Un grupo de estudiantes argentinos está preparando un reto que suena a ciencia ficción, pero que es muy real. El ITBA Rocketry Team, formado por alumnos del Instituto Tecnológico de Buenos Aires, ha desarrollado un cohete supersónico llamado «Aconcagua» para competir en la International Rocket Engineering Competition, una de las competiciones universitarias de cohetería más importantes del mundo.
El objetivo es claro y ambicioso. El equipo quiere alcanzar los 30.000 pies de altura, unos 10 kilómetros, y superar la barrera del sonido con una velocidad estimada de Mach 2. En la práctica, esto significa entrar en una liga mucho más exigente que la de sus anteriores participaciones. Y eso se nota.
Un salto de categoría
El «Aconcagua» competirá en la categoría 30K COTS, pensada para cohetes que apuntan a los 30.000 pies de apogeo. No es solo subir más alto. Es diseñar un vehículo capaz de soportar más presión, más velocidad y más exigencia técnica durante todo el vuelo.
Hasta ahora, el equipo argentino había competido en categorías de 10.000 pies. Para esta etapa, el salto es grande, porque la meta se multiplica por tres. ¿Qué significa esto para estudiantes que trabajan desde una universidad? Más simulaciones, más pruebas y menos margen para el error.
La lista oficial de equipos aceptados por ESRA incluye al Instituto Tecnológico de Buenos Aires en la categoría 30K COTS, con el identificador 207. Eso confirma que el proyecto no es solo una promesa, sino una participación formal dentro del calendario de la IREC 2026.
Por qué Mach 2 importa
Mach 2 no es una cifra puesta para llamar la atención. En términos sencillos, significa moverse al doble de la velocidad del sonido, aunque esa velocidad cambia según la temperatura y la altura. La NASA explica que el número Mach compara la velocidad de un objeto con la velocidad local del sonido.
Superar esa barrera obliga a pensar en otra clase de problemas. El aire deja de comportarse como en vuelos más lentos, aparecen ondas de choque y cada pieza del cohete tiene que aguantar vibraciones, calor y esfuerzos importantes.
Por eso el reto no es solo que el motor empuje. También hace falta que el fuselaje, las aletas, la electrónica y el sistema de recuperación trabajen juntos. Si una parte falla, el vuelo puede quedar comprometido. Así de simple.
El equipo detrás
El ITBA Rocketry Team está formado por más de 60 estudiantes de Ingeniería Mecánica, Electrónica, Industrial, Informática, Bioingeniería y Licenciatura en Analítica. Trabajan bajo la guía de Patricio Pedreira, profesor e investigador del Departamento de Ambiente y Movilidad del ITBA.
El grupo se reparte áreas muy distintas. Hay estudiantes centrados en aeroestructuras, aerodinámica, aviónica, materiales compuestos, acoples, simulación FEM, payload y recovery. Esta última parte es clave, porque recuperar el cohete tras el vuelo permite analizar datos, revisar daños y aprender para el siguiente lanzamiento.
El propio equipo lo resumió en LinkedIn con una frase sencilla, «Aconcagua está en camino». Detrás de esa frase hay meses de diseño, fabricación, validación de componentes e integración electrónica. No es un trabajo de fin de semana.
Una competición enorme
La IREC 2026 se celebrará del 15 al 20 de junio en Midland, Texas, según la ficha oficial publicada por AIAA. La organización señala que este año han sido aceptados 175 equipos para competir en cohetería universitaria de alta potencia.
ESRA, la entidad que organiza la competición, presenta la IREC como la mayor competición universitaria de cohetes del mundo. Los equipos diseñan, construyen, prueban y lanzan vehículos con cargas útiles y objetivos de altura que pueden ir de 10.000 a 45.000 pies, según la categoría.
Para un equipo latinoamericano, competir allí no es menor. Es enfrentarse a universidades con mucha tradición aeroespacial, compartir revisiones técnicas y defender decisiones de ingeniería ante jueces especializados. A veces, aprender en ese entorno vale casi tanto como el resultado final.
La otra cara ambiental
Aunque hablamos de cohetes, conviene no exagerar el alcance del proyecto. No se trata de una misión espacial comercial ni de un programa estatal de lanzamientos. Es una competición universitaria de ingeniería, con reglas propias y controles técnicos.
Aquí entra un matiz importante para un lector preocupado por el medio ambiente. Las normas de diseño y evaluación de la IREC 2026 recogen que los vehículos de la competición deben utilizar propelentes considerados no tóxicos por la organización, como determinados combustibles sólidos, nitroso, queroseno, alcohol o sustancias similares.
Pero «no tóxico» no significa impacto cero. Significa que, dentro de las reglas del certamen, esos propelentes no requieren condiciones extremas de manipulación como sí ocurre con sustancias peligrosas. Es una diferencia importante. La innovación también debe explicarse sin maquillaje verde.
Lo que ya han conseguido
El ITBA Rocketry Team nació en 2022 como un proyecto estudiantil para colocar a Argentina dentro del mapa universitario aeroespacial. En 2023 debutó internacionalmente con el cohete Theros I en la categoría 10K COTS.
En 2024 terminó en el puesto 42 de su categoría y en el 62 de la clasificación general entre 143 equipos participantes. Además, logró quedar entre los 20 mejores equipos en Diseño y Construcción, un dato relevante porque muestra que el trabajo no se mide solo por la altura alcanzada.
En 2025 volvió a competir en 10K COTS. Ahora, con «Aconcagua», intenta dar el salto a una categoría más difícil. Si logra romper la barrera del sonido, el equipo podría convertirse en el primer grupo universitario argentino de cohetería en alcanzar ese hito dentro de una competición internacional.
Lo que falta por demostrar
Sobre el papel, el «Aconcagua» está diseñado para llegar muy alto y muy rápido. Pero en cohetería la teoría tiene que sobrevivir al lanzamiento real. Cada cálculo debe comprobarse frente al viento, la temperatura, la estabilidad del vehículo y el comportamiento del motor.
Los próximos pasos serán decisivos. El equipo tendrá que completar validaciones, preparar la integración final y superar las revisiones técnicas de la competición. Ahí se ve si el diseño aguanta fuera del ordenador.
En cualquier caso, el proyecto ya deja una señal clara. La ingeniería universitaria argentina está buscando un lugar propio en una disciplina compleja, cara y muy exigente. Puede que el «Aconcagua» dure solo unos minutos en el aire, pero el aprendizaje que deja puede durar mucho más.
La lista oficial de equipos aceptados para la IREC 2026 ha sido publicada por la Experimental Sounding Rocket Association.










