Científicos revelan pruebas del impacto real a 4.300 metros y por qué la minería marina es la nueva amenaza oculta para el océano

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Publicado el: 1 de marzo de 2026 a las 18:39
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Fondo marino con nódulos polimetálicos en la Zona Clarion-Clipperton a 4.300 metros de profundidad.

La minería en los fondos marinos suele presentarse como una pieza clave para la transición energética. Níquel, cobalto, manganeso para baterías y renovables escondidos en nódulos del tamaño de una patata a cuatro mil metros de profundidad. Pero cuando una máquina del tamaño de un camión se puso de verdad a trabajar en el Pacífico, los números dejaron una advertencia clara. En las huellas que dejó sobre el fondo, el número de animales cayó un 37 por ciento y la diversidad de especies se redujo en torno a un 32 por ciento en cuestión de semanas.

Un laboratorio a más de cuatro mil metros de profundidad

El experimento se llevó a cabo en la Zona Clarion Clippertón entre México y Hawái, una de las áreas del planeta con mayor concentración de nódulos polimetálicos. Allí, la empresa Nauru Ocean Resources NORI, filial de The Metals Company, probó en octubre de 2022 un colector industrial que recorrió unos ochenta kilómetros de fondo abisal y extrajo más de tres mil toneladas de nódulos a unos cuatro mil doscientos ochenta metros de profundidad, dentro del área de contrato NORI‑D.

Un equipo internacional liderado por el Museo de Historia Natural de Londres y laUniversidad de Gotemburgo aprovechó esa prueba para hacer algo que casi nunca se consigue en aguas profundas. Tomaron datos durante dos años antes del ensayo y volvieron al mismo lugar dos meses después para comparar qué había cambiado. En total analizaron ochenta muestras de sedimento y contaron más de cuatro mil trescientos animales de más de cero coma tres milímetros, agrupados en setecientas ochenta y ocho especies diferentes, sobre todo gusanos marinos, pequeños crustáceos y moluscos.

La metodología permitió separar el ruido natural de los efectos de la máquina. Las comunidades del fondo ya cambian por sí solas con el tiempo, por ejemplo cuando llega más o menos alimento desde la superficie. Aun así, en las huellas directas del colector, la densidad de animales descendió un 37 por ciento y el número de especies por muestra bajó un 32 por ciento en solo unos meses, mientras que en las zonas de control cercanas esos descensos no se observaron. En las zonas donde solo llegó la nube de sedimentos no se detectó una caída clara en el número total de animales, pero sí un cambio en qué especies dominaban la comunidad, lo que redujo su diversidad global. Es decir, no solo desaparecen individuos, también se reorganiza quién manda en ese ecosistema.

Un fondo marino mucho menos vacío de lo que se creía

Durante el trabajo de campo, los investigadores identificaron especies que prácticamente no se habían visto antes en la zona, como un coral solitario pegado a los nódulos al que han descrito como nueva especie para la ciencia, además de pequeñas arañas de mar y otros grupos raros de muestrear.

Un detalle clave que señalan es que muchas especies aparecen en parches muy pequeños, a escalas de unos pocos metros. En la práctica esto significa que el fondo abisal es mucho más variado y fragmentado de lo que sugieren los mapas generales. Cuando una máquina aspira la capa superficial de sedimento para levantar los nódulos polimetálicos, no solo se lleva el “mineral”, sino también el soporte físico donde vive buena parte de estos organismos.

Además, hablamos de un recurso que no se renueva a escala humana. El sedimento en esa llanura abisal crece alrededor de una milésima de milímetro al año y los nódulos tardan millones de años en formarse. No es una cantera que se pueda “rehabilitar” en unas décadas. Es más bien como arar un bosque que ha tardado millones de años en crecer bajo la oscuridad del océano. Buena parte de estas formaciones se concentran precisamente en la zona Clarion-Clipperton, donde la presión por extraer metales convive con un ecosistema que apenas empezamos a conocer.

Cicatrices que pueden durar décadas

El propio estudio reconoce que parte de los cambios observados forman parte de la variabilidad natural. Sin embargo, cuando se compara con otros ensayos históricos, el mensaje se endurece. Investigaciones en la misma Zona Clarion Clippertón muestran que una franja de fondo marino perturbada en 1979 sigue sin recuperarse del todo más de cuarenta años después.

En esa zona antigua, los científicos aún observan sedimentos alterados y poblaciones reducidas de los organismos más grandes, mientras que solo algunos grupos móviles han empezado a recolonizar el área. La evidencia apunta a que el “parche” de impacto puede seguir visible durante décadas, incluso cuando en la superficie ya nadie se acuerda de la prueba que lo causó.

En palabras de la bióloga marina Eva Stewart, autora principal del nuevo trabajo, el ensayo aporta por fin “datos sólidos” para apoyar cualquier decisión futura sobre minería en aguas profundas, algo que hasta ahora se basaba en extrapolaciones y modelos con muchas incógnitas. Y eso importa, porque el reloj político corre más rápido que el de la ciencia.

Un debate que llega a la sala de negociaciones

Todo esto ocurre mientras la Autoridad Internacional de los Fondos Marinos sigue discutiendo el llamado Código de Minería, el conjunto de normas que permitiría o frenaría la explotación comercial de minerales en aguas internacionales. Cada vez más países y empresas piden una moratoria o “pausa de precaución”, y el debate se ha vuelto central en las sesiones del Consejo, como recoge el propio resumen del Earth Negotiations Bulletin sobre el ISA Council 30.1 y las posiciones enfrentadas en torno al reglamento de explotación.

Según distintos análisis, ya son varias decenas de gobiernos los que apoyan esta posición, entre ellos España y otros estados europeos. Para la industria, estos depósitos son un tesoro estratégico para baterías y renovables; para la comunidad científica y las ONG, abrir esa puerta sin conocer bien los límites ecológicos sería un experimento global difícil de deshacer. En paralelo, crece la preocupación por la pérdida de biodiversidad y por los impactos en la cadena alimentaria marina que podrían encadenarse a partir de estos cambios en el fondo.

Los autores del estudio no cierran la puerta a que se tomen decisiones caso por caso, pero sí dejan un aviso. Antes de abrir una nueva frontera extractiva, será necesario fijar límites máximos aceptables de pérdida de biodiversidad y de alteración del hábitat, y asumir que parte del impacto será irreversible a escala de muchas generaciones humanas.

Al final, la pregunta incómoda es sencilla. ¿Estamos dispuestos a arriesgar ecosistemas que apenas conocemos para abaratar materias primas de la transición energética cuando ya existen alternativas como la eficiencia, el reciclaje de metales y el rediseño de baterías con menos materiales críticos?

El estudio científico en el que se basa este artículo ha sido publicado en la revista Nature Ecology & Evolution.


Javier F.

Periodista, licenciado en la Universidad Nebrija, diez años en Onda Cero, y ahora en proyectos profesionales como Freelance. Especializado en contenido SEO y Discover

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