Venezuela tiene el mayor petróleo probado del mundo, pero la clave está bajo sus llanos: fallas que mueven el crudo y lo atrapan

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Publicado el: 29 de enero de 2026 a las 23:29
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Mapa de la Faja Petrolífera del Orinoco en Venezuela con bloques de explotación y oleoductos.jpg

Debajo de las llanuras del Orinoco y del viejo Lago de Maracaibo se esconde una paradoja muy incómoda. Venezuela concentra las mayores reservas probadas de petróleo del mundo, algo más de 300 000 millones de barriles según estimaciones recientes, la mayoría en forma de crudo pesado y extrapesado que se acumula en la llamada Faja Petrolífera del Orinoco.

Sobre el mapa parece solo un país tropical más. Sin embargo, su posición en el norte de Sudamérica, su historia de choques de placas y la forma en que se levantaron los Andes han convertido su subsuelo en un imán para los hidrocarburos. El problema es que ese mismo cóctel geológico se cruza con dos realidades muy actuales, la crisis climática y la presión política por “poner a producir” de nuevo esos yacimientos.

Un país partido por los Andes

Si miramos Venezuela con gafas geológicas, el país está dividido en dos grandes cuencas a cada lado de la cordillera andina. Al oeste, la cuenca de Maracaibo. Al este y centro, la gran cuenca oriental donde se apoya la Faja del Orinoco. Entre ambas, los Andes venezolanos funcionan como un gigantesco tabique levantado por millones de años de choque entre la placa sudamericana y la del Caribe.

Ese choque no solo levantó montañas. También hundió zonas de la corteza y creó cuencas profundas que se fueron llenando de sedimentos marinos y continentales. En esas cuencas se acumularon espesores enormes de lodos y margas del Cretácico ricos en materia orgánica, restos de plancton y algas microscópicas. Son las llamadas rocas madre, la “fábrica” del petróleo venezolano.

Con el paso del tiempo geológico, el peso de esos sedimentos y el calor del interior de la Tierra cocinaron esa materia orgánica hasta transformarla en hidrocarburos. La tectónica hizo el resto. A medida que los Andes se levantaban, las cuencas se inclinaban como una bandeja que se vuelca ligeramente. El petróleo empezó a migrar hacia el flanco más alto de la cuenca, buscando rocas más porosas donde quedarse atrapado.

De los mares cretácicos a la Faja del Orinoco

En la cuenca oriental, gran parte de ese petróleo generador viajó decenas e incluso más de cien kilómetros hasta las arenas fluviales y deltaicas de la Formación Oficina, un paquete de sedimentos muy porosos que hoy actúa como roca reservorio de la Faja Petrolífera del Orinoco.

La Faja se extiende unos 460 kilómetros a lo largo del margen norte del río Orinoco y entre 40 y 80 kilómetros de ancho. En conjunto suma del orden de 50 000 kilómetros cuadrados y alberga una de las mayores concentraciones de crudo extrapesado del planeta. Estudios del Servicio Geológico de Estados Unidos estiman más de un billón de barriles de recursos in situ de extra pesado en esta zona, de los cuales entre 380 000 y 650 000 millones podrían ser técnicamente recuperables a largo plazo.

Durante ese viaje desde las profundidades, las bacterias hicieron su trabajo. A poca profundidad, en condiciones más templadas y con algo de agua y nutrientes, los microorganismos fueron “comiéndose” las fracciones más ligeras del petróleo. Lo que quedó fue un crudo muy denso, oscuro, con baja gravedad API y alto contenido de azufre y metales.

En términos prácticos esto significa que Venezuela no está sentada sobre un lago de gasolina, sino sobre un mar de betún espeso. Un crudo que fluye mal, que rinde menos gasolina y diésel por barril y que exige más energía, más vapor y más procesos químicos para convertirlo en productos útiles.

No es un detalle menor. Es justo ahí donde la geología se cruza con el clima.

Una reserva gigante en un ecosistema muy frágil

La Faja del Orinoco no está bajo un desierto vacío. Se superpone a uno de los mayores humedales de Sudamérica, con llanuras inundables, lagunas, selvas de galería y un entramado de ríos que sostienen miles de especies de peces, aves, reptiles y mamíferos, incluidos el caimán del Orinoco y la tortuga arrau, ambos amenazados.

