La Península Ibérica parece hoy fácil de reconocer (Atlántico al oeste, Mediterráneo al este, Pirineos al norte y Estrecho de Gibraltar al sur). Pero ese mapa que todos tenemos en la cabeza podría no existir dentro de unos 250 millones de años. Varios modelos científicos apuntan a que los continentes volverán a juntarse en un nuevo supercontinente, conocido como Pangea Ultima o Pangea Próxima, y España quedaría atrapada en una Tierra irreconocible.
La conclusión más llamativa no es solo geográfica. El estudio publicado en Nature Geoscience advierte de que la unión de los continentes podría crear un planeta mucho más cálido, seco y difícil para los mamíferos, por la combinación de un Sol más brillante, más CO2 natural y un enorme bloque de tierra lejos de la influencia suavizante del mar. En palabras del investigador Alexander Farnsworth, sería un «triple golpe» para gran parte del planeta.
Un mapa sin Mediterráneo
La clave está en la tectónica de placas. Los continentes no están quietos, aunque a escala humana lo parezca. Se mueven lentamente, empujados por procesos internos de la Tierra, y ese movimiento basta para cambiarlo todo cuando hablamos de cientos de millones de años.
En las reconstrucciones de Christopher Scotese y el Proyecto PALEOMAP, África acabaría chocando con el sur de Europa. Ese empuje cerraría el Mediterráneo y levantaría nuevas cadenas montañosas donde hoy hay mar, playas, puertos y rutas marítimas. Suena extraño, pero la historia del planeta ya ha visto océanos nacer y desaparecer.
España con seis vecinos
En ese escenario, España dejaría de mirar al Mediterráneo como ahora. La península seguiría pegada a Portugal y Francia, pero también quedaría mucho más cerca o en contacto continental con Italia, Marruecos, Argelia y Túnez, según las reconstrucciones difundidas a partir de Pangea Próxima.
¿Qué significa esto en la práctica? Que el Estrecho de Gibraltar ya no tendría el mismo sentido, porque el tablero entre Europa y África se habría soldado. Donde hoy hay agua, ferris, corrientes y frontera marítima, habría tierra deformada por choques de placas.
Conviene decirlo claro. No estamos ante un mapa político del futuro, ni ante una predicción exacta país por país. Es una reconstrucción geológica basada en movimientos posibles de las placas, y en escalas tan largas cualquier detalle puede cambiar.
Un supercontinente abrasador
La parte más preocupante del estudio no es que España gane vecinos raros, sino el clima que acompañaría a ese nuevo mundo. Los modelos usados por el equipo señalan que, al juntarse casi todas las tierras emergidas, el interior del supercontinente perdería buena parte del efecto moderador de los océanos.
Esto se conoce como continentalidad. En una costa, el mar suaviza el calor y el frío, como sabe cualquiera que haya pasado un verano pegajoso junto al Mediterráneo. En el interior de una masa continental gigantesca, en cambio, el calor puede acumularse con mucha más dureza.
La Universidad de Bristol resumió el resultado con una cifra que impresiona. Solo entre el 8% y el 16% de la superficie terrestre quedaría dentro de condiciones habitables para mamíferos en los escenarios de más CO2 analizados. No es poca cosa.
El CO2 también cuenta
El estudio no habla del CO2 humano de hoy como causa directa de ese futuro remoto. Habla de procesos naturales ligados a la formación y ruptura de supercontinentes, como más actividad volcánica, cambios en el ciclo del carbono y emisiones desde zonas de rift y subducción.
Los autores estiman que, dentro de unos 250 millones de años, el Sol emitirá alrededor de un 2,5% más energía que ahora. Puede parecer poco, pero en un planeta con más CO2 y una sola gran masa de tierra, ese extra ayuda a disparar las temperaturas. En algunas zonas, el calor podría moverse entre los 40 y los 70 °C.
La propia investigación calcula un CO2 de fondo medio de unas 621 partes por millón, con un rango de 410 a 816 ppm. A partir de ahí, los límites fisiológicos de muchos mamíferos empezarían a saltar por los aires. Sudar, esconderse o migrar no siempre bastaría si faltan agua y alimentos.
Gibraltar ya da pistas
Aunque hablamos de un futuro casi inimaginable, hay procesos actuales que ayudan a entenderlo. Un estudio publicado en Geology en 2024 sostiene que la zona de subducción bajo el entorno de Gibraltar sigue activa, aunque ahora avance muy despacio.
Según la Geological Society of America, ese sistema podría invadir el Atlántico dentro de unos 20 millones de años y acelerar después. Ese sería uno de los pasos que podrían iniciar una nueva fase del ciclo de Wilson, el proceso por el que los océanos nacen, crecen, se cierran y vuelven a reciclarse.
Dicho de forma sencilla, los mares no son eternos. Para nosotros lo parecen, porque una vida humana es muy corta. Para la Tierra, en cambio, el Mediterráneo y el Atlántico son piezas móviles dentro de una maquinaria mucho más grande.
No es una profecía exacta
Hay que tomar estos mapas con cuidado. Los científicos pueden reconstruir tendencias y probar escenarios con superordenadores, pero 250 millones de años es una distancia enorme. Cambios pequeños en las placas, en la actividad volcánica o en el carbono pueden modificar el resultado final.
Aun así, el mensaje de fondo sí es potente. La Tierra no es un decorado fijo. El suelo sobre el que vivimos se mueve, los océanos se abren y se cierran, y hasta la posición de España en el mundo puede cambiar de una forma que hoy cuesta imaginar.
Por qué importa hoy
La distancia temporal puede dar la sensación de que esto no tiene nada que ver con nosotros. Pero el estudio deja una advertencia útil para el presente. La habitabilidad de un planeta no depende solo de estar a la distancia adecuada de su estrella, sino también de cómo están colocados sus continentes, su atmósfera y sus océanos.
Eso importa para entender la Tierra y también para estudiar otros mundos fuera del Sistema Solar. Un planeta puede parecer habitable desde lejos y, aun así, tener una superficie imposible para la vida compleja si su geografía y su clima juegan en contra.
El estudio ha sido publicado en Nature Geoscience.









