La startup estadounidense General Galactic se prepara para lanzar en otoño de 2026 Trinity, un satélite de unas quinientas toneladas que viajará a bordo de un Falcon 9 de SpaceX con una idea tan simple como radical usar solo agua para todas sus maniobras en órbita. Si la demostración funciona, podría cambiar la forma en la que movemos satélites y viajamos por el Sistema Solar.
En el fondo, la pregunta es muy directa. Si ya sabemos que en la Luna y en Marte hay hielo, ¿por qué no convertir ese agua en combustible en lugar de lanzar desde la Tierra toneladas de propelente caro y peligroso Cada kilo que no sube en un cohete es menos coste y menos impacto ambiental. Esa es la visión de los fundadores de la empresa, Halen Mattison y Luke Neise. Su idea, en palabras de Mattison, es construir primero “una gasolinera en Marte” y después una red de repostaje entre planetas.
Un satélite mediano movido solo con agua
Trinity será un satélite de clase media, en torno a mil cien libras de masa, no un nanosatélite de laboratorio. Viajará como carga compartida en un lanzamiento comercial y, una vez en órbita, tendrá que demostrar que el agua basta para maniobrar durante toda su vida útil.
Para el lector de a pie, la clave está en que no se trata de “echar agua al motor” sin más. El satélite llevará sistemas que la descomponen, la calientan y la convierten en chorro de alta velocidad. Si todo va bien, el resultado será más capacidad para cambiar de órbita con menos riesgo y menos logística que con combustibles tradicionales.
Cómo se convierte el agua en empuje
Trinity probará dos formas diferentes de usar el agua. En la parte química, el satélite realizará electrólisis, es decir, usará electricidad para separar el agua en hidrógeno y oxígeno. Después quemará el hidrógeno usando el oxígeno como oxidante, igual que un motor de cohete clásico pero partiendo de un depósito de agua líquida.
En la parte eléctrica, recurrirá a un propulsor de efecto Hall. Primero separa el agua, después aplica tanta energía que el oxígeno se convierte en plasma. Un campo magnético guía ese plasma y lo expulsa para generar empuje continuo. Mattison explica que algunos ingenieros lo llaman en broma “un eructo en el espacio que nunca se acaba” porque produce un empuje suave pero muy eficiente durante largos periodos de tiempo.
La empresa asegura que, combinando estos dos modos, puede ofrecer entre cinco y diez veces más cambio total de velocidad que sistemas de propulsión similares. Además, el agua es estable, no es criogénica y no tiene los riesgos de manejo de otros propelentes muy tóxicos que se han usado durante décadas.
Qué tiene que ver todo esto con el medio ambiente
A primera vista, parece un asunto de pura ingeniería espacial. Pero tiene lectura ecológica. Si en el futuro se obtiene agua de hielo lunar o marciano, buena parte del combustible para viajes profundos podría generarse fuera de la Tierra. Menos lanzamiento de combustible significa menos cohetes, menos consumo de materiales y menos impacto asociado a cada campaña de misiones.
Además, un satélite que se mueve mejor también puede apartarse de zonas congestionadas y retirarse de forma controlada al final de su vida. En un entorno donde preocupa cada vez más la basura espacial, tener más delta V para maniobrar ayuda a evitar colisiones y a reducir chatarra en órbita, algo que también es una forma de cuidar el entorno, aunque sea un entorno orbital y no un bosque.
Por supuesto, para que el sistema sea realmente limpio, la electricidad que alimenta la electrólisis debería venir en buena medida de fuentes renovables. En el espacio esa electricidad llega de paneles solares, así que la combinación de agua y energía solar encaja bastante bien con una visión más sostenible de la exploración.
No es la primera vez que se usa agua, pero sí la prueba más ambiciosa
La idea de usar agua como propelente lleva décadas sobre la mesa. La propia NASA estudia desde hace años cómo extraer hielo lunar para obtener oxígeno con fines de propulsión. Y en 2023 la empresa japonesa Pale Blue logró operar con éxito un motor de vapor de agua en un nanosatélite del proyecto STAR SPHERE de Sony, demostrando empuje real en órbita baja durante unos minutos.
La diferencia es que aquel era un satélite diminuto y con una prueba muy corta. Trinity aspira a usar solo agua como fluido de trabajo para todas sus maniobras y durante mucho más tiempo. Si lo consigue, será la primera demostración a escala significativa de este concepto.
Un experimento prometedor, pero lleno de incógnitas
Los expertos recuerdan que no todo son ventajas. El oxígeno ionizado es muy corrosivo y puede dañar componentes del motor eléctrico si los materiales no son los adecuados. A esto se suma la masa extra de los sistemas de electrólisis y gestión del agua, que compite con espacio para carga útil.
Por eso, voces del sector ven la misión como un experimento clave y no como una solución comercial lista para despegar. La propia empresa ha recaudado en torno a diez millones de dólares para esta primera demostración, una cifra modesta en el mundo aeroespacial, que subraya la fase todavía temprana del proyecto. Agencias y estamentos de defensa seguirán de cerca el vuelo, interesados en satélites que puedan esquivar rápidamente a otros aparatos en órbita si aumenta la tensión geopolítica en el espacio.
Hasta que Trinity no despegue y complete su campaña de maniobras, nadie sabrá si el agua pasará a ser un combustible habitual o si se quedará en una curiosidad técnica. De momento, la misión abre una puerta que conecta la exploración del espacio con la sostenibilidad y con la idea de aprovechar mejor los recursos que ya existen fuera de la Tierra.
El comunicado oficial más reciente sobre la misión Trinity y sus objetivos se ha publicado en General Galactic Missions.
Foto: gengalactic










