Encuentran una serpiente fosilizada en tres dimensiones y su esqueleto revela una forma de vida que los científicos no esperaban

Publicado el 4 de agosto de 2026 a las 23:28
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Fósil articulado de la serpiente Tametara mirim hallado en Brasil, con parte del cráneo y la columna vertebral conservados en tres dimensiones.

Un pequeño fósil de unos 42 centímetros hallado en el sureste de Brasil está obligando a revisar una de las preguntas más antiguas de la paleontología. La nueva especie, llamada Tametara mirim, vivió hace entre 85 y 75 millones de años y conserva parte del cráneo y de la columna vertebral unidos en tres dimensiones.

Lo verdaderamente excepcional no es solo su edad. El interior del cráneo permitió reconstruir la forma que habría tenido su cerebro y mostró que esta serpiente estaba muy adaptada a vivir bajo tierra, mientras que otras especies primitivas de la misma época ocupaban ambientes muy distintos. La evolución de las serpientes, por tanto, se parece menos a una línea recta y más a un cruce de caminos.

Un fósil fuera de lo común

El ejemplar fue descubierto en 2020 en un yacimiento del municipio de Presidente Prudente, en el estado brasileño de São Paulo. Pertenece a la Formación Adamantina y conserva la mitad posterior del cráneo, las mandíbulas y 103 vértebras anteriores articuladas.

Según el equipo, se preservó aproximadamente el 60 % del cráneo y el 70 % de la columna vertebral. No es poca cosa. Los esqueletos de serpiente son pequeños, delicados y se separan con facilidad después de la muerte, por lo que encontrar tantos huesos unidos es algo extraordinariamente raro.

Tametara es, además, el primer fósil articulado de una serpiente encontrado en Brasil. El estudio lo sitúa entre las serpientes del tronco evolutivo que se separaron pronto, pero eso no significa que fuera la antepasada directa de las especies actuales ni que pueda presentarse sin matices como “la serpiente más antigua”.

El cerebro no estaba fosilizado

El fósil no conserva el cerebro como tejido. Lo que quedó fue la cavidad interna del cráneo, una especie de molde natural que los investigadores pudieron reconstruir mediante microtomografía computarizada de alta resolución sin romper el ejemplar.

Con esos escáneres crearon un molde digital del encéfalo, los nervios craneales y el oído interno. Después repitieron el análisis con Dinilysia patagonica, otra serpiente primitiva del Cretácico, y compararon los resultados con datos anatómicos de más de 100 especies modernas.

En la práctica, esta técnica permite mirar dentro de una roca como si se retiraran sus capas una a una. Así se pueden medir formas invisibles desde el exterior y comprobar si se parecen a las de animales que excavan, viven sobre el suelo o pasan parte de su vida en el agua.

Una serpiente hecha para excavar

El cerebro reconstruido de Tametara mostraba hemisferios cerebrales relativamente pequeños y un téctum óptico reducido, una zona relacionada con el procesamiento de la información visual. También presentaba rasgos en los bulbos olfativos y el oído interno que encajan con una vida en túneles oscuros.

Eso no significa que fuera una serpiente “menos inteligente”. Un cerebro se adapta a las tareas que necesita resolver. Un animal excavador no depende de la vista del mismo modo que otro que debe moverse y cazar a plena luz sobre la superficie.

La forma cerebral no fue la única pista. Los huesos del techo del cráneo tenían una configuración compacta, gruesa y alargada semejante a la de reptiles excavadores. Al unir ambas líneas de evidencia, el equipo concluyó que Tametara llevaba un modo de vida plenamente subterráneo.

La gran sorpresa estaba en la diversidad

Cuando los científicos compararon a Tametara con Dinilysia encontraron cerebros muy alejados entre sí y también distintos de los de la mayoría de las serpientes vivas. Dinilysia, que podía alcanzar cerca de dos metros, mostró una anatomía más compatible con una vida sobre la superficie que con una existencia excavadora.

La distancia entre las formas cerebrales de ambas era mayor que la observada entre muchas parejas de serpientes incluidas en el análisis. Esto indica que la diversidad sensorial ya era amplia durante el Cretácico, mucho antes de la expansión de los principales grupos modernos.

«Las serpientes alcanzaron una diversidad ecológica y neuroanatómica extraordinariamente amplia en el Cretácico Superior», resumió Tiago Simões, investigador de la Universidad de Princeton y autor principal del trabajo. Además de formas subterráneas y terrestres, el registro fósil conserva serpientes antiguas adaptadas a ambientes marinos.

El origen no tuvo un único camino

Durante décadas se ha discutido si el cuerpo alargado y la pérdida de las extremidades aparecieron primero como adaptaciones para excavar, nadar o desplazarse entre la vegetación del suelo. Tametara aporta una respuesta importante, pero no convierte una de esas hipótesis en la única correcta.

Los análisis sugieren que el antepasado común de las serpientes no estaba fuertemente especializado en un solo hábitat. Su anatomía habría ocupado una posición intermedia entre la vida subterránea y la vida sobre el terreno, mientras distintos linajes posteriores entraban y salían de esos ambientes de manera independiente.

¿Qué cambia entonces? El hallazgo demuestra que algunas serpientes primitivas ya habían desarrollado especializaciones extremas hace unos 80 millones de años. La historia no fue una escalera con un único destino, sino una sucesión de experimentos ecológicos.

Lo que el fósil todavía no cuenta

El ejemplar no conserva los dientes ni la región de la pelvis. Por eso no se puede confirmar qué comía, si tenía algún tipo de veneno o si mantenía patas traseras robustas como otras serpientes primitivas, aunque el parentesco evolutivo permite plantear algunas hipótesis.

Los investigadores consideran posible que se alimentara de insectos, pero reconocen que no existe una prueba directa. Esa cautela importa. Un fósil excepcional puede resolver preguntas enormes y, al mismo tiempo, dejar en blanco detalles básicos de la vida diaria del animal.

También harán falta nuevos ejemplares para saber hasta qué punto Tametara representa una rareza o una forma común dentro de las primeras serpientes. Con menos de diez fósiles articulados del Mesozoico conocidos, cada descubrimiento cambia mucho el dibujo general.

Por qué este hallazgo importa

Hoy existen más de 4200 especies de serpientes, con cuerpos y sentidos adaptados a desiertos, selvas, ríos, océanos y subsuelos. Sin embargo, sus primeros pasos siguen siendo difíciles de reconstruir porque el registro fósil temprano es escaso y fragmentario.

Tametara mirim no ofrece una fotografía completa del origen de las serpientes. Ofrece algo quizá más útil, una prueba de que su evolución temprana fue dinámica, diversa y llena de cambios de hábitat. Un animal pequeño, escondido durante millones de años en una roca brasileña, ha abierto una ventana enorme.

El estudio científico ha sido publicado en Nature.

Adrian Villellas

Adrián Villellas es ingeniero informático y emprendedor en marketing digital y tecnología publicitaria. Ha dirigido proyectos en análisis de datos, publicidad sostenible y nuevas soluciones de audiencia. También colabora en iniciativas científicas relacionadas con la astronomía y la observación espacial. Publica en medios de comunicación científicos, tecnológicos y medioambientales, donde acerca temas complejos y avances innovadores a un público amplio.

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