Ciencia

La psicología dice que las personas que se alegran del mal de otros en realidad no son malas personas, sino que deberían revisar su autoestima porque podría estar dañado

La psicología revela por qué alegrarse del fracaso ajeno puede estar relacionado con la autoestima y no con la maldad.

La psicología dice que las personas que se alegran del mal de otros en realidad no son malas personas, sino que deberían revisar su autoestima porque podría estar dañado

¿Te has sorprendido alguna vez sonriendo por dentro cuando a alguien le sale algo mal? Puede pasar con un compañero muy competitivo, con una persona que presume demasiado en redes sociales o con alguien que siempre parece llegar primero. No es una sensación cómoda, y casi siempre viene acompañada de culpa.

La psicología lleva años estudiando esa reacción. Se llama «schadenfreude», una palabra alemana que describe el placer ante la desgracia ajena, y no significa por sí sola que una persona sea mala. La clave está en el contexto. La investigación la relaciona con la comparación social, la autoestima y la sensación de que se ha corregido una injusticia.

Una emoción incómoda

«Sentir una pequeña satisfacción cuando otra persona fracasa suele generar incomodidad y culpa», explica la psicóloga Leticia Martín Enjuto. Según la experta, muchas personas creen que esa reacción las convierte en egoístas o crueles, pero no tiene por qué ser así.

En realidad, hablamos de una emoción humana compleja. Puede aparecer un segundo, casi como un chispazo, y luego convivir con la empatía o incluso con la pena por la otra persona. Esa mezcla rara también somos nosotros.

La comparación pesa

Gran parte del asunto nace en una costumbre muy humana. Nos comparamos. En el trabajo, en la familia, en el gimnasio, en redes sociales o incluso en una conversación de café, medimos sin darnos cuenta dónde estamos respecto a los demás.

Cuando alguien que vemos por encima tropieza, esa distancia parece reducirse. No nos alegramos necesariamente de su dolor, sino de sentirnos un poco menos por detrás. El estudio de Wilco W. van Dijk y otros investigadores encontró que la baja autoestima se relaciona con más schadenfreude hacia una persona de alto rendimiento, sobre todo cuando esa persona activa una amenaza para la propia imagen.

¿Qué significa esto en la práctica? Que el fracaso ajeno puede funcionar como un pequeño parche emocional. No arregla nada de fondo, pero durante un momento da alivio. Y eso se nota.

La autoestima entra en juego

La autoestima es una pieza central. Cuando alguien se siente inseguro, infravalorado o cansado de no llegar, el éxito de otra persona puede vivirse como una especie de espejo incómodo. No porque el otro haya hecho algo mal, sino porque su logro nos recuerda lo que creemos que nos falta.

Por eso el tropiezo de un rival puede sentirse como una compensación psicológica. La propia investigación apunta a que las desgracias de otros pueden ofrecer una oportunidad para proteger o mejorar la visión que tenemos de nosotros mismos. No es bonito, pero sí bastante humano.

La parte interesante es que esa reacción baja cuando la persona encuentra otra forma de reafirmarse. En otras palabras, si recuerdas que vales por tus propios logros, el fallo del otro pierde fuerza como consuelo.

Cuando parece justo

No todas las caídas provocan la misma reacción. Suele haber más placer cuando pensamos que alguien actuó con arrogancia, consiguió ventajas injustas o recibió un reconocimiento que no merecía. Ahí entra una idea muy potente para el cerebro humano, la justicia.

La revisión de Shensheng Wang, Scott O. Lilienfeld y Philippe Rochat señala que esta emoción puede apoyarse en tres grandes motores, la rivalidad, la justicia y la identidad de grupo. En el fondo, no siempre celebramos el daño. A veces interpretamos la caída como una especie de equilibrio recuperado.

El problema es que nuestra percepción de justicia no siempre es limpia. Podemos justificar una alegría incómoda diciendo que la otra persona «se lo buscó», aunque quizá solo nos dolía verla ganar. Ahí conviene mirar dos veces.

No es lo mismo sentirlo que alimentarlo

Sentir un destello de satisfacción no equivale a desear el sufrimiento de nadie. Las emociones aparecen antes de que nos dé tiempo a ordenarlas, y muchas veces dicen más de nuestras heridas que de nuestros valores. Por eso no conviene castigarse por una reacción breve.

Otra cosa distinta es recrearse en ello. Si la alegría por el mal ajeno se vuelve frecuente, intensa o se transforma en ganas de que otros sufran, entonces puede señalar inseguridad, hostilidad o problemas emocionales más profundos. No es una etiqueta, es una señal.

La propia Leticia Martín Enjuto apunta a esa diferencia. Lo preocupante no es que aparezca de forma ocasional, sino que se convierta en una fuente constante de satisfacción. Ahí el foco ya no está en el otro, sino en lo que nos pasa por dentro.

Qué hacer con esa sensación

La reacción no se elige del todo, pero sí se puede trabajar lo que hacemos después. Una pregunta sencilla ayuda mucho. ¿Qué parte de mí se ha sentido aliviada con esto?

Puede que la respuesta sea cansancio, comparación, envidia, sensación de injusticia o miedo a no estar a la altura. Nombrarlo baja el ruido. Como cuando miras una factura difícil y, al menos, empiezas a entender de dónde viene el gasto.

También ayuda recordar algo básico. El fracaso de otra persona no mejora nuestra vida de manera real, aunque pueda dar un alivio rápido. 

El estudio puede consultarse en PubMed.

Relacionados