Viajar a Marte siempre ha tenido un enemigo silencioso, el tiempo. No solo por el cansancio, la comida, el agua o las averías. También por la radiación cósmica, esa lluvia invisible que fuera del escudo de la Tierra acompaña a cualquier astronauta durante meses.
Un estudio publicado en Acta Astronautica propone ahora algo llamativo. Usar datos orbitales tempranos de un asteroide, 2001 CA21, como plantilla geométrica para encontrar rutas más rápidas entre la Tierra y Marte. La opción más equilibrada del trabajo habla de llegar en 56 días y completar la ida, la estancia y la vuelta en 226 días. Pero hay letra pequeña. Mucha letra pequeña.
Un atajo que no es una carretera
Lo primero es aclarar una cosa. No se ha descubierto una autopista espacial ni un túnel oculto hacia Marte. Lo que ha encontrado Marcelo de Oliveira Souza, investigador de la Universidad Estatal del Norte Fluminense, en Brasil, es una geometría orbital que podría servir para diseñar trayectorias muy rápidas.
La idea nació al revisar los primeros datos del asteroide cercano a la Tierra 2001 CA21. Esos datos iniciales, menos precisos que los actuales, dibujaban una órbita que cruzaba las zonas orbitales de la Tierra y Marte. «No estaba buscando esto», contó Souza a Live Science. Y eso tiene algo de hallazgo accidental.
En la práctica, el asteroide no se usaría como parada ni como «gasolinera» espacial. Su órbita antigua funciona más bien como una regla sobre un mapa. Ayuda a buscar caminos que los métodos habituales podrían pasar por alto.
El año que cambia todo
Los viajes a Marte se planifican según las posiciones de ambos planetas. La NASA recuerda que, aproximadamente cada 26 meses, la Tierra y Marte quedan colocados de forma favorable para gastar menos energía en el viaje. Las misiones robóticas actuales suelen tardar unos 200 días en la fase de crucero hasta el planeta rojo.
Souza probó ventanas futuras de oposición de Marte en 2027, 2029 y 2031. Según el análisis divulgado, solo 2031 encajó bien con la geometría marcada por el plano orbital de 2001 CA21. Y ahí aparece el dato que ha disparado la noticia.
El estudio describe dos posibles viajes completos de ida y vuelta. El más extremo permitiría llegar a Marte en 33 días, estar unos 30 días en la superficie y regresar en 90 días, con una misión total de 153 días. La opción menos agresiva plantea 56 días de ida, 35 días en Marte y 135 días de vuelta, para sumar 226 días.
La energía es el muro
El problema no es solo calcular la ruta. El problema es empujar una nave lo bastante rápido y luego frenarla sin convertir la llegada en una pesadilla térmica y mecánica. En el espacio, correr mucho también significa pagar la factura al frenar.
La opción de 56 días exigiría una velocidad de salida cercana a los 16,5 kilómetros por segundo, según los datos publicados sobre el estudio. Para comparar, New Horizons salió de la Tierra a unas 36 000 millas por hora, una cifra similar en orden de magnitud, y aun así era una sonda robótica, no una nave tripulada con hábitat, comida, agua, escudos, sistemas de vida y vehículo de descenso.
Aquí está la clave. Una cosa es lanzar una sonda ligera hacia Plutón. Otra muy distinta es enviar seres humanos a Marte y traerlos de vuelta. No es poca cosa.
Por qué entra la energía nuclear
El estudio apunta a una limitación clara. Con cohetes químicos convencionales, estas rutas rápidas quedan muy lejos de lo razonable para una misión tripulada. Por eso vuelve a aparecer una tecnología de la que se habla desde hace décadas, la propulsión nuclear térmica.
Este sistema no consiste en «explotar» nada. La idea es usar un reactor de fisión para calentar hidrógeno líquido, convertirlo en gas muy caliente y expulsarlo por una tobera para generar empuje. La NASA resume su ventaja de forma directa, puede ofrecer alto empuje con aproximadamente el doble de eficiencia en el uso del propelente frente a cohetes químicos.
Ese salto importa porque cada día menos de viaje reduce la exposición a radiación, el desgaste psicológico y la cantidad de suministros necesarios. Dicho de forma sencilla, en una misión a Marte, ahorrar tiempo no es comodidad. Puede ser seguridad.
Europa no tiene una nave lista
La parte europea de esta historia también necesita matiz. No hay una nave nuclear europea esperando a despegar hacia Marte en 2031. Lo que sí existe son estudios y hojas de ruta para saber si esa tecnología puede desarrollarse con seguridad.
El CEA francés anunció en 2023 dos estudios de viabilidad para la Agencia Espacial Europea. El primero, Alumni, se centra en propulsión nuclear térmica con ArianeGroup y Framatome. El segundo, RocketRoll, estudia propulsión nuclear eléctrica, pensada para misiones de gran potencia o viajes más lejos del Sol. Es decir, Europa ha puesto el tema sobre la mesa, pero todavía no estamos ante un motor operativo.
La ESA también ha explicado que, en los conceptos estudiados, el núcleo nuclear no se activaría durante el lanzamiento, sino cuando la nave ya estuviera en una órbita segura y lejos de la Tierra. Es un punto sensible, porque la palabra «nuclear» despierta dudas lógicas. Más aún cuando hablamos de lanzamientos espaciales.
Lo que falta por demostrar
La trayectoria matemática es sugerente, pero no resuelve todo lo demás. Falta saber qué masa tendría la nave, cómo se frenaría al llegar a Marte, qué escudo térmico soportaría esas velocidades y cómo se protegería a la tripulación. También queda el reto enorme de aterrizar cargas pesadas en una atmósfera marciana demasiado fina para frenar como en la Tierra, pero suficiente para calentar mucho una nave.
Por eso este trabajo debe leerse como una herramienta de búsqueda, no como un billete vendido para 2031. Puede ayudar a encontrar corredores rápidos entre planetas. Puede abrir nuevas preguntas. Pero el motor, la nave y el sistema completo todavía tendrían que ponerse al día.
En el fondo, lo interesante es que el estudio cambia la forma de mirar datos que antes podían parecer descartables. Las primeras órbitas de algunos asteroides quizá no sirvan para describir perfectamente al asteroide, pero sí podrían revelar geometrías útiles para viajar por el Sistema Solar.
El estudio completo ha sido publicado en Acta Astronautica.










