Una amenaza sin precedentes se acerca a Azerbaiyán y Kazajstán

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Por HoyECO
Publicado el: 2 de enero de 2026 a las 21:09
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Vista del Mar Caspio en Bakú con descenso del nivel del agua y costa urbana visible

En menos de una generación, el mayor lago cerrado del planeta está cambiando de forma a ojos vista. El nivel del Mar Caspio ha caído unos 2 metros desde 2006 y hoy se sitúa ya 29 metros por debajo del nivel medio de los océanos, un mínimo histórico. Si la tendencia continúa, buena parte de su cuenca norte, la que baña Kazajistán y Rusia, podría quedar seca hacia 2050. Y eso no es un simple cambio de paisaje.

Un nuevo estudio del grupo Nature, advierte de que una bajada de solo 5 a 10 metros en este siglo bastaría para trastocar ecosismos clave, reducir hasta en un 94 % la superficie marina protegida y dejar inservibles miles de millones de dólares en puertos, plataformas y otras infraestructuras humanas.

Un mar que se retira más rápido que los demás

El Caspio se extiende hoy por unos 387.000 km² y recibe el agua de alrededor de 130 ríos, más del 80 % procedente del Volga y el Ural en el norte. Sin embargo, en la práctica está perdiendo agua mucho más rápido de lo que entra.

Entre 2002 y 2015 el nivel descendió más de 6 cm al año, unas 20 veces más rápido que el aumento medio del nivel de los océanos. Datos recientes de satélite apuntan ahora a ritmos cercanos a 7 cm anuales. En menos de 20 años se han perdido más de 34.000 km² de superficie, un área mayor que Bélgica, y la calidad del agua ha pasado de “limpia” a “moderadamente contaminada”, según el Fondo Climático de Asia Central.

¿La razón? Hay dos grandes fuerzas tirando del mismo hilo. Por un lado, el calentamiento global está aumentando la evaporación y alterando las lluvias en toda la cuenca. La región del Caspio se calienta en torno a 0,51 °C por década, más del doble de la media mundial, lo que seca el ambiente y acelera la pérdida de agua. Por otro lado, el ser humano ha ido estrangulando los ríos que alimentan el mar con presas y embalses, sobre todo en el Volga.

El resultado es que en la parte nordeste, en Kazajistán, el borde costero ha retrocedido ya más de 56 km desde 2001 y zonas que antes eran bahías ricas en aves acuáticas y crías de foca se han convertido en llanuras de barro y sal.

La radiografía científica de un colapso anunciado

El equipo internacional liderado por Rebecca Court y Simon J. Goodman ha utilizado imágenes de satélite y modelos batimétricos para simular qué pasará si el nivel sigue cayendo.

Sus datos son claros. Con un descenso de 5 metros, cerca de 77.000 km² de agua se transformarían en tierra, en torno al 20 % de la superficie actual del Caspio. Con 18 metros menos, hasta 143.000 km² podrían convertirse en desierto, el 37 % del total.

Esa retirada se cebaría con las zonas más someras, precisamente donde se concentra la vida. La cuenca norte, con una profundidad media de apenas 5 metros, alberga hábitats esenciales para el esturión del Caspio, las pesquerías de kilka y la foca del Caspio (Pusa caspica), endémica de este mar.

Según el estudio, las áreas marinas ecológicamente significativas verían reducida su superficie marina más de un 50 % con solo 5 metros de bajada, y varios de estos espacios desaparecerían por completo. Las focas perderían hasta el 81 % de su actual zona de cría sobre el hielo invernal y, en verano, sus lugares tradicionales de muda ya se están desplazando hacia pequeñas islas recién emergidas, con menos animales por colonia.

