En 1977 Carl Sagan instaló un disco de oro en la sonda Voyager diseñado para que cualquier civilización que lo encuentre sepa cuánto tiempo lleva viajando y puede durar mil millones de años 

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Publicado el: 7 de junio de 2026 a las 15:46
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Disco de Oro de las sondas Voyager con las instrucciones grabadas en su cubierta diseñado por Carl Sagan para la NASA.

Las sondas Voyager llevan casi medio siglo alejándose de la Tierra, pero no viajan solas. Cada una transporta un Disco de Oro con sonidos, imágenes y mensajes pensados para contar algo de nuestro planeta a quien, algún día y con muchísima suerte, pudiera encontrarlo. La NASA lo describe como una especie de cápsula del tiempo lanzada al espacio interestelar.

Lo más curioso no está solo en la música, los saludos o las imágenes. Está en la cubierta. Allí, en una zona de apenas dos centímetros, hay una muestra ultrapura de uranio-238 colocada para funcionar como un reloj físico, no como combustible ni como arma. Y esa diferencia importa.

Un reloj escondido en la cubierta

La cubierta de aluminio del Disco de Oro no es un simple protector. Contiene instrucciones para reproducir el disco, entender sus imágenes, localizar el Sistema Solar y calcular cuánto tiempo ha pasado desde que la sonda salió de la Tierra. Todo está pensado para que no dependa de idiomas humanos.

Ahí entra el uranio-238. Según la NASA, esa muestra tiene una radiactividad de unos 0,00026 microcuries y su desintegración permite medir el tiempo transcurrido. Es una cantidad diminuta, pero suficiente para dejar una pista científica. No es poca cosa.

Por qué se eligió uranio-238

La clave está en su vida media. El uranio-238 tarda miles de millones de años en desintegrarse de forma apreciable. La NASA explica que la mitad de una muestra de este isótopo decae en unos 4.510 millones de años, una escala de tiempo casi imposible de imaginar desde la vida cotidiana.

¿De qué sirve eso en la práctica? Si una civilización avanzada encontrara una Voyager y pudiera medir cuánto uranio queda frente a los elementos formados por su desintegración, tendría una forma de calcular la edad del mensaje. Sería como mirar la fecha de envío de una carta, pero escrita con física nuclear.

El segundo reloj está en los púlsares

El uranio no trabaja solo. La cubierta también incluye un mapa de púlsares, un dibujo que sitúa al Sol con respecto a 14 estrellas de neutrones que emiten señales muy regulares. Sus periodos aparecen codificados, de modo que podrían servir como otra referencia temporal.

En el fondo, la idea es sencilla. Si el reloj radiactivo y el mapa de púlsares apuntan a una época parecida, el descubridor tendría más seguridad sobre cuándo fue lanzado aquel objeto. La Voyager no solo dice «venimos de la Tierra», también intenta decir «venimos de este momento».

Un mensaje que quizá nunca sea encontrado

Conviene no exagerar. Las Voyager no van directas hacia una civilización concreta, ni hay un plan realista para que alguien recoja el disco en una fecha marcada. La propia NASA recuerda que el Disco de Oro solo será encontrado y reproducido si existen civilizaciones espaciales avanzadas en el espacio interestelar.

Además, el tiempo juega en escalas enormes. La NASA señala que, cuando las sondas salieran del Sistema Solar, pasarían unos 40.000 años antes de acercarse a otro sistema planetario. Para nuestra agenda diaria suena eterno, pero para el espacio es casi un suspiro.

Qué contiene realmente el Disco de Oro

El contenido fue seleccionado para la NASA por un comité dirigido por Carl Sagan, de la Universidad de Cornell. Incluye 115 imágenes, sonidos de la naturaleza, música de distintas culturas, saludos en 55 idiomas y mensajes impresos del presidente Jimmy Carter y del secretario general de la ONU Kurt Waldheim.

No es solo una lista bonita de canciones y fotografías. Es un intento de resumir la vida en la Tierra, con sus mares, sus tormentas, sus animales, sus voces y su cultura. Una botella lanzada al océano cósmico. Y esta vez, el océano no tiene orillas cercanas.

Una cápsula pensada para sobrevivir

El Disco de Oro está hecho de cobre chapado en oro y mide 12 pulgadas, unos 30 centímetros de diámetro. Su cubierta es de aluminio, y sobre ella se colocó la muestra de uranio-238. Según la NASA, los discos fueron chapados en oro el 23 de agosto de 1977 y después montados en contenedores de aluminio antes de llegar al JPL.

El Laboratorio de Propulsión a Chorro de la NASA ha señalado que estos discos podrían durar más de mil millones de años, teniendo en cuenta la erosión por radiación cósmica y el desgaste del oro en el espacio. Esa cifra no significa que alguien vaya a encontrarlos, pero sí que el mensaje fue diseñado con una paciencia casi geológica.

Lo importante no es el uranio, sino la intención

La presencia de uranio puede sonar llamativa, incluso inquietante, pero el dato real es mucho más interesante. No se puso allí para llamar la atención por peligroso, sino para que el mensaje pudiera defenderse solo ante el tiempo. En buena parte, esa es la belleza del diseño.

Las Voyager 1 y Voyager 2 ya son las únicas naves que han operado fuera de la heliosfera, la burbuja de partículas y campos magnéticos creada por el Sol. Voyager 1 cruzó esa frontera en 2012 y Voyager 2 lo hizo en 2018. Mientras siguen alejándose, sus discos continúan llevando una pequeña muestra de lo que fuimos capaces de contar sobre nosotros mismos.

La información oficial ha sido publicada por la NASA.


Javier F.

Periodista, licenciado en la Universidad Nebrija, diez años en Onda Cero, y ahora en proyectos profesionales como Freelance. Especializado en contenido SEO y Discover

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