Ciencia

La psicología explica que las personas que se quedan calladas en las discusiones para evitar conflictos no son cobardes, en realidad es una capacidad para apaciguar la situación

Guardar silencio durante una discusión puede ser una estrategia para reducir la tensión y recuperar el control emocional.

La psicología explica que las personas que se quedan calladas en las discusiones para evitar conflictos no son cobardes, en realidad es una capacidad para apaciguar la situación

¿Callarse en mitad de una discusión es una señal de debilidad o una forma de evitar decir algo de lo que luego nos arrepentiremos? La respuesta depende de la intención y de lo que ocurra después. Una pausa breve, explicada y seguida de una vuelta a la conversación puede frenar la escalada, mientras que ignorar a la otra persona para castigarla suele deteriorar el vínculo.

La psicóloga Olga Albaladejo resume esa diferencia con una idea sencilla. “Cuando estamos muy alterados emocionalmente, no siempre ayuda seguir hablando”, señala, y propone avisar con mensajes como “Necesito unos minutos para recomponerme”. El silencio, por tanto, no es automáticamente bueno ni malo.

Por qué el cerebro pide una pausa

En una situación tensa, el cerebro presta más atención a las señales de amenaza y puede perder parte de su capacidad para pensar con flexibilidad. La amígdala participa en la detección de información emocional relevante, mientras distintas zonas de la corteza prefrontal ayudan a regular la respuesta y a mantener una conducta orientada a objetivos.

A este momento se le llama a menudo “secuestro de la amígdala”, una expresión divulgativa que simplifica un proceso mucho más complejo. No significa que una parte del cerebro apague por completo a las demás, sino que el estrés puede dificultar temporalmente funciones como la memoria de trabajo, la planificación y el control de los impulsos. En una discusión doméstica, eso se nota cuando la respuesta sale antes que la reflexión.

Cinco segundos pueden cambiar el tono

Annah McCurry, Robert May y David Donaldson, de la Universidad de St Andrews, estudiaron a 81 parejas en dos experimentos. Los participantes competían en un juego y podían enviar a su pareja un sonido desagradable, pero algunas respuestas quedaban bloqueadas durante cinco, diez o quince segundos.

Las pausas redujeron la expresión de emociones negativas y la intensidad de la respuesta agresiva. Los investigadores no encontraron que quince segundos funcionaran mejor que cinco, y también observaron que quienes decidían esperar algo más tendían a responder con menos agresividad. McCurry lo resumió así, “incluso la pausa más breve puede ayudar a desactivar una discusión”.

No todo silencio significa lo mismo

Netta Weinstein y su equipo, con investigadores de la Universidad de Reading, la Universidad de Durham y la Universidad de Houston, analizaron distintos motivos para compartir silencio en una relación. En cuatro estudios, el silencio elegido de forma autónoma se relacionó con emociones más positivas y mayor sensación de cercanía, mientras el silencio impuesto o usado por presión se asoció con peores experiencias emocionales.

En la práctica, una pausa sana contiene dos mensajes. El primero es que la persona necesita bajar la intensidad emocional y el segundo es que piensa retomar el asunto. Sin esa segunda parte, el otro puede quedarse esperando e interpretar el silencio como rechazo o indiferencia.

El castigo silencioso deja huella

Una revisión sistemática publicada en 2026 reunió 15 trabajos sobre el llamado “silencio punitivo” en relaciones adultas cercanas. Avni Dubey y sus compañeros de la Universidad Central de Karnataka concluyeron que su uso persistente se asocia con malestar emocional prolongado, peor bienestar psicológico y menor satisfacción con la relación.

Otra investigación dirigida por Sarah Holley, de la Universidad Estatal de San Francisco, examinó a 253 parejas. Encontró que las dificultades para regular las emociones estaban vinculadas con la tendencia a retirarse cuando la pareja presionaba para hablar. Los autores advierten de un círculo incómodo, cuanto más se retira uno, más puede insistir el otro, y esa insistencia alimenta una nueva retirada.

El tono también cuenta

El volumen de la voz no es un detalle menor. Un análisis de tres conjuntos de conversaciones conflictivas detectó que el aumento del tono y de la intensidad vocal acompañaba a niveles mayores de escalada. El trabajo tenía limitaciones, entre ellas el uso frecuente de actores, así que no demuestra que hablar bajo resuelva por sí solo una pelea.

Eso sugiere, sin demostrarlo, que mantener un tono controlado puede evitar añadir más tensión a la conversación. No se trata de susurrar para ganar la discusión. Se trata de impedir que cada subida de volumen funcione como una cerilla junto a otra.

Cómo volver a la conversación

Una pausa útil debe ser clara y limitada. Una frase como “Necesito calmarme y retomamos esto en veinte minutos” comunica que no hay abandono y evita dejar a la otra persona en un limbo. Al final del día, lo importante no es callar, sino crear el espacio suficiente para volver con palabras más precisas.

Esta estrategia está pensada para desacuerdos cotidianos de baja intensidad y no para situaciones de violencia de pareja, amenazas o miedo por la propia seguridad, donde protegerse debe ser la prioridad.

 El estudio principal se ha publicado en Communications Psychology.

Relacionados