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Un estudio reescribe la historia del agujero de la capa de ozono: no nació en los 80 sobre la Antártida como creíamos, sino en 1957 sobre los trópicos y debido a otro compuesto químico

Un estudio del MIT sitúa la primera huella del agotamiento del ozono en 1957 sobre los trópicos y cambia su historia.

Un estudio reescribe la historia del agujero de la capa de ozono: no nació en los 80 sobre la Antártida como creíamos, sino en 1957 sobre los trópicos y debido a otro compuesto químico

Durante décadas, la historia de la capa de ozono ha comenzado en 1985, cuando los científicos describieron el gran agujero estacional sobre la Antártida. Una nueva investigación del MIT adelanta casi 30 años la primera señal humana que habría podido detectarse y la sitúa en 1957, en la estratosfera superior de los trópicos. El compuesto señalado en esa etapa inicial no fue un CFC, sino el tetracloruro de carbono.

El resultado cambia la cronología, pero no borra lo que ya se sabía. El estudio no sostiene que los CFC sean inocentes ni que el agujero antártico naciera en otro lugar. Lo que muestra es que el deterioro global habría empezado a dejar una huella detectable antes y de una forma mucho más discreta.

Una señal en 1957

Los autores plantearon una pregunta sencilla y difícil a la vez. ¿Qué habríamos visto si en 1950 hubiera existido la capacidad de observación actual? La respuesta de sus modelos apunta a una señal detectable en 1957, casi tres décadas antes del hallazgo antártico.

La pérdida de ozono simulada en los trópicos era menor que en latitudes más altas. Pero allí la atmósfera presenta menos variaciones naturales, por lo que el efecto humano sobresalía mejor del ruido de fondo. Es como intentar oír un susurro en una habitación tranquila en lugar de hacerlo junto a una carretera.

El químico que llegó primero

El protagonista inesperado es el tetracloruro de carbono (CCl4), un producto industrial utilizado desde la década de 1930 como disolvente para limpieza en seco y desengrasado. Los registros industriales y los testigos de hielo indican que su presencia atmosférica ya aumentaba durante los años 40. Por entonces, las emisiones de CFC todavía no habían alcanzado la escala que tendrían después.

Al llegar a la estratosfera, este compuesto también puede liberar cloro y favorecer reacciones que destruyen ozono. Según el equipo, era la única sustancia perjudicial para esta capa que crecía tan pronto como para explicar aquella primera huella. «Que el agotamiento pudiera producirse ya a finales de los años 50 me dejó absolutamente asombrada», reconoció Susan Solomon.

No desmonta el agujero antártico

Aquí conviene separar dos ideas que suelen mezclarse. Una cosa es detectar una reducción humana del ozono en alguna parte de la estratosfera y otra muy distinta es el «agujero de ozono», una zona de agotamiento excepcional que aparece sobre la Antártida al comienzo de la primavera austral. La NASA utiliza como referencia valores iguales o inferiores a 220 unidades Dobson.

Los CFC siguen siendo la causa principal de ese fenómeno antártico. Son gases muy estables que pueden permanecer durante décadas en la atmósfera, alcanzar la estratosfera y romperse por la radiación ultravioleta, liberando cloro. En el frío extremo del invierno polar, las nubes estratosféricas facilitan reacciones que activan ese cloro y aceleran la destrucción del ozono cuando vuelve la luz solar.

Por tanto, decir que el nuevo trabajo demuestra que el agujero «no se formó por los CFC ni sobre la Antártida» sería incorrecto. La investigación amplía la historia hacia atrás, pero mantiene la explicación química del agujero descubierto en 1985. Más contexto, no una absolución.

Cómo lo calcularon

El equipo realizó 16 simulaciones que reproducían la química y la dinámica de la atmósfera a distintas altitudes y latitudes. También incorporó fuentes naturales de variación, como las erupciones volcánicas y El Niño, para estimar cuánto cambio podía aparecer sin intervención humana. Después añadió las emisiones históricas de sustancias industriales.

No apareció una medición olvidada de 1957. Se trata de un experimento hipotético apoyado en modelos, datos de producción y venta, y concentraciones antiguas reconstruidas mediante testigos de hielo. Esa diferencia importa, porque el año señalado representa el momento en que la huella habría sido distinguible con la capacidad de observación actual, no una fecha exacta e indiscutible del primer daño.

Lo que cambia de verdad

Hasta ahora, el relato público se centraba en los CFC, los aerosoles, los frigoríficos y la Antártida porque allí apareció la señal más espectacular. El nuevo trabajo sugiere que la alteración humana ya estaba en marcha de forma más débil y dispersa, impulsada primero por otro compuesto clorado. La atmósfera llevaba tiempo avisando, pero no teníamos oídos suficientemente finos.

También recuerda que una señal pequeña puede ser importante cuando se observa en el lugar adecuado. En la práctica, no siempre conviene buscar únicamente donde el daño es mayor, sino donde la variabilidad natural permite distinguirlo mejor. Y eso puede cambiar la forma de diseñar las redes de vigilancia del futuro.

Por qué importa hoy

El tetracloruro de carbono fue restringido por el Protocolo de Montreal y su concentración atmosférica ha disminuido, aunque todavía necesita seguimiento. La NOAA continúa midiendo este compuesto en diferentes puntos del planeta, mientras que la Organización Meteorológica Mundial insiste en que la vigilancia atmosférica sigue siendo esencial. Estos químicos tienen una vida larga. Y eso se nota.

La OMM atribuye la recuperación en marcha a la eliminación de más del 99 % de la producción y el consumo de sustancias controladas que destruyen el ozono. Si las políticas actuales se mantienen, calcula que la capa volverá aproximadamente a los valores de 1980 hacia 2040 en buena parte del mundo, 2045 en el Ártico y 2066 sobre la Antártida. No es una recuperación inmediata, pero demuestra que regular los compuestos responsables funciona.

La lección no es que la ciencia ocultara la verdad, sino que puede afinar su propia historia cuando aparecen mejores herramientas. La conclusión de fondo permanece intacta, ya que la actividad industrial dañó la capa de ozono y la cooperación internacional está ayudando a repararla.

El estudio completo ha sido publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS).

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