Durante años, la Antártida Oriental ha tenido fama de ser una zona casi silenciosa desde el punto de vista sísmico. Mucho hielo, mucho frío y, en teoría, poca actividad bajo la superficie. Pero un nuevo estudio acaba de mover esa idea de sitio.
Un equipo científico ha identificado 510 terremotos de profundidad intermedia bajo el glaciar David, en la Antártida Oriental. La mayoría aparecen entre 100 y 150 kilómetros de profundidad, lejos de los bordes de las placas tectónicas, que es donde normalmente se espera este tipo de actividad. No son temblores peligrosos para la población, porque allí no vive nadie cerca, ni parecen una amenaza directa para el hielo. Pero sí obligan a mirar el continente helado de otra manera.
Un hallazgo bajo el hielo
Los investigadores revisaron datos sísmicos de 49 estaciones instaladas en la región de Victoria Land, con registros de distintas campañas entre 2001 y 2015. No estaban escuchando un terremoto concreto, sino buscando señales muy pequeñas perdidas entre mucho ruido. Algo parecido a intentar oír un crujido dentro de una casa durante una tormenta.
El algoritmo generó un catálogo de 1068 eventos bajo el glaciar David. De ellos, 510 eran terremotos de profundidad intermedia, es decir, se produjeron a más de 70 kilómetros bajo la superficie. Sus magnitudes locales fueron bajas, entre 1,6 y 3,5.
La cifra importa porque no hablamos de una zona cualquiera. La Antártida Oriental se había visto durante mucho tiempo como una región relativamente estable. Ahora, la imagen es más compleja. Y eso cambia bastante el mapa.
Por qué sorprenden tanto
La mayoría de los terremotos se concentran cerca de los límites de placas tectónicas. Allí las placas chocan, se separan o se deslizan, y esa fricción libera energía. Es lo que ocurre en zonas como Japón, Chile o California.
En este caso, los temblores aparecen dentro de una placa, lejos de esos bordes activos. Además, ocurren a una profundidad donde las altas temperaturas y presiones hacen que las rocas se comporten de forma menos frágil. En teoría, no deberían romperse tan fácilmente.
Por eso el hallazgo llama tanto la atención. No porque anuncie una catástrofe, sino porque muestra que el interior de los continentes puede guardar movimientos que hasta ahora no veíamos bien.
Qué hizo la inteligencia artificial
La clave ha sido el aprendizaje profundo. Los investigadores usaron una técnica de inteligencia artificial capaz de detectar llegadas de ondas sísmicas P y S en registros antiguos. Las ondas P viajan más rápido, mientras que las ondas S ayudan a confirmar que se trata de movimientos en roca sólida.
Conviene dejarlo claro. La IA no predijo terremotos. Tampoco descubrió una amenaza nueva. Lo que hizo fue revisar datos ya existentes con una capacidad de escucha mucho más fina que los métodos tradicionales.
Los autores explican que identificaron estos eventos con “un paquete automático de detección de terremotos basado en aprendizaje profundo”. Dicho de forma sencilla, usaron una herramienta entrenada para encontrar señales que antes podían pasar desapercibidas.
La posible explicación
El estudio apunta a una zona donde se encuentran dos mundos geológicos distintos. Por un lado, la litosfera fría y rígida de la Antártida Oriental. Por otro, materiales más cálidos y blandos asociados a la Antártida Occidental. Ese contraste crea un cambio brusco en la resistencia de las rocas.
Ahí podría estar parte de la respuesta. El material caliente del manto superior empuja hacia arriba, mientras que la enorme masa del hielo presiona desde arriba. Entre una cosa y otra, la litosfera puede flexionarse y concentrar tensiones.
Es como doblar lentamente una regla muy rígida. Durante un tiempo parece que no pasa nada, hasta que aparece una pequeña fractura. En este caso, ese “crujido” queda registrado como un terremoto profundo.
No es una señal de alarma
Los terremotos detectados son pequeños. Según recogió Live Science a partir de las explicaciones de Long Ho, autor principal del trabajo, no son lo bastante fuertes como para amenazar las capas de hielo ni el ecosistema antártico.
Esto es importante porque la palabra “terremoto” suele sonar a peligro inmediato. Aquí el interés va por otro lado. Lo relevante es entender mejor cómo interactúan el hielo, la corteza terrestre y el manto superior.
La Antártida no solo es una gran reserva de hielo. También es una pieza clave para comprender cómo responde la Tierra cuando cambia la presión sobre su superficie. Y en un continente cubierto por kilómetros de hielo, esa presión no es poca cosa.
La Antártida no era muda
Durante mucho tiempo se pensó que la Antártida Oriental tenía poca actividad sísmica. Pero puede que el problema no fuera la falta de temblores, sino la falta de herramientas para detectarlos. Richard Alley, glaciólogo de Penn State que no participó en el estudio, lo resumió así, “la aparente falta de terremotos era en realidad una falta de herramientas para escucharlos”.
Esa frase ayuda a entender el fondo del descubrimiento. A veces la ciencia no encuentra algo nuevo porque no exista. A veces simplemente no tiene todavía el oído afinado.
Ahora, con mejores algoritmos y más datos, los científicos pueden volver a mirar archivos antiguos. Y eso abre una puerta interesante. Puede que haya más terremotos profundos dentro de placas continentales de los que pensábamos.
Lo que todavía no se sabe
El estudio resuelve una parte del misterio, pero no todo. Una de las grandes preguntas es por qué estos terremotos se concentran bajo el glaciar David y no aparecen repartidos de forma parecida en otras zonas cercanas, donde también existen límites litosféricos importantes.
Los investigadores creen que pueden intervenir factores locales. Entre ellos, la historia del hielo, los cambios de masa de la capa antártica y la forma en que el terreno ha respondido durante miles de años. El propio equipo plantea seguir estudiando cómo el peso de la capa de hielo influye en la actividad sísmica profunda.
En la práctica, esto no cambia la vida diaria de nadie mañana por la mañana. Pero sí mejora una pieza del gran puzle climático y geológico de la Antártida. Y ese puzle importa mucho.
Un nuevo mapa del interior antártico
Este descubrimiento no convierte a la Antártida en una zona sísmica peligrosa. Lo que hace es mostrar que bajo el hielo hay procesos activos, lentos y difíciles de observar. Procesos que conectan la criosfera, la litosfera y la astenosfera.
También deja una lección clara. Las nuevas técnicas de detección pueden encontrar señales ocultas en lugares donde antes solo veíamos silencio. Si se aplican a otras regiones del planeta, quizá aparezcan más terremotos intraplaca de profundidad intermedia.
El estudio completo ha sido publicado en la revista Science.