Del esturión a los puertos: cuando la ecología se cruza con la economía

Para los peces emblemáticos del Caspio, la situación tampoco es buena. Las áreas de veraneo del esturión, que hoy se solapan con aguas poco profundas, podrían reducirse un 25 % con un descenso de 5 metros y hasta un 45 % si la caída llegara a 10 metros. Menos espacio y hábitats más degradados significan más presión sobre unas poblaciones que ya están al límite por la sobrepesca y la contaminación.

Pero este no es solo un drama ecológico. Más de 15 millones de personas viven en la costa del Caspio. A medida que la línea de costa retrocede, ciudades enteras, puertos y plantas industriales se van quedando “tierra adentro”. El trabajo científico calcula que, con un descenso de 10 metros, los asentamientos costeros de Kazajistán se alejarían de media casi 90 km del nuevo litoral, y algunos llegarían a más de 250 km.

Los puertos clave de la región, como Aktau (Kazajistán) o Bakú (Azerbaiyán), ya están gastando millones en dragados para mantener profundidades mínimas que permitan entrar a los buques. Aun así, muchos petroleros solo pueden cargar algo más de la mitad de su capacidad para no rozar el fondo. Eso encarece el transporte, retrasa el tránsito y resta competitividad al corredor de carga que conecta China con Europa atravesando el Caspio.

Azerbaiyán y Kazajistán, atrapados entre el agua que falta y la que se evapora

En Kazajistán, la región de Mangystau depende del Caspio para producir agua potable. Cada año se desalan alrededor de 1.500 millones de m³ que acaban en el grifo, en la industria y en la agricultura. Si el mar se retira, esa fuente de agua se complica justo en una zona ya muy seca.

Azerbaiyán utiliza el mar como “radiador” de su sistema eléctrico. Varias centrales térmicas se refrigeran bombeando agua del fondo del Caspio. El economista Khalid Kerimli advertía que si el nivel sigue cayendo, esas bombas podrían quedar inutilizadas y “refrigerar las centrales térmicas se convertirá en una pesadilla”, sobre todo en verano, cuando el consumo eléctrico y la factura de la luz se disparan.

Los datos de tráfico portuario ya reflejan el problema. En la primera mitad de 2025, el volumen de crudo que salió por la terminal azerbaiyana de Dubendi cayó de más de 880.000 toneladas a 810.000. Mantenerla operativa exige dragados constantes, no una obra puntual.

¿Un nuevo mar de Aral o un laboratorio de cooperación climática?

La comparación con el mar de Aral no es gratuita. Si el Caspio sigue retrocediendo, grandes superficies del lecho marino quedarán al aire, con sedimentos contaminados que el viento podría arrastrar hacia ciudades y cultivos, igual que ya ocurrió en Asia Central con devastadoras consecuencias para la salud.

Los autores del estudio científico insisten en que la respuesta no puede basarse en soluciones estáticas. Proponen rediseñar las áreas protegidas de forma “dinámica”, para que sus límites se puedan mover junto con los ecosistemas que intentan conservar, y coordinar esa planificación con las obras que buscan salvar puertos, oleoductos y pueblos enteros del abandono.

Nada de esto será posible sin cooperación entre los cinco países ribereños en torno a cuestiones incómodas, como la gestión de las presas del Volga o la reducción real de emisiones que alimentan el calentamiento global.

En el fondo, lo que está en juego no es solo la biodiversidad de un mar lejano. Es la seguridad hídrica, alimentaria y energética de millones de personas y la forma en que organizamos nuestras infraestructuras frente a un clima que ya ha cambiado.El problema es que el reloj del clima corre más deprisa que la política. Y el Caspio, silenciosamente, se está quedando sin tiempo.

El estudio científico completo ha sido publicado en Communications Earth & Environment del grupo Nature.


HoyECO

Equipo editorial de ECOticias.com (El Periódico Verde), integrado por periodistas especializados en información ambiental: naturaleza y biodiversidad, energías renovables, emisiones de CO₂, cambio climático, sostenibilidad, gestión de residuos y reciclaje, alimentación ecológica y hábitos de vida saludable.

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