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Los gases que inventaron para salvar la capa de ozono ahora son una lluvia invisible y eterna de sustancias químicas que ya ha llegado al hielo del Ártico

Los gases que salvaron la capa de ozono dejan una lluvia invisible de químicos eternos que ya alcanza el hielo del Ártico.

Los gases que inventaron para salvar la capa de ozono ahora son una lluvia invisible y eterna de sustancias químicas que ya ha llegado al hielo del Ártico

Los gases que sustituyeron a los antiguos CFC ayudaron a proteger la capa de ozono, pero ahora muestran una consecuencia inesperada. Un nuevo estudio liderado por la Universidad de Lancaster calcula que esos compuestos, junto con algunos anestésicos, han provocado la deposición de unas 335 500 toneladas de ácido trifluoroacético, conocido como TFA, entre 2000 y 2022.

La imagen es sencilla y preocupante. No hablamos de una lluvia que se vea desde la ventana, sino de una sustancia persistente que baja con el agua, se deposita desde el aire y acaba repartida por lugares muy alejados de donde se emitió. ¿Qué significa esto en la práctica? Que una solución ambiental que parecía redonda está dejando una nueva factura para el planeta.

Un éxito con letra pequeña

El Protocolo de Montreal fue uno de los grandes acuerdos ambientales del siglo XX. Su objetivo era retirar sustancias que dañaban la capa de ozono, y la ONU recuerda que este pacto permitió eliminar casi el 99 % de los productos prohibidos que agotaban el ozono.

En su lugar llegaron otros gases usados en refrigeración, aire acondicionado, espumas y procesos industriales. Muchos de ellos no destruían la capa de ozono como los CFC, y por eso se vieron durante años como una alternativa necesaria. El problema es que la química no desaparece por arte de magia.

Cuando algunos HCFC y HFC se degradan en la atmósfera, pueden formar TFA. Esta sustancia pertenece al grupo de los PFAS, conocidos como “químicos eternos” porque se degradan con mucha dificultad y pueden permanecer durante mucho tiempo en el medio ambiente.

Qué han descubierto

El equipo de Lancaster utilizó un modelo de transporte químico para seguir el viaje de estos gases en la atmósfera. Así pudieron estimar cómo se transforman, cómo se mueven con el tiempo y cómo terminan cayendo sobre la superficie terrestre por la lluvia o por deposición directa.

Los números dan una idea de la escala. El estudio calcula que la deposición global de TFA procedente de estas fuentes pasó de 6,8 gigagramos al año en 2000 a 21,8 gigagramos en 2022. Es decir, un aumento aproximado de 3,5 veces en poco más de dos décadas.

Lucy Hart, investigadora doctoral de la Universidad de Lancaster y autora principal, resume el aviso con una frase clara. Los sustitutos de los CFC son “probablemente la principal fuente atmosférica de TFA”. No es poca cosa.

El rastro llega al Ártico

Uno de los puntos más llamativos del estudio está en el Ártico. Allí, lejos de las grandes ciudades, de los coches y de las fábricas donde se usan muchos de estos gases, también se han encontrado señales crecientes de TFA en núcleos de hielo.

La explicación está en la duración de estos compuestos. Algunos permanecen el tiempo suficiente en la atmósfera como para viajar miles de kilómetros antes de romperse y formar TFA. En el fondo, el aire funciona como una cinta transportadora silenciosa.

Hart señala que los resultados aportan la primera prueba concluyente de que prácticamente todos esos depósitos en el hielo ártico pueden explicarse por estos gases. Dicho de otra forma, el Ártico no está aislado de lo que se emite en otras partes del mundo. Y eso se nota.

El aire acondicionado entra en escena

El estudio también apunta a una fuente más reciente. Se trata del HFO-1234yf, un refrigerante usado en sistemas de aire acondicionado de vehículos y presentado como una alternativa más respetuosa con el clima frente a otros gases fluorados.

Aquí aparece una de las grandes lecciones de esta historia. Cambiar un producto por otro puede reducir un problema, pero también abrir otro si no se mide bien todo su ciclo de vida. En el caso del coche, no hablamos solo del consumo o del tubo de escape, también de lo que ocurre con los gases que hacen posible viajar con aire frío en pleno verano.

El profesor Ryan Hossaini, coautor del trabajo, advierte de que varios HFO forman TFA y que su uso creciente en el aire acondicionado de coches en Europa y otros lugares añade incertidumbre sobre los niveles futuros. Es decir, el problema puede seguir creciendo aunque algunos HFC estén siendo reducidos.

Por qué preocupa el TFA

El TFA no es un contaminante cualquiera. La Universidad de Lancaster recuerda que ya se ha detectado en sangre y orina humanas, y que la Agencia Europea de Sustancias Químicas lo clasifica como nocivo para la vida acuática.

Además, el debate regulatorio se ha movido rápido. En junio de 2026, el Comité de Evaluación de Riesgos de la ECHA apoyó clasificar el TFA como tóxico para la reproducción en categoría 1B, además de considerarlo persistente, móvil y tóxico, aunque esa opinión aún debe pasar por la Comisión Europea antes de ser legalmente vinculante.

Esto no significa que cada gota de lluvia sea un peligro inmediato para una persona. El propio comunicado de Lancaster matiza que algunas agencias consideran que los niveles ambientales actuales están por debajo de los umbrales que causarían daño humano. Pero el punto crítico es otro. Una vez que el TFA entra en el medio ambiente, retirarlo es extremadamente difícil.

Lo que viene ahora

Los investigadores no piden alarmismo, sino vigilancia. Hossaini lo resume al señalar que la contaminación por TFA es “amplia, muy persistente y está aumentando”. Por eso reclama más seguimiento, también en Reino Unido y en otros países.

En la práctica, esto significa medir mejor el TFA en lluvia, aguas superficiales, aguas subterráneas y zonas remotas. También implica estudiar con más detalle todas sus fuentes, desde refrigerantes hasta pesticidas, disolventes, fármacos y otros compuestos organofluorados. La brújula debería ser sencilla. No repetir el error de sustituir una sustancia problemática por otra sin conocer bien sus consecuencias.

La buena noticia es que el caso de la capa de ozono demostró que la cooperación internacional puede funcionar. La menos cómoda es que cada nueva solución química necesita controles más finos antes de lanzarse a gran escala. El reloj corre, y esta vez la lluvia no hace ruido.

El estudio completo ha sido publicado en Geophysical Research Letters.

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