El mar Muerto sigue bajando a una velocidad que ya se mide en metros, no en centímetros. Un informe oficial publicado en junio de 2026 sitúa el descenso en unos 1,15 metros al año, mientras los datos del Servicio Geológico de Israel muestran que su superficie se acercó a los 440 metros bajo el nivel del mar en 2025.
Lo más inquietante es que no faltan propuestas, sino decisiones. El mismo informe concluye que, tras cerca de dos décadas de estudios, ninguna gran alternativa para aportar agua llegó a ejecutarse. Un nuevo trabajo con imágenes de satélite calcula además que la superficie del lago disminuyó un 41,8 % entre 1971 y 2022 y que su nivel podría caer otros 33 metros hasta 2050 si continúa la tendencia.
Casi 440 metros bajo el mar
Aunque todo el mundo lo llama mar, en realidad es un lago cerrado, sin salida natural hacia el océano. El agua desaparece principalmente por evaporación, por lo que necesita entradas del río Jordán, de arroyos y del subsuelo para mantener el equilibrio. Si entra menos de lo que se evapora, el nivel baja.
Entre 2019 y 2025, el descenso medio fue de unos 1,06 metros por año. La orilla se aleja y, en algunos puntos, lugares que hace poco estaban junto al agua quedan ahora a cientos de metros. La cuenca norte conserva el lago natural, mientras la sur está ocupada en gran medida por estanques industriales de evaporación.
El río que dejó de alimentarlo
Durante buena parte del siglo XX, el bajo Jordán llevaba alrededor de 1300 millones de metros cúbicos de agua dulce al mar Muerto cada año. Hoy aporta menos de 100 millones, después de que Israel, Jordania y Siria construyeran presas y desviaran caudales para consumo urbano y agricultura. Es una reducción enorme.
¿Qué significa esto en la práctica? El agua que antes llegaba al lago ahora sale por grifos, riega cultivos y sostiene ciudades en una región muy seca. Por eso no basta con pedir que vuelva a circular, ya que cualquier recuperación necesita fuentes que sustituyan ese consumo.
El cambio climático añade presión con más calor y sequías. Pero los estudios señalan que la caída actual no se entiende sin las extracciones humanas, el desvío de los afluentes y la retirada de salmuera para la industria mineral. En buena parte, esta crisis tiene nuestra huella.
Más de 6000 socavones
El retroceso no deja solamente una playa más larga. Al bajar el nivel, aguas subterráneas menos saladas alcanzan antiguas capas de sal, las disuelven y abren cavidades. Cuando el techo ya no aguanta, el terreno colapsa.
La literatura científica ya contabiliza más de 6000 socavones peligrosos. Han obligado a cerrar playas y negocios, han dañado carreteras y han convertido algunos accesos en zonas inseguras. No es una amenaza futura.
Jake Ben Zaken, que organiza recorridos en barco, lo explica con una imagen sencilla. «Cada año ganamos unos siete metros y medio de costa», afirmó después de trasladar su actividad cuando los socavones forzaron el cierre de Mineral Beach en 2015. Esa nueva tierra no es un regalo, sino una alarma.
La industria pesa en el balance
Las plantas de Israel y Jordania bombean agua de la cuenca norte hacia grandes balsas solares. Allí se evapora y deja una salmuera concentrada de la que se obtienen potasa, magnesio y otros minerales. El informe oficial calcula que estos estanques retiraron cerca de 300 millones de metros cúbicos del mar Muerto durante 2022.
Cerrar toda la actividad de un día para otro tampoco sería sencillo. La minería aporta empleo, materias primas e ingresos públicos, pero esos beneficios conviven con costes ambientales y controles que durante años resultaron insuficientes. Y eso también debe entrar en la cuenta.
La concesión israelí actual termina en marzo de 2030. El borrador para la futura etapa propone que el concesionario pague por el agua extraída de la cuenca norte que no sea devuelta tras el proceso productivo. En el fondo, quien usa un recurso cada vez más escaso debería asumir parte del coste de conservarlo.
Soluciones que no arrancan
Una propuesta conocida plantea desalar agua en el golfo de Aqaba y llevar la salmuera desde el mar Rojo hasta el mar Muerto. Israel, Jordania y la Autoridad Palestina firmaron un memorando en 2013 para estudiar una fase limitada y vigilar los efectos de mezclar aguas con composiciones distintas.
La idea podría aportar agua, pero tiene un coste enorme y riesgos que deben probarse con cuidado. Cambiar la química del lago puede modificar la precipitación de sales y su funcionamiento natural. Además, una gran tubería necesita cooperación regional estable durante décadas.
El informe de 2026 revisó alternativas desde el Mediterráneo y el mar Rojo mediante canales, túneles o tuberías, algunas combinadas con desalación y energía. La conclusión fue incómoda. Ninguna de las opciones estudiadas desde 2003 llegó a materializarse.
Estabilizar antes que recuperar
Devolver el mar Muerto al nivel de hace medio siglo parece poco realista. El primer objetivo debería ser frenar la caída, proteger carreteras y poblaciones, vigilar los socavones y recuperar parte del caudal ecológico del Jordán sin dejar a hogares y agricultores sin agua. Eso exige desalación, reutilización, límites industriales y acuerdos compartidos.
El nuevo estudio plantea como escenario aportar entre 300 y 400 millones de metros cúbicos anuales de agua procedente de fuentes adicionales y recortar la extracción industrial en hasta 330 millones de metros cúbicos. Son cifras de una propuesta científica, no una política aprobada, pero muestran la escala del esfuerzo.
Mientras tanto, el reloj corre más deprisa que la política. El Contralor del Estado de Israel habla de una «gran brecha» entre las decisiones financiadas y su ejecución, y reclama que el Gobierno decida si intervendrá sobre el nivel del lago.
El informe oficial sobre la gestión del descenso del mar Muerto ha sido publicado por la Oficina del Contralor del Estado de Israel.



