Crean un cemento con bacterias capaz de regenerarse solo cuando aparecen grietas que cambia la construcción para siempre

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Publicado el: 14 de abril de 2026 a las 21:59
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Bloques de hormigón con grietas, ejemplo del material que puede repararse solo con bacterias.

Una microgrieta en el hormigón parece poca cosa, pero suele ser el primer aviso. Por ahí se cuelan agua y oxígeno y, con el tiempo, el deterioro avanza sin hacer mucho ruido hasta que toca reparar. Y ahí es cuando llegan la sobras.

En Reino Unido, investigadores vinculados a la Universidad de Bath trabajan en una idea tan fácil de explicar como difícil de llevar a la práctica, introducir bacterias “dormidas” en el cemento para que el material se “cure” por dentro cuando se agrieta. No es ciencia ficción, es biología aplicada a infraestructura.

La grieta que lo cambia todo

El hormigón es omnipresente. En la propia Universidad de Bath recuerdan que una parte enorme de edificios e infraestructuras dependen de él, y que incluso se habla de que “la mitad de los edificios del mundo” están hechos con este material. 

El problema es que el hormigón se fisura antes o después. A veces son grietas finísimas, pero pueden abrir la puerta a más permeabilidad y a un envejecimiento más rápido, sobre todo en estructuras expuestas al agua y a ciclos de humedad y secado.

En la práctica, esto significa más mantenimiento, más camiones, más cortes y más ruido. Quien ha pasado por un tramo en obras con retenciones lo entiende sin necesidad de manuales. Y eso se nota.

Bacterias en pausa

La base del “hormigón autorreparable” es que ciertas bacterias pueden formar esporas y quedar inactivas durante mucho tiempo. En ensayos y desarrollos de este tipo se han usado bacterias del grupo Bacillus, precisamente por esa capacidad de resistir en forma de espora.

La lógica es directa. Las esporas y sus nutrientes se incorporan a la mezcla y no hacen nada hasta que aparece una fisura y entran agua y oxígeno, entonces se activan y favorecen la formación de carbonato cálcico (piedra caliza) que ayuda a sellar la grieta.

Dicho en castellano llano, el material intenta tapar su propia “herida” antes de que crezca. Si funciona de forma fiable, el beneficio es claro, menos reparaciones y más vida útil.

La cápsula protectora

La parte crítica no es solo elegir la bacteria, sino lograr que sobreviva dentro del hormigón sin estropear la mezcla. Por eso aparecen sistemas de encapsulación, que separan y protegen las esporas y el “alimento” hasta que realmente hace falta.

Un ejemplo estudiado en una publicación de Construction and Building Materials es usar perlita expandida recubierta como portador. En ese trabajo se describe una estrategia de “dos componentes”, con esporas por un lado y nutrientes por otro, para mejorar el rendimiento del sellado cuando se produce la fisura.

Y hay otro matiz importante. Los propios resultados señalan que no basta con echar nutrientes y esperar, hace falta una proporción adecuada y un número mínimo de esporas para que la actividad bacteriana sea suficiente cuando llega el momento.

Un ensayo en carretera

La teoría convence a medias si no se prueba en obra. En el marco del proyecto Materials for Life, se llevó la idea a un ensayo a escala real en el sur de Gales, ligado a trabajos en la carretera A465 (Heads of the Valleys).

Según un informe técnico firmado por Kevin Paine y su equipo, se construyeron varios paneles y uno incorporaba el sistema bacteriano en la zona diseñada para fisurarse. El panel se agrietó de forma controlada a los 36 días y, tras descargar, las fisuras residuales rondaban 0,1 mm de ancho.

Las imágenes con microscopio mostraban cierto grado de sellado, pero con un “pero” que conviene subrayar. Los autores dejan claro que hacía falta más investigación para separar cuánto se debía a las bacterias y cuánto al autocurado natural del propio hormigón en presencia de agua.

Menos CO2, menos obras

Que el hormigón dure más no es un detalle menor si miramos el clima. En 2023, la producción de cemento se asoció a alrededor del 7% al 8% de las emisiones globales, según un trabajo publicado en Scientific Data.

Ahora bien, aquí también hay letra pequeña. Un análisis de ciclo de vida publicado en 2023 sobre hormigones autorreparables con bacterias concluye que, por metro cúbico, este tipo de material puede tener más impacto ambiental y una huella de carbono incorporada mayor que un hormigón convencional (entre otras cosas por los materiales y procesos añadidos).

¿Significa eso que no vale la pena? No necesariamente. La misma investigación apunta que, si se usa de forma selectiva en zonas críticas de estructuras de hormigón armado (donde el control de fisuras es clave), el balance global de la estructura puede mejorar y llegar a ahorrar hasta 51 kg de CO2 equivalente por m³ en el conjunto.

Lo que todavía falta

Para que esta tecnología salga del laboratorio, tiene que aguantar lo de siempre, frío, lluvia, ciclos de secado y el paso del tiempo. Bath explica que también están probando bacterias adaptadas a bajas temperaturas, aisladas de cuevas de caliza, y lo resumen con una frase muy clara, “How they operate at, say, five degrees, we just have to find out for ourselves”.

Y luego está la pregunta práctica, cuánto cuesta y quién lo paga. Si el material sube el precio al inicio, pero evita reparaciones repetidas y cortes de tráfico, puede empezar a tener sentido, sobre todo en infraestructuras donde cada obra tiene un coste social enorme.

La información oficial del proyecto se puede consultar en el caso de estudio publicado por la Universidad de Bath.


Javier F.

Periodista, licenciado en la Universidad Nebrija, diez años en Onda Cero, y ahora en proyectos profesionales como Freelance. Especializado en contenido SEO y Discover

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