Ciencia

Hace 80 años Europa lanzó al mar 200.000 barriles radioactivos, ahora Francia quiere recuperarlos pero tiene un problema: están a 4.000 metros de profundidad

Francia inspecciona miles de barriles radiactivos a casi 5.000 metros y descubre contenedores ya degradados.

Hace 80 años Europa lanzó al mar 200.000 barriles radioactivos, ahora Francia quiere recuperarlos pero tiene un problema: están a 4.000 metros de profundidad

Más de 200.000 barriles con residuos radiactivos fueron arrojados durante décadas a las llanuras abisales del Atlántico Nordeste. Ahora, una misión científica liderada por Francia ha logrado observarlos de cerca y ha confirmado que varios presentan una degradación avanzada. En algunos casos, el contenido ya se ha derramado sobre el fondo marino.

El hallazgo es serio, pero no permite hablar de una catástrofe radiológica. Los instrumentos detectaron radionúclidos propios de estos residuos por encima de lo esperado en la zona, aunque con niveles de actividad todavía limitados. Las muestras tendrán que pasar meses en el laboratorio antes de saber cuánto se ha dispersado y cómo puede afectar a los seres vivos.

Un descenso al vertedero abisal

La segunda campaña del proyecto NODSSUM se desarrolló entre el 27 de mayo y el 28 de junio de 2026. Una treintena de científicos trabajó a bordo del buque Pourquoi Pas?, mientras el sumergible tripulado Nautile realizó 20 inmersiones a más de 4.700 metros de profundidad.

Los investigadores pudieron acercarse a varios puntos seleccionados y observar los contenedores y sus alrededores. Las imágenes muestran barriles muy deteriorados, algunos abiertos y con materiales extendidos sobre el sedimento. También permitieron distinguir recubrimientos de resina, betún y cemento.

Primero hubo que encontrarlos

La operación de 2026 no habría sido posible sin una primera campaña realizada entre junio y julio de 2025. El vehículo autónomo UlyX completó 16 inmersiones y cartografió 3.355 barriles repartidos por 163 kilómetros cuadrados, a una profundidad cercana a los 5.000 metros.

El trabajo no se limitó a tomar fotografías. Los equipos recogieron 5.000 litros de agua, realizaron 345 muestreos del sedimento y capturaron 34 ejemplares de peces y crustáceos. Estos datos permitieron elegir los lugares que merecían una inspección mucho más cercana.

Las primeras imágenes ya mostraban un estado de conservación desigual. Había contenedores dañados, corroídos y colonizados por fauna, aunque las comprobaciones iniciales no detectaron anomalías que obligaran a imponer grandes restricciones de radioprotección a bordo.

No los están recuperando

Conviene aclarar un punto importante. Esta campaña no está sacando los barriles del océano y su objetivo tampoco es retirar los más de 200.000 contenedores. Por ahora, los científicos se centran en localizarlos, observarlos, tomar muestras y entender qué ocurre alrededor de ellos.

¿Qué sentido tendría decidir una retirada masiva sin saber antes qué materiales contienen, cuánto se ha liberado o dónde se ha acumulado? Los investigadores necesitan comprobar si los radionúclidos permanecen pegados al sedimento, circulan por el agua o pueden entrar en los organismos. Primero hacen falta datos.

Qué significa la radiactividad detectada

Las mediciones realizadas junto a los barriles confirmaron radionúclidos característicos de estos residuos a niveles superiores a los esperados en esa parte del Atlántico. Entre las señales citadas por los investigadores aparecen elementos artificiales como el cobalto 60 y el niobio 94.

Un radionúclido es un átomo inestable que emite radiación al transformarse. Pero encontrarlo no basta para calcular el riesgo. También hay que conocer su concentración, su forma química, su movilidad y la facilidad con la que puede ser absorbido por un ser vivo.

Las mediciones de 2025, tomadas a más distancia, habían mostrado una marca radiactiva ligera. Al acercarse en 2026 a barriles abiertos, la señal fue más fuerte, aunque los niveles siguieron siendo lo bastante limitados como para manipular las muestras sin grandes exigencias adicionales de protección. El matiz importa.

Vida sobre los barriles

Uno de los resultados más llamativos no llegó de los detectores, sino de las cámaras. Los barriles y los sedimentos próximos albergan peces, anémonas, holoturias, corales, esponjas carnívoras y pequeños cangrejos. “Fue una gran sorpresa comprobar que realmente había vida”, explicó Patrick Chardon, uno de los responsables científicos.

Esa colonización no demuestra que el lugar sea seguro. Falta saber si esos animales incorporan radionúclidos o sufren efectos que no se ven a simple vista. Por eso se han recogido muestras biológicas y datos en una zona de control sin barriles.

La expedición también encontró bolsas de plástico, latas, botes de pintura y tazas. Ni siquiera un fondo situado a casi 5.000 metros se ha librado de la basura cotidiana. Y eso se nota.

Una herencia legal, no inocente

Los vertidos se realizaron entre 1950 y 1990, cuando varios países utilizaban las aguas internacionales como destino para determinados residuos nucleares. En buena parte de ese periodo la práctica no estaba prohibida, aunque después quedó sometida a un moratorio y terminó vetada mediante el marco de la Convención de Londres.

Según el CNRS, no consta que en esta zona se arrojaran combustibles gastados ni residuos de alta actividad y larga vida. La mayor parte habría sido material de muy baja, baja o media actividad, como equipos y objetos de laboratorio, introducidos en matrices de cemento o betún. Aun así, el confinamiento se diseñó para durar unas pocas décadas, no siglos.

Francia, que hoy lidera la investigación, también participó en aquellas campañas. El país arrojó más de 46.000 barriles en dos operaciones realizadas en 1967 y 1969, mientras el Reino Unido y Bélgica estuvieron entre los principales responsables del conjunto europeo. No es poca cosa.

Lo que falta por saber

Los laboratorios analizarán ahora el agua, los sedimentos y los organismos recogidos para medir con precisión la radiactividad y estudiar su movimiento por el ecosistema. La pregunta central es sencilla de formular, pero difícil de responder. ¿Se queda la contaminación junto al barril o termina pasando al agua, al fondo y a la cadena alimentaria?

Hasta que esos resultados estén disponibles, no existe una evaluación definitiva del daño ambiental ni se ha anunciado una decisión sobre una posible retirada. El valor de NODSSUM está en sustituir décadas de suposiciones por mediciones directas. Los residuos quedaron fuera de la vista, pero nunca dejaron de estar allí.

El comunicado oficial ha sido publicado por el CNRS.

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