Una exprofesora llamada Marlene ha decidido vivir sola en una finca de unas 13 hectáreas en la zona rural de Ituporanga (Santa Catarina, Brasil). Su día a día combina tareas agrícolas, un huerto frutal y un pequeño taller de costura instalado en casa, con el que asegura ingresos sin salir del campo. En un momento en el que mucha gente sueña con “bajar revoluciones” y depender menos de la ciudad, su historia se está compartiendo como ejemplo de autonomía rural.
¿La clave? No es solo “vivir en la naturaleza”. Es conseguir que la vida sea sostenible en lo práctico: comida, trabajo, tiempo y una mínima conectividad.
Una rutina rural con dos pilares: tierra y oficio
Según cuenta en un vídeo difundido por el canal JJ88 y recogido por medios locales, Marlene mantiene zonas cultivadas y un patio con diferentes frutas, y decide por su cuenta cuándo plantar, podar y cosechar. También afirma que parte de su bienestar viene de cultivar algunos alimentos y evitar insumos químicos en su rutina agrícola.
Ese detalle importa. En la práctica, producir parte de lo que comes reduce compras y desplazamientos, y además te obliga a entender los ritmos de la tierra. No hay botón de “pausa”. Y eso se nota.
El segundo pilar es su taller: trabaja desde casa con costura personalizada y elaboración de piezas a medida. Marlene explica que recibe clientes en la propia propiedad y que su visibilidad ha aumentado gracias a Internet y al boca a boca en la región. Dicho de otra forma, el trabajo llega hasta donde vive, en vez de tener que viajar cada día a la ciudad.
Del duelo a “empezar de nuevo” en el campo
La historia no se presenta como un cuento perfecto, sino como una reconstrucción personal. Marlene relata que se casó, tuvo dos hijos, y que tras una serie de momentos difíciles llegó la muerte repentina de su esposo. A partir de ahí, asegura que tuvo que reorganizarlo todo: volver al campo, asumir la rutina en solitario y hacer mejoras en la casa.
Ese contexto explica por qué su caso conecta con tanta gente. Porque no habla solo de “huir del estrés”, sino de cómo se sostiene la vida cuando toca apañarse con lo que hay.
Ituporanga: agricultura, población y un territorio que marca el ritmo
El lugar también ayuda a entender por qué este modelo es posible. Ituporanga forma parte del Alto Valle de Itajaí y es conocida por su producción agrícola, especialmente cebollas, según información institucional del municipio.
En población, los datos del Instituto Brasileño de Geografía y Estadística (IBGE) indican que Ituporanga tenía 26.525 habitantes en el Censo de 2022, con una población estimada de 28.461 habitantes en 2025. Es decir, una ciudad de tamaño medio para los estándares del interior de Santa Catarina, con una economía donde el campo sigue muy presente.
Además, se menciona que Epagri mantiene en Ituporanga una estación experimental centrada en tecnologías para el cultivo, un recordatorio de algo que a veces se olvida: el campo no es solo “tradición”, también es innovación y conocimiento técnico.
¿Volver al campo es una opción real para cualquiera?
Aquí llega la pregunta incómoda. ¿Puede todo el mundo hacer lo mismo?
La propia historia da pistas: Marlene no empieza de cero. Tiene habilidades prácticas, una profesión que puede ejercer desde casa y una red local que le permite captar clientes. También vive en una región donde el campo no está aislado del todo.
Por eso, su experiencia inspira, pero no es un “manual universal”. El acceso a atención médica, servicios básicos, ingresos estables y transporte sigue siendo un freno real en muchas zonas rurales. Y vivir solo, además, no es fácil. Ni emocionalmente ni logísticamente.
Aun así, casos como este ponen sobre la mesa un debate que crece también fuera de Brasil: cómo lograr más autonomía, reducir dependencias y vivir con un ritmo más humano sin romper el equilibrio económico.