Un estudio reciente sobre los impactos de los campos petroleros en los ríos venezolanos concluye que la cuenca del Orinoco y la del Lago de Maracaibo presentan un fuerte desequilibrio ecológico, con un índice de equilibrio de menos 0,3, señal de estrés ambiental generalizado ligado a derrames, contaminación y cambios en la hidrología.

Los datos de los últimos años no invitan al optimismo. El Observatorio de Ecología Política de Venezuela ha documentado cerca de 200 derrames entre 2016 y 2021, muchos de ellos en humedales y costas. En paralelo, las imágenes de satélite muestran la pérdida de unos 2,6 millones de hectáreas de cobertura arbórea en dos décadas, en buena parte por agricultura, minería y actividades ligadas al petróleo.

Reservas de petróleo en Venezuela | Vídeo: World On

A esto se suma que las operaciones de petróleo y gas del país presentan una intensidad de metano unas seis veces superior a la media mundial y una intensidad de quemas en antorcha alrededor de diez veces mayor, según la Agencia Internacional de la Energía.

Es decir, además del CO₂ que se genera al quemar los combustibles, se escapa a la atmósfera una cantidad desproporcionada de metano y gas asociado.

Desde el punto de vista climático, el crudo de la Faja juega en la liga más sucia. Evaluaciones de ciclo de vida sitúan las emisiones por barril de crudo extrapesado venezolano entre un 17 y un 30 % por encima de las de un crudo convencional medio, debido al enorme consumo de energía en la extracción, el mejoramiento y el transporte.

Otras estimaciones llegan todavía más lejos y califican a la Faja del Orinoco como una de las regiones petroleras con mayor intensidad de carbono del mundo.

En la práctica esto se traduce en algo muy sencillo. Cada litro de combustible que sale de estas reservas pesa más en el calentamiento global que el que procede de un crudo ligero como el del mar del Norte o Arabia Saudí. Y eso se nota.

Qué significa esto en plena crisis climática

En las últimas semanas, la captura de Nicolás Maduro por tropas de Estados Unidos y los mensajes del presidente Donald Trump animando a las petroleras a invertir miles de millones en Venezuela han devuelto la Faja del Orinoco a los titulares.

El debate público se centra a menudo en cuántos barriles podrían salir de allí y cuánto podrían bajar el precio de la gasolina o del diésel. Sin embargo, la ciencia climática está planteando otra pregunta más incómoda. Varios análisis recientes advierten de que explotar masivamente estas reservas consumiría una parte desproporcionada del presupuesto global de carbono compatible con el objetivo de 1,5 grados. Uno de ellos estima que un escenario de fuerte aumento de la producción venezolana podría comerse por sí solo alrededor de un13 % de ese margen mundial.

Además, un atlas global de petróleo “no extraíble”, publicado en 2024, identifica precisamente las cuencas del Orinoco y de Maracaibo como zonas donde la explotación de nuevas reservas es totalmente incompatible con los compromisos del Acuerdo de París, por su combinación de valor ecológico y alto impacto climático.

En el fondo, lo que está en juego no es solo la geopolítica del crudo, sino una cuestión de sentido común energético. La geografía de Venezuela ha sido perfecta para acumular petróleo durante millones de años, pero esa misma geografía lo hace extremadamente costoso en energía y devastador para el clima y la biodiversidad si se intenta exprimir hasta la última gota.

Para quienes miran la factura de la luz, el precio del combustible o la transición hacia el coche eléctrico desde Europa, la conclusión es clara. En un mundo que necesita reducir de manera rápida las emisiones, las primeras reservas que deberían quedarse bajo tierra son precisamente las más sucias, caras y situadas en ecosistemas clave, y la Faja del Orinoco cumple las tres condiciones.

El análisis científico más reciente sobre el impacto de los campos petroleros en los ríos de Venezuela, incluida la cuenca del Orinoco, ha sido publicado en la revista Journal of South American Earth Sciences y puede consultarse en ScienceDirect.

Foto: infraestructura de PDVSA


Javier F.

Periodista, licenciado en la Universidad Nebrija, diez años en Onda Cero, y ahora en proyectos profesionales como Freelance. Especializado en contenido SEO y Discover

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