Hace 466 millones de años la Tierra pudo haber tenido anillos como los de Saturno formado con los restos de un gran asteroide que pudo alterar el clima del planeta

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Publicado el: 1 de junio de 2026 a las 18:44
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Recreación de la Tierra con un sistema de anillos formado tras la fragmentación de un asteroide hace 466 millones de años

Hace 466 millones de años, la Tierra pudo tener un aspecto que hoy asociamos con Saturno. No porque hubiera una copia exacta de sus anillos, sino porque un gran asteroide pudo acercarse demasiado a nuestro planeta, romperse por la gravedad y dejar una banda de escombros alrededor del ecuador.

La hipótesis no está cerrada, y conviene decirlo desde el principio. Pero un estudio de Andrew G. Tomkins, Erin L. Martin y Peter A. Cawood plantea que ese anillo habría dejado huellas en la superficie y quizá también en el clima, justo en una época marcada por muchos impactos de meteoritos y un enfriamiento extremo de la Tierra.

Una señal en los cráteres

La pista principal no está en una imagen del cielo antiguo, porque nadie podía mirar hacia arriba con un telescopio en aquel momento. Está en 21 cráteres de impacto del Ordovícico, un periodo geológico muy lejano, cuando la vida compleja seguía concentrada sobre todo en los mares.

Según el trabajo, esos cráteres aparecen dentro de una franja de hasta 30 grados alrededor del ecuador antiguo. Esto llama la atención porque más del 70 % de la corteza expuesta capaz de conservar cráteres estaba fuera de esa zona, así que una distribución tan concentrada no encaja bien con impactos llegados al azar desde el cinturón de asteroides.

¿Qué significa esto en la práctica? Que los meteoritos pudieron caer desde una especie de «cinturón» alrededor de la propia Tierra. No desde cualquier dirección del espacio, sino desde una nube de restos que fue perdiendo material poco a poco.

Cómo nació el anillo

La explicación propuesta empieza con un gran fragmento de un asteroide rico en condritas L, un tipo de meteorito muy estudiado por los geólogos. Ese cuerpo habría pasado muy cerca de la Tierra hace unos 466 millones de años.

Cuando un objeto se acerca demasiado a un planeta, llega un punto en el que la gravedad ya no solo lo atrae, también lo estira y lo rompe. Ese punto se conoce como límite de Roche. En este caso, el asteroide pudo desintegrarse y formar un anillo de polvo y roca alrededor del planeta.

No sería un anillo eterno ni perfecto como los que vemos en las imágenes de Saturno. Más bien habría sido una banda de escombros condenada a deshacerse. Pero durante millones de años pudo ser suficiente para dejar señales en las rocas.

Meteoritos durante millones de años

El estudio relaciona esta idea con el llamado pico de impactos del Ordovícico, una etapa de unos 40 millones de años con más cráteres y más restos de meteoritos de lo habitual. En capas sedimentarias de esa época aparecen cantidades extraordinarias de material de condritas L, algo que ya venía intrigando a los investigadores.

El propio Tomkins lo explicó en el comunicado de la Universidad de Monash con una frase muy gráfica, «el material de este anillo cayó gradualmente a la Tierra durante millones de años». Esa caída lenta encajaría con una lluvia prolongada de fragmentos, no con un único golpe enorme.

No hablamos de una lluvia de fuego constante cubriendo todo el planeta. Serían restos que fueron saliendo de la órbita y chocando con la Tierra en distintos momentos.

La sombra sobre la Tierra

La parte más llamativa es la climática. Los autores sugieren que el anillo pudo proyectar sombra sobre la Tierra y reducir la luz solar que llegaba a algunas zonas. Con el eje terrestre inclinado, esa sombra no sería un detalle menor.

Esa idea podría ayudar a explicar, al menos en parte, el paso hacia la glaciación hirnantiense, una de las etapas más frías de los últimos 500 millones de años. La Universidad de Monash recuerda que este enfriamiento ocurrió cerca del final del Ordovícico y estuvo asociado a un cambio climático global muy severo.

Pero hay un matiz importante. El estudio habla de una posibilidad, no de una sentencia cerrada. El clima terrestre es una maquinaria enorme, con océanos, volcanes, gases, continentes y vida interactuando a la vez.

No es una prueba definitiva

La pregunta inevitable es sencilla. ¿La Tierra tuvo anillos de verdad? La respuesta honesta, por ahora, es que pudo haberlos tenido. La evidencia es sugerente, pero la hipótesis necesita más pruebas y más comparación con el registro geológico.

Los propios datos del artículo dejan claro que la clave está en la distribución de los cráteres, en la presencia de material de condritas L y en la baja probabilidad de que todos esos impactos cayeran en esa franja ecuatorial por pura casualidad. El cálculo estadístico publicado sitúa esa probabilidad en 4 × 10⁻⁸, una cifra muy baja.

Aun así, una probabilidad baja no convierte una hipótesis en una fotografía del pasado. La Tierra ha cambiado muchísimo desde entonces, y muchos cráteres pudieron borrarse bajo sedimentos, hielo o erosión.

Qué cambia esta hipótesis

Lo importante no es solo imaginar una Tierra con anillos. Esta propuesta conecta astronomía, geología y clima en una misma historia. Un objeto llegado del espacio pudo romperse, rodear nuestro planeta y dejar una firma que todavía estamos aprendiendo a leer.

También recuerda algo que a veces olvidamos. La Tierra no ha vivido aislada, encerrada en una urna de cristal. Ha recibido impactos, polvo, radiación, cambios orbitales y visitas inesperadas desde el vecindario solar.

En el fondo, esta investigación abre una pregunta fascinante. ¿Cuántos episodios antiguos de la historia climática terrestre todavía tienen una pieza escondida fuera del planeta?

El próximo paso

Ahora toca comprobar si el modelo aguanta. Los investigadores tendrán que afinar las reconstrucciones de placas, revisar más cráteres, estudiar mejor los restos meteóricos y probar cómo habría funcionado una sombra de anillos sobre un planeta inclinado.

Si nuevos datos apuntan en la misma dirección, la Tierra entraría en una lista muy especial. No sería solo el planeta azul, ni solo el mundo de la Luna. También habría sido, durante un tiempo remoto, un planeta con anillo propio.

El estudio oficial ha sido publicado en la revista Earth and Planetary Science Letters.


Adrian Villellas

Adrián Villellas es ingeniero informático y emprendedor en marketing digital y ad tech. Ha liderado proyectos de analítica, publicidad sostenible y nuevas soluciones de audiencia. Colabora además en iniciativas científicas ligadas a la astronomía y la observación espacial. Publica en medios de ciencia, tecnología y medioambiente, donde acerca temas complejos y avances innovadores a un público amplio.

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