En los últimos días han circulado titulares que suenan inquietantes. Algo así como que un superordenador de la NASA ha calculado cuándo se acaba la vida en la Tierra. Es lógico que a más de uno se le encoja el estómago al leerlo. Pero, ¿qué hay realmente detrás de este estudio y qué significa para nuestra especie y para el clima que ya estamos alterando hoy?
La respuesta corta es esta. Un equipo de la Universidad de Toho en Japón y del Georgia Institute of Technology, con apoyo de la NASA, ha modelizado el futuro lejano de nuestro planeta y concluye que la atmósfera rica en oxígeno es solo una fase temporal. Según sus cálculos, el aire respirable que conocemos dejará de existir dentro de unos mil millones de años aproximadamente, cuando el Sol sea más caliente y la Tierra se haya vuelto demasiado hostil para la vida compleja.
Algunos medios incluso han traducido ese horizonte como el año 1.000.002.021, una forma llamativa de sumar mil millones al calendario actual. En la práctica no es una fecha marcada en rojo en una agenda, sino una estimación con margen de error basada en física, química y muchas horas de cálculo en superordenadores.
Qué han calculado exactamente
El estudio parte de algo que la ciencia conoce desde hace décadas. El Sol no es una bombilla fija. A medida que envejece emite un poco más de energía. Ese extra de radiación va calentando lentamente la superficie terrestre.
Con más calor, las lluvias y la erosión química de las rocas se aceleran. Ese proceso consume dióxido de carbono de la atmósfera. El CO₂ es el alimento básico de las plantas y de muchos microbios fotosintéticos, los que fabrican oxígeno. Si el CO₂ baja demasiado, la fotosíntesis se viene abajo y el suministro de oxígeno también.
Para entender cuándo se romperá ese equilibrio, el equipo ha combinado modelos de clima y de ciclos biogeoquímicos y los ha ejecutado cientos de miles de veces en un superordenador, variando parámetros como la luminosidad solar, la química de los océanos o el intercambio de gases con el interior del planeta. En total, más de cuatrocientas mil simulaciones para acotar el futuro de la atmósfera terrestre.
El resultado es claro en líneas generales. La atmósfera con niveles de oxígeno similares a los actuales solo se mantiene, de media, algo más de mil millones de años. Después se produce una caída rápida. El oxígeno se desploma por debajo de uno por ciento del nivel presente y la atmósfera vuelve a parecerse a la de la Tierra primitiva, con más metano y sin una capa de ozono protectora.
Qué implica para la vida y para la búsqueda de otros mundos habitables
En ese escenario la vida no desaparece del todo, pero cambia de cara. Los organismos complejos que dependen de respirar oxígeno, como animales, bosques o ecosistemas marinos similares a los actuales, no podrían sobrevivir en superficie. Lo que quedaría serían microbios adaptados a condiciones pobres en oxígeno, más parecidas a las de hace miles de millones de años que al mundo actual.
El estudio también es un toque de atención para la exploración de exoplanetas. Muchas veces se asume que si un telescopio detecta oxígeno en la atmósfera de un mundo lejano, ahí podría haber vida. Esta investigación recuerda que la fase rica en oxígeno solo ocupa entre veinte y treinta por ciento del tiempo total en el que un planeta puede albergar vida. Es decir, un telescopio podría estar mirando un mundo vivo que aún no ha generado oxígeno o uno donde el oxígeno ya se ha agotado.
Y nuestro presente, qué
Aquí llega la parte que conviene subrayar. Mil millones de años son una escala tan grande que cuesta imaginarla. Si piensas en la factura de la luz de este mes, en el atasco de cada mañana o en ese calor pegajoso de las olas de calor recientes, es evidente que nuestros problemas ambientales son mucho más urgentes y cercanos.
Los científicos insisten en que este trabajo no tiene nada que ver con el calentamiento global de origen humano que ya estamos provocando ahora mismo. Ese cambio climático se juega en décadas y siglos, no en eras geológicas. Lo que sí ofrece este estudio es contexto. Muestra que la habitabilidad de la Tierra no es un regalo eterno y que la atmósfera es un sistema delicado, tanto a corto como a largo plazo.
En el fondo, el mensaje encaja con algo que ya sabemos. Si hoy somos capaces de alterar el clima en apenas doscientos años quemando combustibles fósiles, también somos capaces de frenarlo. Proteger bosques, reducir emisiones, acelerar las renovables o mejorar el transporte público no solo sirven para evitar sequías, incendios y picos de contaminación durante este siglo. También son la forma más sensata de cuidar el único planeta del que disponemos mientras la física del Sol sigue su curso.
¿Podemos cambiar ese destino lejano
Si dentro de quinientos millones de años sigue existiendo una civilización tecnológica, quizá se plantee soluciones que ahora suenan a ciencia ficción como mover la órbita de la Tierra, sombrear parte de la luz solar o emigrar a otros sistemas estelares. Hoy, sin embargo, nuestro margen real está en asegurar que la biosfera que heredarán las próximas generaciones no se degrade irreversiblemente en unas pocas décadas.
En todo caso, este tipo de trabajos nos recuerdan algo simple. El cielo que respiramos parece un fondo infinito, pero también tiene fecha de caducidad escrita en la evolución del Sol. Esa perspectiva no pretende sembrar miedo, sino reforzar la idea de que un clima estable y un aire respirable son tesoros que conviene cuidar.
El estudio científico en el que se basa esta noticia se ha publicado en la revista Nature Geoscience.








