Agua Negra es, sobre el papel, una obra de integración clásica y, en la práctica, un termómetro político. El proyecto binacional plantea perforar la cordillera con un túnel vial de unos 14 kilómetros entre San Juan (Argentina) y la Región de Coquimbo (Chile), con el objetivo de ofrecer un cruce estable donde hoy predomina la estacionalidad y la prudencia por nieve y meteorología adversa.
La iniciativa no parte de cero. El Banco Interamericano de Desarrollo (BID) aprobó en su momento préstamos por 280 millones de dólares (130 millones para Argentina y 150 millones para Chile) para la primera fase del túnel, dentro de un planteamiento más amplio de corredor bioceánico. En Chile, el Ministerio de Obras Públicas difundió también el aval financiero del organismo para impulsar la conexión por Coquimbo.
En el plano político regional, el Gobierno Regional de Coquimbo ha vuelto a situar la obra en su agenda con reuniones y gestiones junto a CORPAN (la corporación binacional ligada al paso), subrayando la idea de corredor y el impacto sobre comercio, turismo e intercambio social. La fotografía, sin embargo, es asimétrica. El cónsul chileno en San Juan, Mario Schiavone, ha afirmado en medios argentinos que «en el lado chileno ya se han reanudado las obras», mientras reconocía que el arranque del lado argentino aún estaba pendiente.
El argumento económico es directo. Para provincias del interior argentino, un cruce más previsible hacia Coquimbo recorta incertidumbre logística y alimenta un relato de salida al Pacífico con Asia como horizonte comercial. El BID, de hecho, vincula el programa a una mejora de conectividad y eficiencia logística en la región. Aun así, los detalles operativos que determinan el calendario (licitaciones, tramos prioritarios, cronograma de obra y aportes anuales de cada país) siguen siendo el gran interrogante que el proyecto arrastra desde su última congelación.
También existe un factor menos citado y cada vez más determinante, el clima. La alta montaña combina cierres por nieve con una tendencia de estrés hídrico y retroceso glaciar que en Chile se estudia como un riesgo para la disponibilidad de agua a largo plazo, con implicaciones sobre la gestión de cuencas y la resiliencia de infraestructuras en zonas andinas. Incluso el trasfondo geológico recuerda por qué el coste y la complejidad se disparan en esta cordillera, resultado de procesos tectónicos de subducción que han levantado uno de los sistemas montañosos más extensos del planeta.
El debate, por tanto, no es solo si perforar la roca, sino si ambos Estados son capaces de sostener un proyecto largo, caro y políticamente sensible cuando cambian prioridades internas. Y ese es el punto ciego que hoy persiste. La reactivación se anuncia, las reuniones se suceden y la financiación multilateral existe, pero el ritmo real se medirá en licitaciones, maquinaria en obra y kilómetros ejecutados, no en declaraciones.













