En mayo de 2026, la conversación sobre El Niño ha dejado de ser una curiosidad para meteorólogos y se ha colado en titulares de muchos países. El motivo es simple, los organismos de referencia ya ven probable que el episodio se active pronto y que aguante, como mínimo, hasta el invierno 2026-2027.
La clave es no confundir probabilidad con certeza absoluta ni intensidad con desastre garantizado. La propia NOAA lo resume así, «Los eventos más fuertes de El Niño no garantizan impactos más severos; solamente aumentan la probabilidad de ciertos impactos». Aun así, su tabla de umbrales deja una pista, por ahora asigna alrededor de un 25% de probabilidad a superar +2,0 °C en el periodo noviembre a enero, un nivel que muchos medios llaman «súper«.
Qué está pasando en el Pacífico ahora mismo
El Niño es la fase cálida de ENSO, un patrón natural del Pacífico tropical que aparece cada pocos años y puede inclinar las probabilidades de lluvia y temperatura. A día 14 de mayo de 2026, la NOAA mantiene el sistema en ENSO neutral y con estatus de «Vigilancia de El Niño». El detalle importante es que el Pacífico ecuatorial ya no está frío, el índice semanal Niño 3.4 ronda +0,4 °C y la zona más oriental se ha calentado todavía más.
Por debajo de la superficie, la señal es aún más llamativa. El Centro de Predicciones Climáticas explica que el índice de temperatura subsuperficial ha subido durante seis meses seguidos y que hay calor acumulado en buena parte del Pacífico ecuatorial. Para pasar de la expectativa a El Niño declarado, la clave es que ese calor se traduzca en un acoplamiento sostenido océano-atmósfera durante los próximos meses.
Pronósticos para finales de 2026 y comienzos de 2027
La última discusión diagnóstica de la NOAA calcula un 82% de probabilidad de que El Niño aparezca entre mayo y julio de 2026. También estima un 96% de probabilidad de que continúe durante el invierno del hemisferio norte 2026-2027, que es cuando este fenómeno suele dejar la huella más clara en la circulación atmosférica.
Ahora viene lo que muchas veces se queda fuera del titular. La NOAA insiste en que todavía hay «incertidumbre considerable» sobre la intensidad máxima y que ninguna categoría de fuerza supera por ahora el 37% de probabilidad. En paralelo, su tabla de «ENSO Strengths» apunta a un 51% de probabilidad de superar +1,5 °C en el periodo noviembre a enero y a un 25% de superar +2,0 °C en ese mismo tramo, niveles típicos de episodios fuertes.
Además, estamos en la época del año en la que predecir ENSO es más difícil, lo que los expertos llaman la «barrera de predictibilidad de primavera». Por eso, el Centro Europeo ECMWF ha publicado una explicación para interpretar con cautela las señales tempranas, porque atraen atención pero no garantizan un resultado concreto.
Por qué 1877 no es una profecía
Las comparaciones con 1877 vuelven una y otra vez por una razón histórica. Entre 1876 y 1878 hubo sequías prolongadas en varias regiones del planeta y se produjo una crisis alimentaria global que, según distintas estimaciones, dejó decenas de millones de muertos. Un estudio en una revista de la American Meteorological Society analiza ese episodio como una «hambruna global» iniciada por sequías severas y persistentes en múltiples zonas.
Algunas reconstrucciones y recuentos divulgativos hablan de más de 50 millones de fallecidos a escala global, una cifra que ayuda a entender por qué el miedo se dispara cuando aparece la palabra «súper». Pero hay una trampa si lo convertimos en una profecía para 2027, incluso cuando el clima aprieta, la magnitud del daño depende mucho de cómo se gestiona el agua, el grano, la ayuda humanitaria y la información.
Hoy contamos con vigilancia oceánica, modelos más potentes y sistemas de alerta que antes no existían, aunque la vulnerabilidad sigue ahí y no es poca cosa. La OMM recuerda que los desastres relacionados con el tiempo y el clima se han multiplicado en las últimas décadas y, al mismo tiempo, que las muertes han bajado gracias a mejores alertas tempranas. Eso es un recordatorio útil para 2027, prepararse sirve, incluso cuando no se puede controlar el fenómeno.
Los riesgos que más preocupan cuando El Niño se dispara
El primer riesgo no es «el apocalipsis», es la suma de golpes pequeños en lugares muy concretos. Por ejemplo, la Comisión Europea ya está incorporando el factor El Niño en sus evaluaciones de cultivos y avisa de señales de sequedad severa en partes de América Central y el Caribe durante los próximos meses, mientras que en la franja de Ecuador y Perú se esperan lluvias por encima de lo normal. Eso puede mover rendimientos agrícolas y, con ellos, precios y disponibilidad.
El segundo riesgo es que todo esto ocurre con un océano global especialmente caliente. Copernicus ha señalado que abril de 2026 registró la segunda temperatura media de la superficie del mar más alta para ese mes, una pista de que la transición hacia condiciones de El Niño se está montando sobre un «suelo» ya recalentado. Cuando el mar y la atmósfera parten de un nivel alto, los extremos pueden encontrar terreno abonado.
Qué significa esto en la práctica para España y para 2027
¿Y qué pasa aquí, en la península, con todo este ruido del Pacífico? La respuesta honesta es que el «sello» de El Niño en el Mediterráneo suele ser débil y no se traduce en un mapa claro de lluvia o de calor para España. Aun así, un evento fuerte puede influir de forma indirecta en nuestra vida diaria a través de mercados agrícolas, energía y cadenas de suministro, que al final acaban notándose en la compra y en la factura de la luz.
Por eso, la receta no es el miedo, es el seguimiento y la preparación básica. Mirando a 2027, lo más útil es vigilar las actualizaciones mensuales de NOAA y ECMWF, atender avisos oficiales por calor o inundaciones y, a nivel doméstico, ajustar hábitos de agua y energía antes de que llegue el pico del verano. En un mundo con más calor y más exposición, llegar a tiempo suele ser la diferencia entre un susto y un desastre.
La discusión diagnóstica más reciente sobre ENSO ha sido publicada en la NOAA.







