En 1929, Hawái llevó al archipiélago un pequeño pájaro verde procedente de Japón con una idea que parecía sencilla. El anteojito japonés, conocido como mejiro, debía ayudar a reducir los insectos considerados una plaga.
El ave se adaptó mucho mejor de lo previsto y acabó extendiéndose por las islas. Décadas de investigaciones indican que su éxito añadió competencia por la comida a unas aves nativas que ya sufrían enfermedades, pérdida de hábitat y depredadores introducidos.
Una solución que se extendió
La introducción fue un ejemplo de control biológico, es decir, el uso de un ser vivo para frenar una plaga. En este caso, el plan confiaba en el apetito insectívoro del anteojito japonés, pero no anticipó hasta dónde podría llegar su población.
El mejiro no depende de un único alimento. Come insectos, bebe néctar y consume fruta, una combinación que le permite aprovechar distintos recursos cuando cambia el entorno.
Esa versatilidad fue decisiva. Con el tiempo se convirtió en una de las aves terrestres más abundantes de Hawái, muy lejos del papel limitado que se había imaginado para ella en 1929.
Competir sin atacar
El problema no consiste en que el anteojito persiga o hiera a las especies nativas. Se trata de competencia por explotación, que ocurre cuando distintos animales utilizan los mismos alimentos y uno de ellos los consume antes o en mayor cantidad.
Un estudio dirigido por Stephen Mountainspring y J. Michael Scott ya detectó en 1985 relaciones negativas entre el mejiro y varias aves forestales. El patrón más consistente apareció entre el anteojito japonés y el ʻIʻiwi en zonas montañosas de la isla de Hawái, aunque la relación cambiaba según la especie y el lugar.
La señal se volvió más preocupante con el trabajo de Leonard Freed y Rebecca Cann, de la Universidad de Hawái en Mānoa. «Las aves cantoras nativas de Hawái no pueden criar polluelos de tamaño normal cuando hay muchos anteojitos japoneses», explicó Freed al publicarse los resultados.
Crías más pequeñas
Freed y Cann siguieron a la comunidad de aves del Refugio Nacional de Vida Silvestre del Bosque de Hakalau entre 1987 y 2006. Allí, el mejiro convivía con ocho especies nativas y el equipo reunió medidas corporales de siete de ellas, además del ave introducida.
A partir del año 2000, las crías de todas las especies nativas medidas presentaron menos masa corporal. Muchas también desarrollaron picos y tarsos más cortos, la parte de la pata situada entre el pie y la articulación superior.
¿Por qué importa una diferencia aparentemente pequeña? El estudio relacionó el menor peso con una peor supervivencia juvenil en la mayoría de las especies y los picos más cortos con una menor supervivencia en aves de más edad. La población estudiada del ʻĀkepa de Hawái pasó a presentar una trayectoria considerada no viable entre 2000 y 2006, coincidiendo con el fuerte aumento de anteojitos.
Un papel ecológico complicado
La historia tiene otro giro. Como el anteojito también come fruta, puede transportar semillas y participar en la regeneración de algunas plantas mientras se desplaza por el bosque.
Una investigación encabezada por Liba Pejchar comprobó que el mejiro dispersaba semillas de varias plantas nativas y alguna introducida. Pero su aportación era incompleta frente al ʻŌmaʻo, un ave frugívora nativa capaz de mover una variedad mayor de semillas.
Eso impide clasificar al mejiro como un simple villano ecológico. Puede mantener una parte del movimiento de semillas donde faltan aves nativas, pero solo cubre una fracción de ese trabajo y también puede favorecer la expansión de plantas introducidas.
La presión no viene sola
Sería engañoso presentar al anteojito japonés como la explicación total de la crisis. Las aves forestales de Hawái también afrontan la destrucción del hábitat, ratas, gatos y mangostas, además de enfermedades transmitidas por mosquitos introducidos.
El Servicio de Pesca y Vida Silvestre de Estados Unidos considera que la malaria aviar es uno de los principales motores de extinción para varias aves forestales hawaianas. El mejiro añade una presión distinta y menos visible, porque actúa a través del acceso diario a la comida y no mediante ataques directos.
La lección de 1929 es incómoda, pero útil. Una especie introducida con una finalidad concreta puede reproducirse, ocupar nuevos ambientes y asumir funciones que nadie había previsto. Por eso, cualquier medida de control biológico necesita valorar no solo el beneficio inmediato, sino también sus posibles efectos durante décadas.
El estudio principal se ha publicado en Current Biology.
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