La falla de San Andrés vuelve a ocupar titulares, pero no por una escena de película ni por una predicción apocalíptica. Un nuevo estudio dirigido por investigadores vinculados a la Universidad de Hawái en Mānoa y la Universidad de Berna concluye que la tensión tectónica en los sistemas de fallas de San Andrés y San Jacinto, en el sur de California, ha llegado a los niveles más altos vistos en los últimos 1000 años, e incluso los supera en algunos tramos.
La idea impresiona. También conviene leerla con calma. Los científicos no dicen que haya una fecha marcada para un gran terremoto, sino que la región está en un estado de carga muy elevado y que eso debe tenerse en cuenta para preparar infraestructuras, planes de emergencia y normas de construcción. En una zona donde viven millones de personas, no es poca cosa.
Qué han descubierto los científicos
El equipo creó un modelo informático para reconstruir cómo se ha acumulado y liberado la tensión en estas fallas durante aproximadamente un milenio. Para ello usó registros geológicos, datación por radiocarbono de sedimentos desplazados, señales en anillos de árboles y documentación histórica de grandes rupturas del terreno.
En la práctica, esto permite mirar el pasado para entender mejor el presente. Cada gran terremoto cambia la tensión en las zonas vecinas, y los periodos de calma hacen que esa energía vuelva a acumularse poco a poco, como una goma que se estira durante siglos.
Según la Universidad de Berna, el modelo sitúa la tensión actual en 3,6 MPa en el tramo de San Jacinto Bernardino y en 2,8 MPa en el sector vecino de Mojave Sur, dentro de la falla de San Andrés. Son cifras técnicas, pero el mensaje es sencillo. Ambos tramos aparecen muy cargados y, además, con niveles relativamente parecidos.
El punto clave está en Cajon Pass
Uno de los lugares más importantes del estudio es Cajon Pass, un paso montañoso al noreste de Los Ángeles donde se acercan los sistemas de San Andrés y San Jacinto. Los investigadores lo describen como una especie de «puerta sísmica», porque puede frenar una ruptura o permitir que pase de una falla a la otra.
Esto ya se ha visto en la historia. El terremoto de Fort Tejon de 1857, de magnitud 7,9, terminó en esa zona y no implicó a la falla de San Jacinto. En cambio, el terremoto de Wrightwood de 1812 sí atravesó la unión y afectó a ambos sistemas. Esa diferencia es justo lo que ahora se intenta comprender mejor.
«Cajon Pass no bloquea ni canaliza simplemente los terremotos. Responde a condiciones de tensión, y esas condiciones cambian durante siglos», explica la investigadora Liliane Burkhard. Dicho de forma sencilla, no basta con saber cuánta tensión hay en una falla. También importa si la otra falla cercana está cargada de una forma parecida.
Por qué una ruptura doble preocupa más
Un gran terremoto en una sola falla ya puede causar daños muy serios. Pero el escenario que más inquieta a los autores es otro, que San Andrés y San Jacinto pudieran romperse juntas en un mismo evento si la «puerta» de Cajon Pass se abre.
Eso ampliaría el alcance del movimiento y podría afectar a corredores urbanos e infraestructuras críticas del sur de California. En la zona aparecen nombres conocidos como Los Ángeles, San Bernardino, Riverside y el Valle de Coachella, además de carreteras, líneas ferroviarias y redes energéticas que pasan por Cajon Pass.
No es una cuestión de asustar por asustar. Es una cuestión de preparación. Un puente, una vía férrea o una conducción de energía no se refuerzan de un día para otro, y los planes de emergencia tampoco se improvisan cuando el suelo ya está temblando.
Lo que este estudio no dice
Aquí llega el matiz importante. El trabajo no predice cuándo va a ocurrir el próximo gran terremoto. De hecho, el Servicio Geológico de Estados Unidos recuerda que ni el USGS ni ningún grupo científico ha predicho nunca un gran terremoto con fecha, lugar y magnitud exactos.
Por eso conviene desconfiar de cualquier titular que prometa el día del «Big One». La ciencia sí puede calcular probabilidades, estudiar fallas activas y mejorar los mapas de peligro. Lo que no puede hacer, al menos hoy, es decir que California temblará el martes a una hora concreta.
Burkhard lo resume con prudencia. «El estudio no es una predicción de cuándo ocurrirá un terremoto», afirma. Lo que sí permite decir, según la investigadora, es que el sistema está «críticamente tensionado» y que los modelos físicos ayudan a preparar una gama más clara de escenarios.
Por qué importa para millones de personas
El sur de California no es una región cualquiera desde el punto de vista sísmico. El USGS la describe como una de las zonas con mayor riesgo de terremotos de Estados Unidos, con más de 300 fallas capaces de producir seísmos de magnitud 6 o superior.
¿Qué significa esto en la vida real? Significa viviendas, hospitales, colegios, autopistas, líneas eléctricas y redes de agua expuestas a un peligro natural que no se puede eliminar. La diferencia está en cuánto se reduce el daño antes de que llegue el golpe.
Por eso los autores insisten en la utilidad práctica del estudio. Los resultados pueden servir para afinar evaluaciones de peligro sísmico, orientar inversiones en infraestructuras, revisar códigos de construcción y mejorar la preparación de emergencias. Son asuntos poco vistosos, pero salvan vidas.
Una herramienta para otras fallas del mundo
El interés del estudio va más allá de California. El método usado por el equipo podría aplicarse a otros cruces de fallas complejos, lugares donde varios sistemas tectónicos interactúan y donde un terremoto puede quedarse limitado o saltar a otra estructura cercana.
En el fondo, lo que busca este tipo de investigación es entender mejor cómo se reparte la tensión bajo nuestros pies. No evita los terremotos. Pero puede ayudar a que las ciudades sepan dónde están sus puntos débiles antes de que el reloj geológico haga su trabajo.
El estudio completo ha sido publicado en Journal of Geophysical Research.









