Si un bebé naciera en órbita, ¿su cuerpo sabría vivir con la gravedad de la Tierra? Para acercarse a esa duda la NASA eligió a un modelo inesperado, las medusas luna, y las subió al transbordador Columbia durante nueve días.
En 1991 casi 2.500 pólipos de medusa viajaron a bordo de la misión SLS 1 del Columbia junto a un grupo de control que se quedó en la Tierra. Durante el vuelo los astronautas estimularon a los pólipos para que produjeran crías y al final del experimento la colonia se había multiplicado hasta unas 60.000 medusas en microgravedad.
Las medusas interesaban a los investigadores porque cuentan con un sistema sensible a la gravedad. En su campana forman pequeños cristales que actúan como “piedrecitas” internas y ayudan a saber qué es arriba y qué es abajo, comparable al papel de los otolitos del oído interno en los vertebrados.
Qué descubrieron al regresar a la Tierra
Al volver a los tanques del laboratorio, el equipo vio que las medusas nacidas en el espacio se movían de forma extraña. Su impulso rítmico, el “latido” que usan para nadar, mostraba anomalías que la NASA describe como “pulsing abnormalities”. En las medusas desarrolladas en microgravedad estos fallos se detectaron en casi una de cada cinco, frente a menos del tres por ciento en el grupo de control en tierra.
Los científicos interpretan que la microgravedad alteró el desarrollo normal de sus graviceptores y de la conexión con el sistema muscular. Sobre el papel su cuerpo parecía correcto, pero muchas eran incapaces de orientarse cuando regresaron a la gravedad terrestre, una especie de “mareo espacial” permanente para estos animales.
Lecciones para futuros humanos nacidos en el espacio
La propia NASA recuerda que el objetivo de estas pruebas era saber si un organismo desarrollado en microgravedad puede adaptarse luego a una gravedad normal, una cuestión clave si algún día hablamos en serio de colonias espaciales habitadas por familias.
Si un animal tan sencillo tiene problemas de equilibrio al volver a sentir “el peso del cuerpo”, no es descabellado pensar que un niño criado siempre en ingravidez necesitaría largos periodos de rehabilitación o incluso podría no adaptarse del todo a vivir en un planeta como la Tierra. Diversos artículos de divulgación comparan estos síntomas con un fuerte vértigo, la misma sensación de inestabilidad que cualquiera reconoce tras un viaje movido en barco, solo que aquí el cambio sería de todo un mundo a otro.
La gravedad no solo nos mantiene pegados al suelo, también moldea desde el principio la forma en que se construyen nuestros sistemas de equilibrio, de humanos y de medusas. Y eso significa que cualquier plan de vida fuera de la Tierra tendrá que pensar no solo en cohetes y estaciones espaciales, también en cómo cuidar del cuerpo de quienes nazcan y crezcan lejos de este planeta.
El estudio científico original se publicó en la revista Advances in Space Research.








