En la Navidad de 1859, el terrateniente Thomas Austin soltó 13 conejos salvajes europeos en su finca de Barwon Park, en el estado de Victoria. Quería disponer de animales para cazar, pero aquella pequeña liberación terminó alimentando una de las invasiones biológicas más rápidas y dañinas registradas en un mamífero.
Más de siglo y medio después, los conejos siguen costando hasta 197 millones de dólares australianos al año al sector agrario y afectan a más de 320 especies nativas amenazadas. Australia ha levantado vallas, destruido madrigueras y utilizado virus para frenar su avance, pero la conclusión es incómoda. Una vez asentada en un continente, una especie invasora puede convertirse en un problema para muchas generaciones.
Todo empezó en Barwon Park
Los conejos domésticos ya habían llegado a Australia con la Primera Flota en 1788, aunque aquellas poblaciones no desencadenaron la gran expansión continental. El punto de inflexión llegó cuando Austin recibió un envío de 24 conejos procedentes de Inglaterra y liberó 13 ejemplares salvajes en su propiedad para organizar jornadas de caza.
La genética ha terminado de encajar las piezas. Un estudio publicado en 2022 concluyó que la gran mayoría de los conejos del continente desciende de aquella única introducción, pese a que antes se habían registrado decenas de llegadas y liberaciones que no lograron el mismo éxito.
Una expansión sin freno
En menos de 70 años, los conejos habían colonizado alrededor del 70 % de Australia. Fue la invasión más rápida registrada para un mamífero introducido, favorecida por los paisajes abiertos, la transformación agrícola, los suelos aptos para excavar y nuevas liberaciones realizadas por personas.
Su biología hizo el resto, ya que una hembra puede empezar a reproducirse con tres o cuatro meses y sacar adelante cinco o más camadas al año cuando encuentra suficiente alimento. ¿Qué ocurre después de una campaña de control incompleta? La población vuelve a crecer con rapidez.
El daño va mucho más allá del campo
Los conejos comen pastos, cultivos, raíces, brotes y árboles jóvenes. También arrancan la cubierta vegetal y excavan grandes redes de madrigueras, lo que deja el suelo más expuesto al viento y al agua y dificulta la recuperación de las plantas nativas.
El golpe no se limita a una cosecha perdida. Compiten con la fauna autóctona por alimento y refugio, eliminan vegetación que sirve de hábitat y pueden bloquear la regeneración de árboles y arbustos incluso cuando hay pocos ejemplares por hectárea. Y eso se nota durante años.
El Gobierno australiano calcula que provocan hasta 197 millones de dólares australianos anuales entre pérdidas agrícolas y costes de control. Además, están relacionados con el deterioro de más de 320 especies nativas amenazadas, por lo que el conejo aparece como la especie invasora citada con mayor frecuencia entre las amenazas a la biodiversidad del país.
La gran valla no bastó
A comienzos del siglo XX, Australia Occidental construyó una enorme barrera para detener el avance. La llamada valla a prueba de conejos se levantó entre 1901 y 1907 y su trazado principal alcanzó 3256 kilómetros, una obra gigantesca para la época.
Pero llegó tarde. Los animales ya habían entrado en el territorio y el deterioro constante de la malla dejaba puntos por los que podían pasar. La imagen de una línea interminable en mitad del paisaje resume bien el problema, porque cuando una invasión ocupa miles de kilómetros, una sola solución rara vez basta.
Los virus cambiaron la batalla
El gran giro llegó en 1950 con la liberación del virus de la mixomatosis. Las poblaciones se desplomaron en muchas zonas, pero la presión fue perdiendo fuerza a medida que el virus y los conejos cambiaban genéticamente. En 1996 se liberó oficialmente el virus de la enfermedad hemorrágica del conejo, conocido como RHDV, con mejores resultados en las regiones áridas.
Otra variante, RHDV2, fue detectada en Australia en 2015 y se extendió por el continente en apenas 18 meses. CSIRO estima que redujo de media un 60 % las poblaciones salvajes, aunque tampoco consiguió eliminarlas y ya existen señales de resistencia y recuperación.
La ciencia busca ahora nuevas cepas y formas más rápidas de probarlas. CSIRO ha mejorado cultivos celulares en tres dimensiones, llamados organoides, que permiten estudiar los virus reduciendo el uso de animales de laboratorio. «Este sistema permitirá trabajar más rápido y con mayor eficiencia para obtener nuevas cepas víricas», explicó el virólogo Michael Frese.
El control funciona por capas
La estrategia actual combina cebos, destrucción de madrigueras, retirada de refugios y fumigación posterior. El disparo, la captura y las vallas pueden ayudar en lugares concretos, pero las autoridades insisten en que el trabajo debe coordinarse entre fincas, municipios y regiones para evitar que los espacios tratados vuelvan a ser ocupados.
En junio de 2026, el Departamento de Agricultura australiano reunió a administraciones, investigadores, productores y organizaciones no gubernamentales para revisar la estrategia nacional. Los virus existentes siguen funcionando, pero pierden eficacia con el tiempo, por lo que el país prepara una nueva fase de investigación que llegará hasta 2029.
La lección que deja Australia
Erradicar al conejo de todo el continente no parece una meta realista con las herramientas actuales. El objetivo práctico es mantener sus poblaciones por debajo del nivel en el que dañan cultivos, suelos y especies amenazadas, y actuar con rapidez en las zonas donde todavía es posible evitar una nueva expansión.
La historia tampoco consiste en culpar a un animal que simplemente aprovechó unas condiciones favorables. La verdadera advertencia está en la decisión humana que abrió la puerta, porque 13 conejos parecían poca cosa. No lo fueron.
El estudio genético principal ha sido publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences.



