, paleontólogo y fundador del museo, conoce este terreno desde 1996. Entonces descubrió en Mèze uno de los grandes yacimientos de huevos de dinosaurio de Europa, con nidos, cáscaras y restos óseos repartidos por una zona muy extensa. El propio museo explica que el gisement ocupa unos 50 kilómetros cuadrados y se encuentra en capas de arcillas ocres del final del Cretácico.
Lo nuevo es la cantidad de huevos localizados juntos. Cabot explicó a Futura que hasta ahora lo normal era encontrar puestas separadas por decenas de metros, con cuatro, seis o quizá diez huevos como máximo. Esta vez, la cifra supera el centenar. «No había visto nunca eso», resumió el paleontólogo al hablar de la concentración encontrada.
La escena resulta fácil de imaginar, aunque hayan pasado millones de años. Donde hoy hay pinos, visitantes y vitrinas, antes pudo haber una zona húmeda donde varias hembras regresaban a poner sus huevos. Como hacen algunas tortugas actuales cuando encuentran un lugar que funciona. Y eso cambia la mirada sobre el terreno.
Qué dinosaurio los puso
La hipótesis principal apunta a grandes herbívoros, probablemente titanosaurios. Eran sauropodos de cuello largo, animales enormes que en esta región podían alcanzar unos 12 o 15 metros, según las referencias del museo y las explicaciones recogidas por los medios franceses. Pero aquí conviene frenar un poco.
Atribuir un huevo a una especie concreta no es tan sencillo como mirar su forma. La mayoría de estos huevos están eclosionados, y para saber con seguridad qué dinosaurio los puso haría falta encontrar un embrión conservado en su interior. Cabot ha insistido en esa cautela, porque sin ese dato la identificación completa sigue abierta.
Aun así, las cáscaras ya hablan. El museo recuerda que los científicos estudian su grosor, los poros, la ornamentación y la microestructura mediante láminas finas. Gracias a eso se pueden diferenciar ooespecies, que son tipos de huevos fósiles, aunque no siempre equivalen de forma directa a una especie de dinosaurio concreta.
Por qué Mèze era perfecto
Hace 70 millones de años, esta parte de Francia no se parecía mucho al Mediterráneo que conocemos. El sur de Europa formaba parte de un archipiélago, con islas, llanuras aluviales, zonas húmedas y grandes cursos de agua. El Museo-Parc sitúa este paisaje en la llamada isla Franco-Ibérica, que ocuparía el sur de Francia y el norte de España.
En la práctica, aquello era un lugar bastante bueno para poner huevos. La tierra blanda permitía excavar con más facilidad, y los sedimentos podían cubrir las puestas con rapidez. Esa cobertura era clave, porque ayudaba a que los huevos no se destruyeran por la erosión, el clima o los animales carroñeros.
Marina Cabot, vinculada al museo, lo explicó de forma sencilla en TF1. Las hembras habrían elegido esa zona porque el suelo era manejable y ofrecía buenas condiciones para la puesta. Parece un detalle menor, pero en paleontología esos pequeños gestos del comportamiento animal son oro puro.
Un archivo de cáscaras
El interés del hallazgo no está solo en que los huevos sean grandes o llamativos. Su verdadero valor está en que forman parte de un archivo natural del final del Cretácico. Cada cáscara conserva señales de cómo eran esos animales, cómo cambiaba la diversidad y qué especies compartían el mismo territorio antes de la gran extinción.
El museo señala que en Mèze se han identificado cerca de una decena de tipos distintos de huevos a lo largo de las campañas anteriores. La mayoría son redondos y se asocian a dinosaurios herbívoros, pero también se encontró un pequeño huevo alargado, llamado Prismatoolithus caboti, relacionado con un pequeño dinosaurio carnívoro. No es poca cosa.
Estas diferencias importan porque la cáscara puede funcionar casi como una huella dactilar. No dice todo, pero sí aporta pistas sobre la diversidad de animales que vivían en la zona. Por eso el nuevo conjunto podría ayudar a comparar Mèze con otros grandes depósitos de huevos conocidos en lugares como Argentina, China o Estados Unidos.
La cautela científica
La noticia es espectacular, pero no debe leerse como si ya estuviera todo resuelto. Algunos expertos citados por medios internacionales piden prudencia ante las comparaciones con los mayores yacimientos del mundo, porque los huevos de dinosaurio no son raros en esta zona y todavía queda mucho por estudiar. Esa cautela es sana. La ciencia avanza así, con entusiasmo y con lupa.
También queda trabajo de campo. TF1 recoge que aún faltan decenas de metros cuadrados por excavar, mientras que Futura recuerda que el propio yacimiento de Mèze se extiende por capas sedimentarias muy profundas. Si aparecen más huevos, huesos o incluso restos embrionarios, la lectura del descubrimiento podría cambiar bastante.
Cabot quiere que los huevos permanezcan ligados al lugar donde fueron encontrados. Esa decisión evita que el yacimiento pierda contexto, algo fundamental en paleontología. Un huevo fuera de su capa cuenta una historia. Un huevo en su nido, junto a otros y dentro del terreno correcto, cuenta muchas más.
Un tesoro que aún empieza
Mèze ya era importante antes de esta excavación, pero el nuevo conjunto refuerza su papel como una ventana a los últimos dinosaurios europeos. No solo enseña animales desaparecidos, también muestra paisaje, clima, comportamiento y reproducción. Todo junto, como una página de piedra abierta por casualidad.
La pregunta ahora es qué aparecerá cuando se estudien los huevos con más detalle. Puede que no haya embriones. Puede que algunos ejemplares estén demasiado alterados. O puede que una de esas piezas, aparentemente quieta desde hace 72 millones de años, conserve justo la pista que falta.
El anuncio más reciente del hallazgo fue difundido por el Musée-Parc des Dinosaures de Mèze, y la información de contexto sobre el yacimiento y sus excavaciones está publicada por el propio museo y por Futura tras entrevistar a Alain Cabot.









